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Fecha: 20110608

Título: El fruto de la entrega de Nuestro Senor Jesucristo en la Cruz

Original en audio: 4 min. 24 seg.


Va llegando a su final el tiempo pascual, y llega también a su final la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles y de los discursos de Jesús después de la Última Cena.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha acompañado durante estos cincuenta días de Pascua; el evangelio de Juan ha sido nuestro otro gran acompañante, primero en aquel pasaje del diálogo entre Jesús y Nicodemo, luego, el discurso del Pan de Vida, todo aquello que sigue después de la multiplicación de los panes según San Juan; luego, Jesús como el Buen Pastor; y luego, todo el tiempo pascual, hemos escuchado, venimos escuchando, las palabras de Jesús en esa conversación entrañable después de la Última Cena.

Podemos decir que es una de las meditaciones más profundas y más bellas para todo cristiano. Porque lo que se nos revela en esta conversación no es otra cosa sino el corazón mismo de Jesús. Él, en ese diálogo con sus discípulos que vienen a ser la nueva familia, el nuevo pueblo de Dios, abre su alma, y no solamente les confía los secretos de su corazón, sino que también los introduce en ese corazón en el momento de hacer oración.

Eso es lo que tenemos precisamente en el capítulo número diecisiete de este evangelio de Juan, es la que llamamos "oración sacerdotal". Y se le llama así, sacerdotal, porque lo propio del sacerdote, según lo expresa por ejemplo la Carta a los Hebreos, es ofrecer oblaciones y sacrificios. Y Jesús, en esta oración del capítulo diecisiete del evangelio de Juan está ofreciendo el sacrificio, en realidad, su propio sacrificio. Como bellamente nos ha enseñado a decir la Iglesia, "Jesús es Sacerdote, es Víctima y es Altar".

Entonces en este capítulo encontramos palabras escogidas que describen el sentido de la ofrenda de Cristo, nos ayudan a esclarecer el por qué de su entrega y también el propósito y los frutos que vendrán de esa entrega. Y el fruto principal está expresado en la palabra "uno", en la unidad; al fin y al cabo, el pecado es separación y es división. Y si por el pecado ha quedado roto el acceso a Dios Padre, pues ahora, a través de este sacrificio de reconciliación, se recupera la unidad perdida.

Por eso la insistencia de Cristo en su oración: "Que todos sean uno" San Juan 17,11. Pero esa súplica va acompañada también de otra intención que ha aparecido en el texto de hoy particularmente: "Conságralos en la verdad" San Juan 17,17, dice Jesús, pidiendo al Padre Celestial que nos otorgue el camino que lleva a la unidad. Necesitamos ser consagrados en la verdad.

Efectivamente, el sacrificio de Cristo es también revelación. En la muerte de Cristo aparece la verdad del pecado, la verdad del hombre, y sobre todo, la verdad de Dios. Y en esa verdad nosotros somos sellados, en esa verdad somos consagrados; y sólo cuando nos encontramos en esa verdad, encontramos unidad y encontramos el fruto del amor que llevó a Cristo hasta la Cruz.