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Fecha: 19970516

Título: Nuestra vida es para la Pascua

Original en audio: 8 min. 28 seg.


Queridos Amigos:

Estamos en la víspera de la celebración de Pentecostés, ya casi. Hemos hecho un recorrido por la Pascua de Jesucristo, hemos contemplado su victoria, nos hemos alegrado de su triunfo, hemos cantado sus alabanzas, hemos vivido la Pascua de Jesucristo.

Y ahora se trata de que esa Pascua re realice en nosotros. El tiempo pascual que está terminando tiene ese doble objetivo, primero: mirar la gloria de Cristo, y segundo: sabernos llamados a esa misma gloria.

La Pascua está para que nosotros no nos limitemos a ser espectadores de lo que le pasó a Jesús, sino para que sepamos que eso que ha sucedido en Jesucristo, es una muestra del amor que Dios nos tiene y es la realización de ese mismo amor en nuestra existencia.

Para eso hemos celebrado la Pascua, para eso estamos celebrando la Pascua. Se trata de descubrir nuestra verdadera vocación como seres humanos.

Atrevámonos a hacer la pregunta: ¿Para qué la vida? Nosotros los cristianos tenemos la dicha de poder responder: la vida es para la Pascua, esta vida y esta tierra son para la Pascua; para que podamos comprender y realizar el amor de Dios en este camino y para que podamos saciarnos y bendecir ese amor después de este camino.

¿Para qué el trabajo? ¿Para quién trabajamos? Es pobre trabajar sólo para esta tierra, es pobre trabajar sólo para llenar las arcas y aumentar las cuentas bancarias de los dueños de las empresas, es pobre trabajar solamente para pagar impuestos y para tener un lugar donde no morir.

¿Para qué la vida? La vida para la Pascua. Todo este tiempo es un inmenso llamado, es un amoroso llamado a levantar la mirada a la vocación más profunda de cada uno de nosotros; todo este tiempo es una gran oportunidad, ha sido una gran oportunidad para que cada uno descubra su propia vocación celestial.

¿Y no será que esas miradas tristes, desengañadas, desesperadas, amargas o aburridas que algunos de nosotros tenemos, miradas llenas de desconfianza, de cansancio son miradas de aquel que sólo puede ver a esta tierra? Y cuando uno sólo puede ver a esta tierra, se fastidia y se cansa,porque no termina de tener sentido tanta injusticia y tanto dolor.

Pero nuestra fe no es el opio del que habló Carlos Marx, nuestra fe no es una manera de olvidarnos de esta tierra, no. Pero sí es una mirada nueva a esta misma tierra y a estas realidades nuestras.

¿Usted cuántos fracasos trae a las espaldas? ¿Usted cuántas soledades, cuántas tristezas o frustraciones trae a las espaldas? ¿Qué son esos pesos que entristecen su mirada? ¿Qué es lo que no le deja sonreír? ¿Por qué se ha vuelto tan escas la alegría entre nosotros?

Porque miramos sólo a esta tierra, y cuando uno piensa: "Tanto trabajo y trabajo, ¿para qué? Y Tanto esfuerzo y tanto dolor, ¿para qué?

Necesita encontrarse con este Cristo, no para drogarse, no para agotarse olvidándose de este mundo con fantasías místicas; la verdadera mística no es una huida de la realidad, sino es el buceo más profundo en una realidad que ha sido creada por Dios, y luego de ser herida por el pecado, ha sido sanada por Dios, y ha sido santificada por Dios.

La ha creado Dios, nuestro Padre; la ha redimido Dios, su hijo Jesucristo; la santificó Dios, su Espíritu Santo.

Ser místico es hundir la mirada en la realidad y alcanzar a mirar, alcanzar a descubrir, más allá del charco y más allá del fango, la belleza y la fuente y la verdad que están más hondo.

Para eso se taladraron las manos de Cristo, para eso se hundió la lanza en su costado, para que nosotros pudiéramos meter nuestros ojos allá, meter nuestro corazón allá y descubrir, más allá de toda traición, de toda enfermedad y de toda muerte, un amor grande, un amor exuberante, inagotable, y para que nosotros pusiéramos nuestra fe en ese amor y lo acogiéramos en nuestras vidas. Ese amor se llama Espíritu de Dios, Espíritu de Amor, Espíritu Santo. Y por eso, la Carne de Cristo crucificada y glorificada, es una Carne que rezuma Espíritu Santo; de la Carne de Jesucristo brota el Espíritu Santo, porque en su Carne martirizada, nuestros ojos aburridos pueden bucear la tragedia humana hasta encontrar las perlas del amor de Dios.

Y cuando nosotros vamos encontrando, a través de la Carne de Cristo, el amor de Dios, vamos recibiendo de esa Carne de Cristo el don del Espíritu Santo.

Si usted ha recibido estas palabras, si usted ha comprendido lo que estoy diciendo, usted va a vivir intensamente la fiesta de Pentecostés.

No es simplemente una alegría, o unos cantos, o unos aleluyas, son aleluyas, y cantos, y alegrías, porque en la Carne glorificada de Jesucristo hay una fuente de gracia que atraviesa nuestra propia tragedia y el absurdo de la historia humana hasta ofrecernos de un modo nuevo, sorprendente, nuestra verdadera vocación, que se llama ser hijos de Dios, que se llama ser hermanos, que se llama ser señores de la creación.

Demos la gloria a Dios nuestro Padre, acojamos esta Carne bendita de Cristo. Feliz quien pueda comulgar en esta y en todas las Eucaristías. Porque de esa Carne de Cristo molida, hasta ser Hostia, de esa Carne de Cristo, brota el don del espíritu Santo, brota un amor que atraviesa los siglos, que une a la muerte y que llega hasta el cielo.