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Fecha: 20100519

Título: El libro de los Hechos de los Apostoles: descripcion real de lo que es la Iglesia en sus luchas internas y en sus desafios externos.

Original en audio: 13 min. 15 seg.


Queridos Hermanos:

Durante el tiempo pascual nos ha estado acompañando el libro de los Hechos de los Apóstoles y también el Evangelio según San Juan. Estas dos obras, estas dos porciones de la Escritura, han sido nuestros maestros en el tiempo de la Pascua.

¿Qué es el libro de los Hechos de los Apóstoles? Es el relato del impacto del Evangelio en la historia de los hombres. Es la historia bendita del Espíritu y lo que puede hacer en hombres y mujeres: cómo el Espíritu verdaderamente renueva la faz de la tierra.

¿Qué es el libro de los Hechos de los Apóstoles? Es la primera y la más hermosa de las primaveras de la Iglesia. Y seguramente no habrá otra igual, sino sólo cuando Cristo vuelva.

¿Qué es el libro de los Hechos de los Apóstoles? Es el punto de mira, es la referencia, es el espejo que tiene la Iglesia para mirarse y para reconocer también la voluntad de Dios.

Es decir, cada vez que la Iglesia quiere recuperar su ser más propio, cada vez que quiere verdaderamente limpiarse y ser bella para Dios, vuelve a mirar al libro de los Hechos de los Apóstoles.

Por eso los fundadores de comunidades religiosas y los fundadores de los movimientos laicales, siempre han vuelto sus ojos hacia este libro. En aquellas palabras y en esas escenas tan hermosas, tan llenas de amor y de poder del Espíritu, los cristianos de todos los siglos han encontrado su modelo propio, su inspiración más genuina, además de la fuerza para seguir adelante.

Estamos en la última semana del tiempo pascual. Ese tiempo empezó con el aleluya victorioso por la Resurrección de Cristo y terminará en unos pocos días con la gran solemnidad de Pentecostés en este domingo: Cristo que se levanta del sepulcro y el Espíritu Santo que viene desde el seno del Padre, para revestirnos de poder, para cambiar nuestra mente, para darnos obras nuevas.

La vida nueva en Cristo: ésa es la Resurrección; la vida nueva en los cristianos: éso es Pentecostés. De ahí que el tiempo pascual esté marcado por estas dos experiencias, por estos dos misterios, que así los contemplamos en el santo rosario. La Resurrección: vida nueva en Cristo; Pentecostés: vida nueva en nosotros.

Pero, hemos descubierto también en este libro, que el origen de la Iglesia y el ideal de la Iglesia no es un cuento de hadas, no son pajaritos de oro, no son nubes rosaditas. Los seres humanos con los que Dios ha querido construir su alianza y levantar ese edificio que es su Iglesia, son seres humanos tan reales como nosotros.

Así que en el libro de los Hechos de los Apóstoles también han aparecido las dificultades, diríamos naturales, en cuanto brotan de nuestra naturaleza herida por el pecado. Ha aparecido el egoísmo, por ejemplo, en el capítulo sexto de este libro: cómo los cristianos de origen judío parece que no eran muy generosos con los cristianos que venían de otros pueblos.

Y por eso los apóstoles tuvieron que entrar en un discernimiento, para saber cómo responder al llamado de la caridad, sabiendo que había esa tensión, esa división entre judíos y no judíos.

Además de los problemas internos, este pueblo de Dios aparece en los Hechos de los Apóstoles continuamente perseguido. Ya desde el principio, Pedro es encarcelado, Santiago, el Mayor, es degollado, y muchos cristianos tienen que salir a toda prisa. Porque, Jerusalén ya no es un lugar para ellos; de donde se ve que la persecución también es parte del ser de la Iglesia.

El gran San Agustín aplicaba a la Iglesia aquel salmo que dice: "¡Cuánta guerra me han hecho desde mi juventud!" Salmo 128,1.

"¡Cuánta guerra me han hecho desde mi juventud!" Salmo 128,1. ¡Y es cierto! Desde su juventud la Iglesia es iglesia perseguida por fuera, y en cierto sentido, débil por dentro. Ésto tenemos que saberlo con madurez, hermanos, porque también en nuestra época hay persecución afuera y debilidad adentro.

El Papa, recientemente, en su viaje apostólico a Portugal, nos ha recordado a todos, pero especialmente a los sacerdotes y a los obispos, que el principal mal de la Iglesia no está afuera sino adentro, y se llama el pecado.

Es el pecado de nosotros, -principalmente sacerdotes, obispos-, es nuestra negligencia, es nuestra pereza, es la facilidad con la que accedemos a tantas tentaciones, es éso lo que le hace más daño a la Iglesia.

Pero, aparte de esas debilidades interiores, no cabe duda de que hay también persecución exterior. Algo parecido nos ha dicho el evangelio del día de hoy: "El mundo los ha odiado porque no son del mundo" San Juan 17,14.

Y este odio sí que ha salido a luz en el presente año. Hemos visto rostros de odio: odio que se vuelve indiferencia de hielo, odio que se vuelve agresividad verbal, odio que se vuelve amenaza y desprecio contra el Papa.

Fundamentalmente, la persona del Papa a quien nosotros llamamos Vicario de Jesucristo, Sucesor de San Pedro, especialmente sobre él como sobre un yunque han caído todo tipo de ataques. Con un vigor que merecería una causa mejor, esos ataques han continuado durante semanas y semanas.

Es la oración de la Iglesia y su propia oración las que han sostenido a Benedicto XVI sereno, capaz de seguir predicando, capaz de seguir confirmándonos a todos en la verdad.

Entonces, fíjate que los Hechos de los Apóstoles no son un espejo idealista, no son un sueño; son una descripción muy aterrizada, como decimos popularmente, una versión muy real de lo que es la Iglesia en sus luchas internas y en sus desafíos externos.

Ese sabor de lucha, de combate, y al mismo tiempo esa necesidad de unirnos en amor y en oración, es exactamente lo que hemos encontrado en el pasaje de hoy, en el capítulo veinte de este libro de los Hechos de los Apóstoles.

Se trata de San Pablo, que después de evangelizar durante tres años en esa región que se llamaba Asia Menor y que hoy corresponde al país de Turquía, tiene que retirarse.

Y mira con cuánto realismo habla el Apóstol San Pablo: "Yo sé que cuando os deje, se meterán entre vosotros lobos feroces que no tendrán piedad del rebaño" Hechos de los Apóstoles 20,29. Ahí está descrito el ataque que viene de fuera.

"Incluso algunos de vosotros deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos" Hechos de los Apóstoles 20,30. Ahí está la enfermedad adentro.

Pero, ¿qué podemos decir de Pablo? ¿Que se encuentra desconsolado, frustrado, pesimista? ¡De ninguna manera! Es un hombre que tiene los ojos abiertos, es un hombre que no está ciego.

Sin embargo, esa misma lucidez le permite reconocer que aunque son reales las dificultades, también es real el auxilio de Dios. Por eso dice más adelante: "Os dejo en manos de Dios y de su Palabra de gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos" Hechos de los Apóstoles 20,32.

Y ésto también es bueno saberlo. Que los problemas existen, así es. Pero, que existe la fuerza de Dios para rescatarnos, éso también es verdad. Que hay tentaciones, éso es cierto. Que Dios da la fuerza para vencerlas, éso también es cierto. Que hay pecadores, éso es verdad. Que los pecadores se pueden convertir, enamorarse del Evangelio y llegar a la santidad, éso también es verdad.

Ser cristiano no es imaginarse que no existen los problemas; pero, tampoco es empantanarse en ellos. Nosotros no podemos cometer ninguno de esos dos errores.

No podemos cometer el error que se dice popularmente que comete el avestruz: éso de abrir un hueco cuando se siente asediada esta ave gigantesca. Cuando se ve asediada por todas partes, abre un hueco en la arena y mete la cabeza para no ver el problema.

Nosotros no podemos hacer lo del avestruz: esconder la cabeza y tratar de no ver los problemas. Ahí están y hay que verlos; pero, no hay que quedarse en ellos.

San Pablo nos dice con claridad:"Estamos en las manos de Dios y estamos en el poder de su Palabra. Y esa Palabra tiene poder para construirnos y para darnos parte en la herencia de los santos" Hechos de los Apóstoles 20,32.

Hermanos míos, el tiempo pascual ha corrido presuroso; ya queda muy poco. Aprovechemos estos últimos días para mirar con mayor intensidad, con mayor amor, a este espejo de la Iglesia, y para reconocer la verdad de la Iglesia en cada uno de nosotros.

Porque, ¿no será que también nosotros tenemos debilidad interior y ataque exterior? Pues, por supuesto. Cada uno de nosotros en cierto modo repite el drama de la Iglesia, y puede entonces repetir la victoria de ella si en realidad se une al Espíritu Santo de Dios que es su alma.

Vamos a seguir esta celebración. Nosotros, lo mismo que los primeros cristianos, recibimos nuestra fuerza del Altar. De ahí, de Cristo Jesús, del Pan vivo bajado del Cielo, de ahí nos viene la victoria.

Porque, como escuchábamos hace poco en el evangelio, este Cristo que comulgamos es el mismo que nos dice: "No tengáis miedo; yo he vencido al mundo" San Juan 16,33. Y es tan completa su victoria, que en el evangelio de hoy le dice Cristo al Padre: "Como Tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo" San Juan 17,18.

Nosotros, cautivados, penetrados, empapados en la victoria de Cristo, salimos también a anunciar la Buena Nueva de salvación. Que esa nota misionera caracterice nuestra vida, y que el alimento de Cristo se note y brille en nuestras obras de justicia y santidad.

Amén..