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Fecha: 19990521

Título: Que nunca nos acostumbremos a la presencia de Dios en nuestra vida, porque El nos llama mas de una vez

Original en audio: 25 min. 12 seg.


He dicho en otras ocasiones que el evangelio de Juan es el evangelio infinito, aunque todos los evangelios son inagotables. Lo llamo así porque en el evangelio de Juan cada palabra, cada expresión es como un símbolo que se enriquece, se vuelve elocuente, y más y más habla, cuando se va uniendo con las otras palabras y con los otros símbolos.

Yo creo que uno podría mudarse al evangelio de Juan, y ha habido algunas personas que lo han intentado. En mi tiempo de formación para el sacerdocio, y luego de sacerdote joven, puede tratar a un Padre que yo diría que se ha mudado al evangelio de Juan, se fue a vivir ahí, ese es su barrio.

Y escribió, como fruto de años de meditación y de oración, dos tomos muy gruesos de sus reflexiones y estudios sobre este evangelio.

Hoy, por ejemplo, tenemos esta escena sencilla pero tan diciente. La palabra que queda de última en el evangelio de hoy fue también la Palabra que le dijo Cristo a Pedro. Cuando se lo encontró por allá de pescador en el mar de Galilea, la palabra que le cambió la vida a Pedro fue "Sígueme" San Mateo 4,19.

Y ahora, de nuevo junto al mar, de nuevo junto a la sal y el agua, de nuevo junto a los peces, esa misma palabra: "Sígueme" San Juan 21,19.

Indudablemente, Pedro, al escuchar esta palabra, la misma del comienzo después de toda esa historia de amor y milagros, de enseñanzas, prodigios, exorcismos, pero sobre todo de Cruz, de Sepulcro y de Pascua, qué distinta y qué profunda tuvo que sonarle esta palabra: "Sígueme" San Juan 21,19.

Cuando Cristo le dijo la primera vez: "Sígueme" San Mateo 4,19, Pedro no sabía exactamente a qué se le estaba midiendo, Pedro no sabía cuál era el camino; cuando Jesús le dice ahora: "Sígueme" San Juan 21,19, ya Pedro sabe que hay un camino, que ese camino pasa por las multitudes, pero también por las persecuciones; ese camino pasa por la Cruz, pero también llega a la Resurrección.

Jesús le repite la palabra que le abrió el corazón, la palabra con la que comenzó toda esta historia: "Sígueme" San Juan 21,19, y con esa palabra también le está diciendo que una nueva historia comienza.

Cristo nos llama, Cristo nos habla, Cristo nos llama más de una vez en la vida. Pensemos, por ejemplo, en la vocación sacerdotal. Voy a compartir un testimonio que algunos de ustedes ya conocen.

Hace unos cuatro años, por estas fechas, porque había pasado como una semana, una o dos semanas después de mi cumpleaños, recuerdo haber escuchado una voz, vamos a decir esa palabra así, una voz que me había dicho en el corazón: "Hazte creyente".

Yo me sentí confundido, me sentí un poco desconcertado con esa expresión, porque porque yo suponía que yo ya era creyente, y desde luego que, yo, fe, gracias a Dios, gracias a mi familia y gracias a tanta gente, he tenido siempre.

Pero esa expresión: "Hazte creyente", pronunciada ahí, en una persona que había conocido ya grupos de oración, experiencia, yo digo, hermosas del Espíritu Santo, un camino de consagración religiosa, una profesión definitiva en una Orden; recibir el diaconado, recibir el sacerdocio para después de ese camino oír: "Hazte creyente". Yo sentí como disgusto, como confusión cuando oí esa expresión: "Hazte creyente".

Pero después entendí, que dentro de la vocación, hay vocaciones; que dentro del camino, hay más caminos; y dentro de esos caminos, que están dentro del camino, hay otros caminos. ¿Cuántas veces tiene que llamarlo a uno Dios? Muchas. Porque el mundo es como un bosque espeso. Cuando Dios llama la primera vez, uno sabe hacia dónde está Jesús, pero uno todavía no se ha encontrado con Jesús.

Uno da unos pasos más o menos vacilantes y de nuevo necesita que se oiga la voz de Jesús para dar otros pasos, para seguir encontrando el camino, casi como si Jesús estuviera un poquito, un poquito jugando a las escondidas en ese bosque; Jesús va hablando y es la voz de Jesús la que nos va guiando a través de ese bosque espeso, porque hay muchos lugares donde podemos perdernos en este mundo.

Pero Jesús sigue hablando, y esa voz de Jesús, que nosotros la reconocemos porque nosotros, que somos ovejas suyas, conocemos la voz de nuestro Pastor; esa voz de Jesús nos va guiando. Esa es una enseñanza que podemos tomar de este evangelio.

Es necesario no sólo haber oído a Dios, sino estar oyendo a Dios. En términos de fe, mis queridos amigos, no se puede vivir de la renta, no se puede vivir de haber sido, de haber creído, de haber sentido.

Un amigo mío estaba una vez junto a una imagen de la Virgen, estaba orando muy cerca de ella, tenía la mano tocando la imagen. Sucedió que la imagen derramó lágrimas, eso no ha pasado en una sola vez, pero cuando pasa, indudablemente impresiona muchísimo.

¡La imagen lloró! Y este hombre estaba orando, tenía la mano puesta sobre la imagen, estaba orando, y una de las lágrimas que salió de la imagen tocó las manos de él. Bueno, puede imaginarse usted la impresión que eso causa.

Pues, dicho así como folklóricamente, tal vez no sea lo más preciso en teología, "una lágrima de la Virgen ha tocado mi mano". ¡La impresión! Él, predicando sobre este tema, decía: "Después yo no sabía si lavarme esa mano", no sabía qué hacer con ella.

Dos o tres días después, pues, la vida sigue, ¿no? Estaba, creo que era en un partido de basket-ball o algo así, y resulta que alguno de los contrincantes no estaba jugando muy limpio, y entonces este sacó la mano de la Virgen para acomodarle su golpe al otro.

Cuando faltaban unas décimas de segundo para que se consumara la destrucción de la mandíbula izquierda del contrincante, este hombre se acordó por un momento de que iba a despedazarle la mandíbula al otro con la mano ungida por la Virgen.

Entonces se sintió un poco raro, y en ese desconcierto no hizo lo que dicen por ahí, que cambió de mano, sino que se abstuvo de dar ese golpe. Pero él, contando esa historia, dice: ""Me sentí capaz de dar ese golpe, me detuve en ese momento, pero me sentí capaz".

Las experiencias que nosotros hemos tenido, la voz que nosotros hemos oído de Jesucristo no es suficiente. Uno no llega a Jesucristo con la balsa que utilizó ayer, sino con la balsa de hoy. Hay que llegar a Jesús con la balsa de hoy, con la fe de hoy, con la vida de hoy, con esa es con la que hay que llegar a Jesús.

Y uno a veces quiere vivir de la renta, otras veces uno cree que ya le ha cogido como el tiro a la vida cristiana, ese es un error muy grave, muy grave.

Una vez un muchacho, yo creo que de los jóvenes más ungidos que yo haya visto en mi vida, un muchacho en el Minuto de Dios, estaba orando, estábamos en un grupo grande, grande, el muchacho estaba orando, jovencitico, -cómo le impresiona a uno eso y cómo le da de alegría ver a un muchacho así-, ardía en el Espíritu Santo este muchacho. Y decía con toda la fuerza de su amor, hacía súplicas al Señor en favor de los que estábamos ahí.

Yo, que he tenido la gracia de Dios de participar en muchos grupos de oración, yo pocas veces he visto a una persona que haya orado por mí con tanto amor; pero no estaba orando sólo por mí ni imponiéndome las manos a mí, estaba orando por todos. Pero oraba con tanto, con tanto, con tanto amor, que esa imagen me quedó grabada. Y me acuerdo incluso lo que él pedía para nosotros.

Mientras parecía que le salían llamas de amor que le rodeaban, él le rogaba al Señor cosas como estas, que tienen que ver con el evangelio de hoy: "Que nunca nos acostumbremos a tu presencia, Señor, que nunca nos acostumbremos; que sepamos descubrir la novedad de tu sonrisa cada día, -¡qué súplicas tan bellas!- Que nunca pensemos que ya hemos entendido qué es orar, que jamás nos imaginemos que ya somos profesionales de la oración".

Y seguía diciendo palabras, pero el contenido general de los que decía era ese, hasta donde yo recuerdo. Que nunca nos acostumbremos.

Para que esta predicación de pronto le resulte más útil a usted, permítame enumerar algunos de los modos de acostumbrarse. Porque cuando uno se acostumbra a Dios, le pasa lo mismo que al sacristán, que está todo el día en la iglesia y nunca está en Misa. Uno puede estar muy cerca de muchas cosas religiosas y, sin embargo, no estar cerca de Dios. ¿Cuáles son las maneras de acostumbrarse?

Uno puede creer que ya conoce la presencia de Dios por las costumbres piadosas que uno tiene. Uno puede creer que ya conoce la presencia de Dios porque hace rato no cae en pecado, por lo menos en pecado grave. Uno puede creer que ya conoce la presencia de Dios porque está comprometido en trabajos de Iglesia o en trabajos de evangelización.

Y uno también puede creer que ya está en la presencia de Dios porque ha hecho una consagración a Dios, eso nos pasa mucho a los religiosos o a los sacerdotes. O uno puede creer que ya le cogió el tiro a Dios y que ya sabe cómo se funciona con Dios porque tiene amistades religiosas.

¡Qué grave acostumbrarse uno a la presencia de Dios!

A ver, acostumbrarse uno a la presencia de Dios significa aquí: qué grave pensar uno que ya conoce la presencia de Dios, y que ya puede identificarla, y que ya sabe cómo tenerla, y que ya tiene como la receta. Como decíamos en otra predicación, no hay recetas, no hay recetas. Sólo el que se encuentra con Dios de una manera nueva, de una manera inesperada; sólo el que está abierto a la novedad de Dios cada día, sólo ése tiene posibilidad de vivir en Dios, sólo ése.

Pero la persona que ya cree que tiene la receta, que ya tiene el camino, que porque tiene estas amistades, que porque practica estos actos de piedad, que porque tiene estos estudios, que porque ha hecho este voto, y ya ahí tiene asegurado a Dios; cuando una persona siente eso, Dios se le escapa, se le escurre, se le escabulle, y será un acto de misericordia de Dios que esa persona caiga en algún pecado para que se dé cuenta de lo lejos que está de Dios.

Yo quiero unirme a la oración que hacía ese muchacho en esa tarde, y quiero pedirle a Dios que nos dé una apertura inmensa a su novedad.

A uno se le pierde la novedad d Dios cuando uno cree que ya sabe cómo es el camino. Ejemplo típico de la persona que ya sabe el camino:cuando ve a un grupo grande de personas, cree que las puede clasificar a todas: "Esta muchachita se ve que está es empezando, yo pasé por ahí"; "esta otra está en la etapa de las lágrimas, yo me acuerdo todo o que yo e llorado"; "esta otra no ha entendido, pero un día entenderá"; "este otro..."

Cuando uno siente que puede como asignarle su sitio a cada persona y clasificar a cada persona, "y este está todavía en la etapa de..., y en cambio ya ya estoy en la etapa de...", estas clasificaciones, normalmente, son engañosas. "Fray Nelson, ¿y sus "generaciones?" También son engañosas.

Pretender uno que puede como determinar demasiado claramente el estado de la vida espiritual de otra persona es muy difícil, es muy arduo. Para algunos efectos, para algunos momentos, para algunas necesidades tenemos que hacerlo.

Se hace catequesis en una parroquia, pero da la impresión de que muchos de los niños no les importa sino hacer la Primera Comunión, finalmente hay que determinar quién la va a hacer y quién no; ahí toca hacer un discernimiento sobre las personas. Hay mucha gente que se ha comprometido en trabajo con Kejaritomene, pero hay que definir un grupo fundador.

A algunas personas se le dice que sí, a otras se les dirá que no, ¿quién decide eso? Finalmente hay que tomar alguna decisión.

Un fraile lleva muchos años en el convento, pero llega la hora de hacer profesión; pero es demasiado ambiguo lo que ha sucedido, finalmente alguien tiene que decidir, alguien tiene que decir que sí o tiene que decir que no.

"No, pero es que en ese caso sí es fácil, aprueben a todos". ¿Se puede maltratar así a la Iglesia? ¿Cuánto daño están haciendo los sacerdotes ineptos! ¿Cuánto daño están haciendo los sacerdotes en pecado!

"Ah, muy fácil, aprueben a todos", ¿aprueben a todos? ¿Le vamos a ofrecer a la sociedad y a la Iglesia gente que no da esperanzas, gente que ha perdido la fe? No es fácil, finalmente toca tomar decisiones.

Bueno, ¿entonces cómo se se compaginan esas dos cosas, que hay que tomar decisiones, pero que uno no puede estar demasiado seguro del estado espiritual de otra persona, eso cómo se compagina? La única manera es: que las personas que vayan a tomar las decisiones no se fíen sólo de sus ojos.

Que una y otra y otra vez se humillen ante Dios, y con ayuno y oración, le ruguen: "Purifica mi intención, muéstranos, -como sucedió en la fiesta de San Matías- muéstranos a quiénes has elegido tú, no al que me caiga bien ni al que me caiga mal; no al que me parezca más hábil o menos hábil".

Pero hay que decidir; pero se trata no de decidir nosotros, se trata de que Dios nos dé la luz para eso, sabiendo que cualquier decisión que se tome, va a causar tensión y va a causar descontento. Porque ya decía San Pablo: "Si pretendiera yo agradar a los hombres, no sería discípulo de Cristo" Carta a los Gálatas 1,10.

Bueno, este es un ejemplo de cómo hay situaciones en las que uno cree que ya le cogió el tiro a Dios, y uno cree que ya identifica, y uno cree que ya conoce, y uno cree que le puede dar una calificación a la vida espiritual de las otras personas: "Este está aquí", "este todavía no ha entendido", "es que este no ha oído", "es que este no sabe", "pero si este hubiera vivido lo que yo he vivido, ya hubiera entendido".

¡Falso! ¡Falso! La vida en el Espíritu no es una vida como en la universidad: "Cumplió tales prerrequisitos, puede matricular todas las materias de sexto semestre"; "cumplió las otras, puede pasar a décimo". ¡Falso!

Dios llevó de alguna manera un camino consigo, su camino no se lo puedes imponer a otra persona. Tú puedes conocer el paso del Espíritu Santo en tu vida, pero de ahí a asegurar que ya conoces cómo es la vida espiritual, que ya sabes como están las otras persona, ¡no!

Acuérdate de la imagen del bosque, vamos por el bosque. Y Cristo hace unos atajos, uno se queda asustado. Cristo tiene sus atajos también. ¡Démosle autoridad y démosle libertad a Cristo para que Él escoja los caminos que quiera, con quien quiera! Un ejemplo típico para esto, como para muchas otras cosas, nuestro querido Apóstol San Pablo.

Ése empezó, ése entró en la carrera después que mucha gente. Ya llevaba un recorrido el Evangelio, y resulta que Cristo llamó a Pablo, pero se lo llevó por unos atajos. Cuando la gente fue a ver, Pablo estaba trabajando por el Evangelio más que todo el mundo.

Y el mismo Pablo lo dice: "He trabajado más; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo" 1 Corintios 15,10.

Entonces, vamos a concretar estas enseñanzas. La llamada es más de una, y uno tiene que seguir escuchando la voz de Cristo, y uno no puede fiarse de que "tuve experiencias espirituales, ni puede fiarse de lo que siento, ni de lo que pensó, ni de lo que aprendió; porque la mano ungida con las lágrimas de la Virgen también sirve para romperle la mandíbula a alguien.

Uno no puede fiarse de la virtud pasada, ni de la experiencia que tuvo, no puede creer que todo el mundo va a seguir el camino que Dios ha querido para uno.

Jesucristo le dice a Pedro: "Sígueme" San Juan 21,22, vuelve a llamarlo, y le conduce a una nueva historia. ¿Estamos nosotros dispuestos a eso? ¿estamos dispuestos a que sea Dios el que escriba la plana? ¿Qué tanto le damos nosotros el cuaderno a Dios? ¿Qué tanto le entregamos a Él el esfero? ¿Qué libertad le das a Dios? ¿Qué tanto puede escribir Él en tu vida?

Démosle esa libertad al Señor: "Dios mío, te presento mi vida; haz de mí lo que quieras, haz de mí lo que quieras. Escribe tu plana en mi vida. Llévame como quieras, y lleva a los demás como quieras".

"Si quieres un atajo para mí, llévame por un atajo; si quieres llevar por otro camino a otra persona, llévala por otro camino. Te doy libertad, te devuelvo toda libertad sobre mi vida, Señor Jesucristo. Obra en mí como tú quieras. Lo que yo quiero es esto: hacer tu voluntad, reconocer tu voluntad,ir tras tus huellas".

Pidamos al Señor en este día, pidamos al Señor Dios que nos dé esa gracia, que nos permita también oír su voz hoy. Pidámosle la gracia de dejarlo libre: "Haz conmigo lo que quieras; escribe lo que tú quieras. No quiero ponerte condiciones, Señor, ni que tiene que ser aquí, ni que tiene que se allá, ni que tiene que ser con esta persona o con la otra".

"Tú sabes lo que a mí me gustaría, tú me conoces mejor que yo; tú sabes lo que yo quisiera, pero tú sabes lo que a mí me conviene. Obra en mí según tu voluntad, y permíteme escuchar de nuevo tu voz".

Amén.