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Fecha: 20010530

Título: El trueque de amor posible por la Redencion

Original en audio: 11 min. 17 seg.


Amados Hermanos:

El evangelio según San Juan es el que nos cuenta más detalladamente sobre las palabras de Cristo en la Última Cena. Aquel fue un momento de grandes revelaciones. Jesús llega al término de su existencia y entonces, reunido con sus amigos, les abre el corazón.

Esos capítulos catorce, quince, dieciséis, diecisiete del evangelio según San Juan son realmente un tesoro, son el Corazón de Cristo abierto para nosotros. Quien quiera conocer cómo ama Cristo, qué siente Cristo, qué quiere Cristo, acérquese a estos capítulos de la Sagrada Escritura. Ahí está abierto el Corazón de Nuestro Señor.

¡Qué grandes conversaciones las que sostiene el Señor!, hablándoles de su relación con el Padre, invitándolos a permanecer en su amor, dándoles el mandamiento nuevo, presentándose como Maestro de la verdadera humildad, anunciando la llegada del Paráclito, prediciendo también las pruebas y sufrimientos que tendrían que pasar, proclamando su victoria sobre el mundo, y por encima de todo ello, haciendo oración.

Era la última vez que estaba reunido con ellos y en esa última ocasión, Cristo extiende, como un manto, su oración para abrazarlos, para protegerlos, para cuidarlos.

También la primera lectura nos ha presentado una despedida. Es Pablo que se despide de los ancianos, de los responsables de la Iglesia de Éfeso. Y también en aquella ocasión hubo profundas emociones, porque ellos sentían que Pablo, en cierto modo, les era arrancado. Lo habían aprendido a amar entrañablemente.

Pablo recoge en ese momento lo que ha sido el testimonio de su vida y puede decir estas palabras que realmente resumen su misión. Dice él: "No quise para mí mismo ni el dinero ni la ropa de nadie" Hechos de los Apóstoles 20,33.

Y dice también: "Los encomiendo a Dios y al mensaje de su Amor. Él tiene poder para hacerlos crecer espiritualmente y darles todo lo que ha prometido a su pueblo santo" Hechos de los Apóstoles 20,32.

Esa despedida de Pablo es conmovedora. Pero mucho más grande es lo que tiene para decirnos el Señor Jesucristo. Lo que tienen en común Pablo y Cristo es que, al momento de despedirse, entregan a los Discípulos al poder del amor de Dios, hacen oración.

Y por eso nosotros en este día, preparándonos para Pentecostés, nos asomamos respetuosamente a esa reunión de amor que tuvo Cristo con los discípulos, y escuchamos cómo es Jesús el que está dirigiendo la Palabra, haciendo una profunda y sentidísima oración.

¿Cuál es la petición de Cristo? Él extiende su caridad, los abraza con amor y por eso dice: "Cuida a mis discípulos con el poder de tu Nombre, el Nombre que me has dado, para que estén completamente unidos" San Juan 17,11.

Con razón desde hace unos años existe la saludable costumbre de celebrar durante estos días la semana de oración por la unidad de los cristianos. Porque es un grave escándalo que los que creemos en Jesucristo estemos desunidos, estemos separados. Y sabemos todos que el primer recurso para lograr recuperar esa unidad es la oración.

Pero yo no quiero hoy referirme al encuentro ecuménico, al encuentro con las otras confesiones cristianas y a la búsqueda de la unidad. Quiero referirme a esa maravillosa caridad de Jesucristo, a ese increíble amor de Jesucristo, que cuando tiene que irse a sufrir como sabemos que tuvo que sufrir, no piensa en sí mismo, sino que piensa en ellos y ora por ellos.

Y le dice al Padre Celestial: "Cuídalos, te los entrego, cuídalos" San Juan 17,15. Por eso, mis hermanos, tenemos buenas razones para acogernos al Amor de Jesucristo. Cuando Cristo estaba a las puertas de la muerte, no pensaba en sí mismo, pensaba en nosotros, sus discípulos. Y allá, a las puertas de la muerte, oró por nosotros.

Por eso, mis hermanos, podemos confiar en el Amor de Jesucristo: Alguien que nos ama tanto, tanto, Alguien que extiende sus brazos, Alguien que abre su Corazón, Alguien que tiene en su regazo un lugar para cada uno de nosotros. ¡Ese es Nuestro Señor! ¡Ese es Nuestro Salvador!

Y por eso, cuando nosotros hacemos oración, presentándole a Dios nuestras miserias, nuestros pecados, nuestras necesidades, no es como el que toca una puerta que está cerrada. Ya está abierta la puerta, ya Cristo ha extendido sus brazos, ya Él ha abierto su Corazón, ya tú tienes un puesto en su regazo, ya Él tiene un lugar para ti.

Y con esa confianza tenemos que llegar a Él. Ya tienes un lugar entre los brazos de Cristo. No tienes que ganártelo; sería imposible. Nuestros pecados nos avergüenzan, nuestra pobreza nos avergüenza, nuestra inconstancia nos avergüenza.

Si fuera por los méritos de nosotros, ¡qué poco podríamos pedir!. Pero nosotros no tenemos que pensar en los méritos de nosotros sino en los méritos de Cristo. Cristo no pensó en sus problemas sino en los nuestros. Nosotros no tenemos que pensar en nuestros méritos sino en los de Él. Ese es el trueque de amor que se ha hecho posible por la Redención.

Ya que Él nos ama tanto que no piensa siquiera en su dolor por pensar en nuestras dolencias, entonces nosotros debemos pensar en nuestras miserias y volcarnos con fuerza hacia su Misericordia para decirle: "Señor, vengo por ese lugar que Tú me has reservado".

Esta es la oración que tenemos que hacer todos, pero especialmente los pecadores, que somos nosotros, y los enfermitos y los pobres y los que, tal vez, hemos ofendido a Dios o nos hemos alejado de Él.

Tenemos que decirle al Señor: "Vengo por ese lugar que tú ya me abriste en tu Corazón. Vengo, Señor, por esa parte de tu Alma que me amó cuando tú consagraste por primera vez el pan y el vino como Cuerpo y Sangre. En esa noche, Señor, tú abriste un espacio para mí. En esa noche, tú reservaste una parte de tu Corazón para mí. Yo no lo merecía, pero tú quisiste dármelo. Y por eso, yo vengo al lugar que tú me reservaste en tu Corazón".

Así es como nosotros oramos por los enfermos. Cuando vayamos a orar por un enfermo, tenemos que decirle al Señor Jesús: "En tu Corazón, Señor, ya hay un lugar para este enfermito. Ya tú pensaste en él; ya tú le amas; ya tú tienes sitio en tu Alma para él. Simplemente te quiero decir, que él viene a reclamar ese sitio, que él viene a tomar su lugar en ti".

Tenemos, hermanos míos, esta grande esperanza: que la caridad de Cristo sobreabunda, que la caridad de Cristo para todos alcanza, que el amor de Cristo ya nos ha preparado un sitio, y por eso, a ese sitio nos dirigimos cuando oramos por nuestras necesidades.

Bendito Dios que es piadoso y misericordioso.

A Él el honor y el amor por los siglos.

Amén.