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De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio de hoy es continuación del texto que hemos escuchado el día de ayer, ambos textos están tomados del capítulo 17 de San Juan. Durante esta semana este capítulo precioso, que contiene la oración sacerdotal de Jesucristo nos va a acompañar, y para que la presencia de esas palabras tan inspiradas y tan profundas hagan bien en nosotros, me atrevo a sugerirte que no te quedes solamente con lo que escuchas en el templo, no te quedes solamente con estas modestas reflexiones, ve y sumérgete en el capítulo 17 de San Juan, sumérgete en el corazón orante de Cristo, en esa sangre que palpita de amor por la gloria del Padre y por nuestra salvación. No dejes que la Biblia acumule polvo en tu casa, en un rincón de una biblioteca; sácala y acercala a tu mente, a tu corazón a tus labios.

En el pasaje de hoy, encontramos una de las súplicas centrales de la oración que Cristo hace: “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn 17,21). En esta oportunidad quiero destacar lo que Cristo dice: “Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste” (Jn 17,11); es decir que la súplica por la unidad va en paralelo y en unión con la súplica que nosotros, discípulos de Jesús, seamos guardados en su Nombre. Indudablemente esta expresión tiene profundas raíces en el pensamiento semita, en el pensamiento hebreo, una palabra como “nombre” tiene mucha fuerza en la Biblia, nos damos cuenta que hay un mandamiento de la Ley de Dios que expresamente dice: “No pronunciarás en vano el nombre del Señor, tu Dios” (Ex 20,7); sobretodo para no poner a Dios como testigo de una mentira, que es el caso del grave pecado del perjurio, eso de que “te lo juro”, en el fondo es poner a Dios por testigo, y es una mentira, eso se llama perjurar y es usar mal el Nombre de Dios.

Pero el “nombre” es todavía una realidad más profunda, porque nos damos cuenta que Dios le cambia el nombre a algunas personas en la Biblia, y al cambiarles el nombre les asigna una nueva ruta, les da una nueva tarea, les pone una nueva misión; entonces Abram pasa a llamarse Abraham; Jacob pasa a llamarse Israel; Simón, hijo de Jonás, pasa a llamarse Pedro el apóstol; y los cambios de nombre siempre indican una descripción, un asomo a la realidad más profunda de esa persona.

Pues bien, a nosotros se nos ha revelado el Nombre de Dios, no es un nombre como Pedro, Juan, Santiago o Jehová; los llamados Testigos de Jehová, que entre otras cosas tienen una terrible confusión en eso, porque decir “Jehová” es revolver las consonantes de Yahvé con las vocales de Adonai, es un absurdo. Los llamados Testigos de Jehová, que así llaman a Dios, dicen que ese nombre “Jehová”, es el nombre de Él, como quien dice: “me presentaron un amigo, no sabía cuál era su nombre, y de repente el amigo me dice, oye sabes que, te voy a contar algo yo me llamo Ricardo, y a ¡ya sé cual es el nombre de mi amigo”; así interpretan los Testigos de Jehová este tema tan profundo y tan inspirador.

Pero conocer el Nombre de Dios no es simplemente conocer unas sílabas, un sonido; no es simplemente aprender a decir en inglés “Jehovah”, o aprender a decir en español “Jehová”, no ¡no es simplemente aprender una sílaba!, ¡no es aprender un sonido!, es tener una experiencia de absoluta confianza, de total cercanía, es tener ese puente que vincula, que une mi corazón con el suyo, eso es conocer el Nombre de Dios, es conocer la persona y por consiguiente ser guardado en el Nombre de Dios, es perseverar en una experiencia siempre renovada de su amor y de su poder, y eso según nos dice Cristo en el Evangelio de hoy es lo único que nos puede dar verdadera unión con Él y verdadera unión entre nosotros.