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Fecha: 20030606

Título: Los llamados de Dios son irrevocables

Original en audio: 24 min. 16 seg.


Hermanos:

Meditemos un poco en el texto del evangelio que acabamos de oír; y lo primero que llama la atención es que Jesús le va a encargar a Pedro una misión, la misión de cuidar a las ovejas, pero no le pregunta si ama a las ovejas.

Este dato es interesante, Jesús no le pregunta: "¿Simón, hijo de Juan, quieres a las ovejas? ¿Quieres a tus hermanos? ¿Quieres a tus discípulos?" Jesús no pregunta eso, Jesús lo que le pregunta a Pedro es si lo ama a Él.

Jesús interroga por el amor que Pedro tiene hacia Jesús, no por el amor que tiene a las ovejas. Jesús tampoco le pregunta a Pedro: "¿Pedro, las ovejas te quieren? ¿Los discípulos te quieren?" Mucho menos le pregunta: "¿Eres simpático, agradable para ellos? ¿caerías bien entre ellos?"

Esta es tampoco la pregunta de Jesús, y esto, repito, es muy interesante. Jesús no pregunta a Pedro si Pedro ama a las ovejas y no le pregunta a Pedro si está seguro del amor que las ovejas le tiene a él, pero sí pregunta por el amor, por un amor especifico, por el amor de Pedro hacia Jesús.

El encargo de Pedro es un encargo de pastor, Jesús esta encargando a Pedro la labor de pastor y aunque no todos en la Iglesia son o somos pastores, sí podemos decir que en la medida en que tenemos una labor de predicación, de evangelización, de testimonio, de catequesis estamos pastoreando de alguna manera a las personas, porque queremos llevarlas, porque queremos alimentarlas, porque queremos cuidarlas del lobo, que es el demonio, que es el pecado que es el mal.

O sea que lo que Jesús le dice a Pedro, de alguna manera nos implica a todos, porque no todos tenemos la labor de Pedro, pero creo que por lo menos los que estamos aquí, todos o casi todos, tenemos una labor de evangelización, una labor de conducir, una labor de pastorear.

Y la pregunta de Jesús entonces cobra una especial actualidad. Podaríamos traducir este evangelio, por lo menos este primer punto que estamos meditando de la siguiente manera: el que quiera meterse a la evangelización no tiene que preguntarse si ama mucho a la gente, no tiene que preguntarse si la gente lo quiere mucho, la única pregunta que tiene que hacerse un evangelizador es cómo anda mi amor a Jesucristo.

Si miramos la historia de la Iglesia encontramos, que los grandes evangelizadores han tenido todo tipo de características; hay algunos con un don de gentes, hay algunos con una simpatía, con un amor como muy espontáneo hacia el ser humano.

Por ejemplo, Santo Domingo de Guzmán era así, porque los biógrafos cuentan que su rostro era afable, que su presencia era amable, que su compañía era deleitable, y que él amaba a todos y que todos lo amaban.

Pero en la misma Orden de Predicadores encontramos otros Santos, que son muy poco simpáticos, por ejemplo San Luis Bertrán, el Patrono de nuestra provincia de Colombia, no era evidentemente un hombre simpático y no era un hombre tampoco que deleitara mucho en la compañía de otras personas.

No era que le encantara andar con la gente, muchas veces la gente era más una carga que otra cosa para él, y sin embargo, Luis Bertrán, dejó huellas que después de cuatro siglos, por ejemplo, aquí en tierras de Colombia, permanecen, y un gran amor, y una gran devoción, y una gran fama de santidad

De manera que la evangelización no es un asunto de cuánto quiero yo a la gente, ni mucho menos es un asunto de cuánto me quieren, la gran pregunta para el evangelizador y para el pastor es: "¿Cómo está mi amor hacia Jesucristo? Porque toda la evangelización, aunque parece dirigirse a las personas, es un tributo de amor y un tributo de adoración a Dios.

El Padre Congar, también de nuestra Orden de Predicadores, tiene una hermosa meditación sobre lo que él llama el sacerdocio del Evangelio; el predicador ejerce una especie de sacerdocio, y de esto también nos habla Santa Catalina de Siena, cuando dice que el predicador como que convierte a cada alma en una hostia que la presenta ante Dios, y por eso se tiene que tener hambre de las almas como se tiene hambre de la hostia.

Lo básico para un evangelizador no es cuánto quiero a las personas ni cuánto me quieren. Lo básico es ese motor, que está en el amor a Jesucristo, porque por amor a Jesucristo nosotros somos capaces de vencer la timidez, por amor a Jesucristo podemos vencer nuestra pereza, por amor a Jesucristo vencemos nuestros defectos, por amor a Él somos capaces de pasar por la ingratitud de la gente, que es cosa muy frecuente, por amor a Él somos capaces de pasar por encima de la inconstancia de la gente, que es asunto que pasa muchas veces.

Hubo aquí en Colombia un padre muy carismático él, un gran predicador, un misionero fervoroso, que estuvo durante muchísimos años en tierra de la Dorada, vamos a dejar su nombre en el anonimato por ahora. Este padre se dedicó a predicar especialmente con el fuego y con el estilo del Espíritu Santo, a predicar y anunciar el Reino de Dios con muchísimo amor.

Actualmente este mismo padre se encuentra en Cataluña, en España, la parroquia donde está es una parroquia de hielo, es una parroquia fría; me contaba hace poco en una charla que tuvimos: "Tengo un grupo de oración en mi parroquia, ¿sabes cuántos van a mi grupo de oración? Van cinco señoras.

"Hay también un diácono que a veces ayuda y entonces son seis, y cuando yo los visito son siete; ese es mi grupo de oración en la parroquia". Y uno se pone a pensar semejante predicador, semejante hombre enamorado de Jesús y tener que enfrentarse con ese hielo, en una parroquia de cuarenta mil personas, el grupo de oración estrella de la parroquia tiene cinco.

Si el amor y el servicio van a depender de la respuesta de la gente, de lo bien que me caigan, de lo constante que sean, la evangelización estaría muerta. La evangelización tiene una fuente mucho más profunda, esa fuente es el amor a Jesucristo y esa fuente tiene su origen en un pozo más profundo, que es el amor de Cristo a nosotros, porque en esto consiste el amor.

Dice San Juan: "No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero" 1 San Juan 4,10.

Del océano infinito del amor de Dios, nosotros tomamos nuestra fuente, que es el amor que le tenemos a Él y en esa fuente nos sostenemos cuando las cosas salen bien o cuando las cosas salen mal; cuando nos damos cuenta que tenemos graves defectos en nuestro temperamento o cuando nos damos cuenta que tenemos graves deficiencias en nuestra preparación, o cuando nos damos cuenta de que hay malestar o ingratitud o inconstancia en las personas. Esta enseñanza nos deja el evangelio de hoy.

El evangelio también nos enseña otra cosa, detengámonos en la respuesta final de Pedro, porque Cristo parecía dispuesto a seguirle preguntando, como que Cristo quería que Pedro llegara a la respuesta esa ultima que dio. La respuesta de Pedro es: "Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero" San Juan 21,17.

"Tu conoces todo, tú sabes que te quiero”. En la basílica de San Pedro en Roma esta frase esta puesta en latín, en letras que tienen casi dos metros de largo, pero es tan bella esa basílica y todo es tan proporcionado que no disuena, son unas letras gigantescas: “Tú lo sabes todo Tú sabes que te quiero" San Juan 21,17.

Tomemos esa respuesta de Pedro y admiremos en ella sobre todo la humildad. Cuántos veces uno se siente seguro del amor que tiene, o del amor que cree tener. Pedro ya no se siente seguro del amor que él tiene, se siente seguro de lo que Cristo sabe, de lo que Cristo dice y de lo que Cristo hace.

Y aquí tenemos una segunda clave para un evangelizador: un evangelizador necesita estar más seguro de Jesús que de sí mismo, más convencido de Jesucristo que de sí mismo, y esto significa estar más seguro de Jesús que de lo que yo he estudiado; estar más seguro de Jesús que de la experiencia que yo tengo; estar más seguro de Jesús que de las excelentes dinámicas que tengo para este grupo.

Estar más seguro de Jesús que del precioso ministerio de música y de las melodías que tengo organizadas; estar más seguro de Jesús que de los materiales que llevo para esta convivencia, para esta retiro, para este encuentro; estar más seguros de Jesús que de nosotros.

Eso fue lo que logró Jesús en Pedro: logro crear en Pedro una certeza que no es certeza en sí mismo, sino es certeza en Él, y esto es lo que nos salva.

Porque nuestro conocimientos algún día pueden fallar, en una predicación o en una conversación, nos pueden hacer una pregunta para la que no tengamos respuesta; la música puede estar muy organizada, pero a uno se le puede reventar una cuerda hasta tres veces en un congreso, como nos ha pasado a nosotros.

Uno puede tener unas dinámicas maravillosas y darse cuenta hasta el último momento que es el mismo juego que les han hechos siempre a los mismos niños o a los mismos jóvenes y que ya se lo saben y que ya están aburridos; uno puede confiar en la propia experiencia o en la propia virtud para darse cuenta demasiado tarde que ese tema, ese grupo o esa situación, un nunca se la había encontrado y ya no hay tiempo de preparar nada más. Solo la certeza en Jesús .

Sólo la certeza en Jesús, sólo en Él. Toda la demora en la preparación de un evangelizador, y toda la demora en la preparación de un buen sacerdote, y toda la demora de un santo obispo es esta: “Hasta que llegue estar más seguro de Jesús que de nada y de nadie”, cuando se logra eso, tenemos un gran evangelizador.

Y efectivamente, si luego miramos en los Hechos de los Apóstoles cómo obraba Pedro y cómo hablaba Pedro, era con una seguridad que los Sumos Sacerdotes se quedaban aterrados, y decían: "Pero, ¿cómo puede hablar así, si es un hombre sin instrucción?" Eso demuestra que los Sumos Sacerdotes estaban acostumbrados apoyarse en sus estudios, en sus conocimientos, en su instrucción. Pedro ya no se apoyaba en eso.

En particular, para la Orden Dominicana eso significa muchas cosas, porque nosotros podemos llenarnos también de falsas seguridades; a uno se le puede llenar la boca diciendo: "Pertenezco a la Orden de Bartolomé de las Casas, de Santo Tomas de Aquino, de San Alberto Magno; a uno se le puede llenar la boca con orgullo de otras épocas, o se le puede llenar la mente de humo de orgullo por los estudios que ha realizado.

Pero qué lindo es cuando se encuentra una persona que puede tener mucha virtud, o que puede tener mucha experiencia, o que puede tener mucha práctica en los grupos o auditorios, o que puede tener muchos estudios, puede tener todo eso, pero no se apoya en eso.

Ese, para mí, es el gran sueño de un fraile predicador, y así era Santo Domingo. De hecho, un hombre que tenía muchos conocimientos, pero no se apoyaba en los conocimientos; un hombre que tenia muchísima virtud, pero no se apoyaba en la virtud; un hombre que tenia muchísima experiencia, y no se apoya en la experiencia.

De esa manera, todo lo que él tenia no era un estorbo ni era un reemplazo de la acción de Dios; todo lo que él tenia era herramientas, instrumentos que le daba Dios para que pudiera obrar con mayor libertad, con mayor eficacia y con mayor poder en Él. "Tú lo conoces todo, tú sabes que te quiero" San Juan 21,17.

Y en tercer lugar, tenemos aquella frase con la que Jesús cierra el diálogo de este pasaje. "Sigueme" San Juan 21,19, la misma frase que le había dicho al principio.

Cuando se encontraron allá en el mar de Galilea y este estaba con sus redes y estaba con su barca, la frase de Jesús: "Sígueme" San Marcos 1,16, y luego pasaron muchas cosas.

Muchos días y muchas noches estuvieron en los campos y en la ciudades; pudieron ver milagros maravillosos, escuchar sermones magníficos. Pedro se llenó de ciencia y se llenó de temeridad hasta el punto de decirle a Jesús que se iba a ser matar por Él.

Luego, Pedro falló, prometió y no cumplió, y después de todo ese recorrido, después de aprender tantas cosas y de perder el examen, otra vez la misma palabra, otra vez el mismo Jesús, el mismo Pedro, el mismo mar y la misma frase: “Sígueme" San Juan 21,19.

Eso no enseña otras cosas sobre la evangelización, esa segunda llamada a Pedro, no enseña muchas cosas, o mejor dicho, otras cosas, que hasta donde alcanzo a ver, son estas: primera, Dios mantiene el llamado, Dios permanece, el ser humano se quiebra se revienta, se raja promete y no cumple; Dios permanece, es increíble volver a oírle el mismo llamado al mismo Señor después de haber sido traicionado, esto es maravilloso, Dios permanece.

San Pablo lo dice en la Carta a los Romanos: "Los dones y los llamados de Dios son irrevocables" Romanos 11,29; Dios permanece, y si volvemos a ese mismo mar, ahí esta todavía Él y es todavía capaz de decirnos: "sígueme" San Juan 21,19.

En Segundo lugar, ese "sígueme" nos enseña algo muy importante, que lo podemos relacionar con el libro del Apocalipsis. Ustedes recuerdan como en el Apocalipsis, Dios le manda decir a una de esas comunidades Cristianas: "Tengo en contra tuya que has olvidado tu amor primero" Apocalipsis 2,4, repitiéndole la misma palabra y mostrándole que Él sí permanece.

Dios le estaba haciendo sentir a Pedro, por una parte, la fidelidad que sólo Él tiene, pero por otra parte: "Necesito que vuelvas al amor primero, acuérdate de esa vez". ¿Cómo puede Pedro oír la misma palabra en el mismo lugar por el mismo Jesús y no acordarse del primer amor?

Un evangelizador, entonces, es alguien que está dispuesto a volver al primer amor, está dispuesto a volver al comienzo, volver al noviazgo, volver a ese peregrinar por el desierto cuando no cabían los ídolos porque sólo estaban Dios y las arenas, como dibuja el profeta Óseas.

Un evangelizador es alguien capaz de creer en la fidelidad de Dios, pero también es alguien capaz de devolverse a su propio tiempo, a su propio noviazgo, a su mejor época, y a eso nos invita el Señor hoy: "Vuelve a tu mejor fervor, vuelve a tu mejor tiempo, vuelve a la primera llamada, escucha lo que te estoy diciendo, aquí permanezco".

Y en tercer lugar, este "sígueme" San Juan 21,19 indica que el camino continúa, evidentemente, no es la última vez que se va escuchar: "Sígueme" San Juan 21,19. Hay una tradición muy bonita que dice, que Jesús le volvió hablar a Pedro. Si ustedes recuerdan la famosa leyenda, que quizás sea verdad, del "Quo Vadis".

En tiempo de mucha persecución, cuando la cosa se puso muy grave en Roma, Pedro lleno de temor; una vez más, después de todo esto, se decide a huir, y la prueba de que estaba huyendo es que iba sólo, simple y llanamente, salvando el pellejo.

Iba solo, y ya había salido de Roma y se encontró con el Señor, y Jesús iba hacia Roma y Pedro iba saliendo de Roma, y entonces cuenta la tradición que Pedro le pregunto a Jesús: “¿Quo Vadis Domine?” Es decir: "A dónde vas, Señor?" Y entonces Jesucristo le responde: "Voy a Roma, a que me crucifiquen de nuevo".

Desde luego, el mensaje era claro, y en ese punto donde hay una capillita muy linda en las afueras de Roma, en ese punto, Pedro volvió a entender el mensaje, era otra vez Jesús diciéndole: "Sigue el camino".

Jesús dice: "sígueme" San Juan 21,19, pero, ¿quién es Él? Él es el camino; "sígueme" San Juan 21,19, es: "Sígueme en el camino"; entonces Pedro llegó a ese punto, se encontró con Jesús y dio media vuelta, y se devolvió a Roma, y fue crucificado y murió mártir en Roma.

Es decir, que hasta el ultimo día, tenemos que escuchar este "sígueme" San Juan 21,19, porque hasta el último día podemos acobardarnos, emperezarnos, nos podemos llenar de dudas, o nos podemos sentir tentados por los ídolos o pecados que resultan atractivos para nosotros; el seguimiento no acaba jamás.

"Sígueme" San Juan 21,19, esta palabra la tenemos que seguir escuchando.

Según cuenta la Biblia, Pedro la oyó dos veces, si la tradición del Quo Vadis es cierta, ahí hubo como otra vez, y seguramente fueron más.

Nosotros, como evangelizadores, necesitamos volver a escuchar ese “sígueme” San Juan 21,19 muchas veces, porque, lo mismo que Pedro, vamos a experimentar más de una vez que queremos dar la espalda, o que queremos enseñarle cosas a Dios, o que queremos seguir nuestro propio estilo y no el de Él, y en todos esos casos, siempre hay algo que estamos tratando, y es evitar la cruz.

Que Dios, el Señor, con esa compasión que es tan suya, haga abiertos nuestros oídos para poder escuchar siempre ese "sígueme" San Juan 21,19.

Para volver a oír, no importa lo que pase en nuestra vida, no importa cuántas cosas se derrumben en nosotros, no importa cuántas fieras amenacen afuera de nosotros, que podamos permanecer en esa palabra y volver una y otra vez al camino y seguir a Jesús hasta el Calvario, hasta la Cruz, hasta la muerte y el sepulcro, hasta la Pascua y la gloria.

Amén.