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Fecha:19990519

Título: Las alianzas que hacemos los seres humanos, sin Dios, terminan volviendose contra Dios

Original en audio: 28 min. 53 seg.


Esta semana tiene diversos colores o sabores que se pueden apreciar en las distintas lecturas. Por ejemplo, en estos tres días el salmo responsorial, que es un texto al que uno a veces le pone poquito cuidado, el salmo que utilizamos como respuesta para la primera lectura, ha estado tomado del Salmo 68, en la numeración de nuestras Biblias.

Como sabemos, la numeración de la Liturgia de las Horas y la numeración de los libros de lecturas en la Misa tiene un descuadre de un número, entonces aquí aparece Salmo 67 pero en la Biblia nuestra, en el número que está sin paréntesis, es el Salmo 68.

La razón de esto, para que nadie se vaya a confundir, es que en la traducción de la Vulgata, la Biblia latina que la Iglesia más ha utilizado en su historia, los Salmos tienen ese descuadre de numeración.

Pero en la numeración hebrea y en la numeración griega, la Biblia de los setenta, pues, los Salmos tienen otro número. Normalmente la diferencia es de un número, normalmente la diferencia es que hay que agregarle un número a lo que aparece en la Liturgia de las Horas, o lo que aparece en los leccionarios, los libros de lecturas de la Misa.

Así por ejemplo, el Salmo de arrepentimiento, el Salmo de David de arrepentimiento, en la Liturgia de las Horas aparece como Salmo 50, en nuestras Biblias, en el número sin paréntesis, es el número 51. Después de esta explicación de números, sigamos.

Resulta que durante estos tres días, es decir, lunes, martes y miércoles, el Salmo de respuesta de la primera lectura, está tomado el Salmo número 68, este un salmo que empieza diciendo: "Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian" Salmo 68,1.

De manera que a través de este Salmo, hay como un eco de la fiesta de la Ascensión del Señor durante estos días. Y este es uno de los sabores o colores que tiene esta semana.

Es una semana que de alguna manera prolonga la gloria de la Ascensión de Jesucristo, y nos invita a contemplar la majestad del Resucitado. Durante toda la Pascua hemos estado contemplando a Cristo victorioso, pero especialmente en esta semana, tomamos un aspecto de la victoria de Jesucristo, Él es el Cristo majestuoso.

Y por eso este Salmo 68, que es un salmo de alabanza de la gloria de Dios, se aplica como un eco de la fiesta de la Ascensión.

Así por ejemplo, hemos dicho hoy: "Despliega tu poder, tu poder, oh, Dios, que actúa a favor nuestro" Salmo 68,29. "Reyes de la tierra cantad a Dios" Salmo 68,33. Quien quiere profundizar en la espiritualidad de la majestad de Jesucristo, saque su Biblia, ábrala en el Salmo 68, y ore y adore con esas palabras.

Bueno, esa es una dimensión, o un sabor, o un color que tiene esta semana. La primera lectura, en cambio, va como por otro lado. La primera lectura tiene que ver con el encuentro y con la despedida de Pablo de los discípulos de Éfeso, especialmente los responsables de la comunidad.

Esto está en el capítulo número 20 de los Hechos de los Apóstoles. Esta semana tiene también un carácter como de despedida. Hemos venido oyendo en la primera lectura de la Santa Misa, escenas o apartes de ese discurso con el que Pablo se despide de estos presbíteros. Y este es como un segundo color que tiene esta semana, es una semana como de despedida.

Así, en parte, prolonga el sabor que nos ha dejado la Ascensión, cuando esa última aparición de Cristo Resucitado tiene un poco el carácter de despedida; y, por otra parte, va haciendo como sinfonía con el Evangelio que desde hace varias semanas nos está recordando las palabras de Cristo, en los discursos de sobremesa, en los discursos después de la Última Cena.

Pablo, hablando a estos discípulos, a estos encargados de la comunidad cristiana en Éfeso, nos va repitiendo como en otra tonalidad, en otro registro, las palabras de Cristo cuando se está también despidiendo.

Hoy por ejemplo, nos encontramos a Pablo diciéndoles que tengan cuidado del rebaño y recuerda el precio con el que ha sido adquirido este rebaño, que es la Sangre de Cristo. Y en el Evangelio escuchamos a Cristo despidiéndose de los Apóstoles y encomendando ese pequeño rebaño al Padre Celestial.

Entonces va naciendo una especie de armonía, de sinfonía, estas palabras de despedida de Pablo, estas oraciones de Pablo, y estas oraciones y estas palabras de Jesucristo.

Entonces llevamos dos cosas: esta semana alaba la majestad de Cristo, pero esta semana también tiene como cierto carácter de despedida.

Por otro lado, esta es la semana en que estamos meditando la oración de Jesucristo. La empezábamos a leer en el día martes, bueno, en realidad la preparación viene desde el lunes, y terminaremos de meditar esta oración del capítulo 17 de San Juan, mañana jueves.

Es una semana de oración. Semana de oración, semana de despedida, de testamento, semana de alabanza. Es importante vivir el conjunto de esta semana, con sus distintos colores, con sus distintas dimensiones.

Así las cosas, escuchemos cómo ora Jesucristo en este día: "Padre Santo, guárdalos en tu nombre, para que sean uno como nosotros" San Juan 17,11.

La intención de Jesucristo es que sean uno. La oración de Jesucristo es para que seamos uno. Y el modelo de esta unidad es la unidad que hay entre Dios Padre y su divino Hijo, el Señor Jesucristo.

"Para que sean uno" San Juan 17,11. La unidad es el propósito de la oración de Cristo. ¿Porque será tan importante la unidad? Hay varias razones. El pecado es dispersión, el amor es unidad.

La predicación del amor más grande, crea la unidad más grande; la predicación del amor verdadero, engendra la unidad verdadera; la predicación de amor sin límites, produce unidad sin límites.

El pecado divide y dispersa. Dos criminales pueden estar cometiendo el mismo delito, ayudarse para cometer el mismo delito y, sin embargo, estar profundamente distanciados. La prueba está en que cuando aparece el botín, cada uno detesta al otro, así haya sido su compañero de fechorías; cada uno detesta al otro, porque quisiera quedarse con todo el botín. El pecado es división, el pecado es separación.

Así también pasa en las familias, hay matrimonios que nunca se casaron, nunca. Cada uno estaba pensando en su propio y exclusivo interés. Juntaron sus cuerpos, unieron sus platas, economizaron arriendo viviendo en las mismas paredes, pero no estaban casados.

El matrimonio surge del amor de donación, del amor de entrega. Y si no hay esto, lo que hay es un contrato de uso y usufructo de los cuerpos y algunas economías en el pago de los servicios, es lo único que queda, pero ahí no hay matrimonio.

El pecado es división, y más espantosa es esta división, cuanto peor es el pecado. Un ejemplo terrible lo tenemos en el mismo Evangelio. Judas quiere que Cristo sea condenado, los sumos sacerdotes quieren que Cristo sea condenado.

Judas y los sumos sacerdotes se ponen de acuerdo y hacen un contrato para que Cristo sea condenado. Judas, luego siente remordimientos, lleva el dinero que ha recibido de los sumos sacerdotes y les dice: "He entregado a la muerte a un inocente" San Mateo 27,4. Respuesta de los sumos sacerdotes: "¿A nosotros qué? Eso es problema suyo" San Mateo 27,4.

Han trabajado juntos, pero estaban separados. Así también pasa con los demás pecados. El pecado crea la ilusión de la alianza, la ilusión de la unidad, pero no engendra la verdadera unidad, porque la verdadera unidad sólo nace del verdadero amor.

Cuando Cristo ora diciendo: "Que sean uno" San Juan 17,11, hace esta petición, casi diríamos, como en primer lugar, "que sean uno" San Juan 17,11. Y con esa petición, Nuestro Señor Jesucristo está, de algún modo, describiendo lo que es su misión.

Él ha venido como puente, como mediador entre Dios y los hombres. La unidad que Él viene a crear entre los hombres, no es la unidad solamente de los hombres entre ellos, sino la unidad de todos en Dios y en su Hijo Jesucristo.

Y aquí viene un tema muy terrible, muy polémico, pero también muy profundo. Y por las personas que nos acompañan aquí en el monasterio, y por las personas que siguen esta transmisión, tengo que entrar en ese tema.

Cristo está hablando aquí de la unidad que tiene como referencia al Padre y a su Hijo Jesucristo. De aquí surge una pregunta: ¿y qué pasa con las unidades que hacen los seres humanos sin Dios? Esto es serio.

Cuando se reúnen los países, cuando se reúnen las personas, cuando se reúnen las fuerzas y no invocan a Dios, no estoy diciendo aquí que ataquen expresamente a Dios, sino que no invocan a Dios, la unidad que creamos a veces los seres humanos, pero una unidad sin Dios, esa unidad, ¿qué?

La respuesta, hasta donde alcanzan a ver mis ojos, es: que las alianzas o unidades que hacemos los seres humanos sin Dios, terminan volviéndose contra Dios. Lo que nosotros no hacemos con Dios, si lo hacemos sin Dios, lo hacemos contra Dios. Ahí está como el resumen de esta idea.

Cuando nosotros nos unimos sin Dios, nos unimos contra Dios. Así se presente esa unidad como un pacto humanitario, así se presente esa unidad como un servicio a los seres humanos, así se presente esa unidad como un acto de filantropía.

Estas palabras no las puedo dejar así en abstracto, estas palabras tienen nombre y se llaman masonería, y se llaman Organización de las Naciones Unidas, y se llaman cosas semejantes.

La masonería es una unidad estrecha para el bien de la humanidad, para la colaboración mutua, para el mutuo crecimiento, para la edificación, para el cultivo de la inteligencia, todo maravilloso, pero todo sin Dios.

Una unidad de seres humanos sin Dios, se convierte en una alianza contra Dios. Este es el anunciado más polémico pero alguien tiene que decirlo, cuando escuchamos la oración de Jesucristo. Y con la bondad del Señor y de su Espíritu, quiero exponer un poco esa idea.

Cuando nosotros nos aliamos, cuando nosotros nos unimos, sin Dios, sucede lo que pasó en tiempos del Imperio Romano, en el siglo I. El Imperio Romano tenía una gran capacidad de acoger a todas las personas, a todas las culturas, a todas las religiones, a todos los idiomas.

¿Usted cree que en el Imperio Romano se hablaba latín? Déjeme decirle que en el siglo primero, en Roma, se hablaba más griego que latín. ¿Usted cree que en el Imperio Romano había una religión? Tampoco es cierto.

Los romanos tenían una gran capacidad de mezclar sus cultos paganos los unos con otros, e incluso llegaron a hacer una equivalencia entre sus deidades, sus dioses falsos y los dioses también falsos de los griegos.

Así por ejemplo, el Zeus de los griegos se convirtió o se identificó con el Júpiter de los romanos; Era, de los griegos, se convirtió en Juno de los romanos; Hermes, de los griegos, en Mercurio de los romanos, y así sucesivamente.

Los romanos podían acoger todo tipo de religiones. Pero hubo dos religiones a las que ellos persiguieron. La una, durante un tiempo; y la otra, durante muchos tiempos. La religión perseguida durante un tiempo, fue el judaísmo; y la religión perseguida durante muchos tiempos, fue el cristianismo.

Usted no se ha preguntado, ¿por qué este Imperio, que podía acoger a todo tipo de religiones y podía revolver todas las filosofías, por qué esta alianza humana, -porque ese era el Imperio Romano-, por qué este Imperio persiguió a los cristianos? ¿A usted no le ha llamado la atención eso? ¿Cuál era la razón de perseguirlos?

El Imperio Romano podía acoger toda suerte de religiones, filosofías y cultos. Aparentemente se trataba sólo de una alianza humana.

Resulta que los romanos tenían una estrategia, que fueron tal vez la primera cultura en la humanidad en aplicarla, pero que luego se ha repetido en muchos otros imperios, y también un poco en nuestros días. El que esté oyendo, sepa entender.

Resulta que la tónica del Imperio Romano es ejercer dominio sin cambiar, por lo menos sin cambiar aparentemente, la cultura y la religión de las personas. La clave de los romanos fue respetar los valores culturales y, sobretodo, los valores religiosos de las personas, creando una alianza en términos solamente militares, económicos y de dominio, diríamos políticos, lo político, lo militar y lo económico. Lo demás aparentemente quedaba intacto.

De esta manera, el Imperio Romano se convirtió en una red gigantesca de alianzas humanas, de alianzas de unos con otros. Pero una alianza que, desde luego, no estaba fundada ni Jesucristo ni en Dios, su Padre. Era una alianza que no tenía fundamento en Dios.

Y aquí viene mi pregunta: ¿por qué una alianza humana, cuando es sin Dios, termina convirtiéndose contra Dios?

Resulta que las alianzas de ese género, pueden oír todas las opiniones, siempre que cada una de las opiniones admita que es sólo una opinión. En el momento en que una opinión pretenda decir que es más que una opinión y que es la verdad, en el momento en que una opinión pretenda presentarse como verdadera, en ese momento pierde su derecho de hacerse oír en la plaza de de las opiniones.

Y resulta que el cristianismo tiene la pretensión de afirmar que hay una serie de verdades que se cumplen en todos los seres humanos, verdades que el Catecismo expresa en términos del pecado original, de la necesidad de la gracia, de la Iglesia como sacramento universal de salvación, de la Sangre redentora de Cristo, del destino común de la humanidad frente al juicio de Jesucristo.

Es decir, que todo el destino de la humanidad se define ante Jesús. Estas enseñanzas, de alguna manera son intransigentes. Estas enseñanzas no son compatibles, no se pueden revolver con otro.

El Hinduísmo, o la Nueva Era, incluso el Budismo, son religiones en las que se puede juntar todo con todo: "Tú puedes tener los dioses que quieras, tú puedes hacer lo que quieras". Es de nuevo Imperio Romano en nuestros días, y es de nuevo la misma lógica.

El mundo de hoy, sobretodo en los medios de comunicación, es como una inmensa plaza donde todo el mundo sigue diciendo sus propias opiniones.

Pero lo que mucha gente no sabe, es que esa plaza aparentemente democrática, esa plaza aparentemente abierta, donde cualquiera puede decir lo que quiera, esa plaza no soporta que alguien diga que tiene una afirmación, que tiene una enseñanza, que tiene una predicación o Evangelio que involucra o que implica todas las otras personas.

Esta palabra es la que no se soporta. Esto es lo que hace detestable, lo que hace incompatible el mensaje del Evangelio, que alguien diga que pretende tener una palabra que involucra a todos, o que tiene que ver con todos. Esto es lo que no se soporta.

¿Y porqué se dispara la persecución? Porque resulta que esa plaza sí tiene dueño. Mientras las personas creen que pueden decir todas sus opiniones, hay alguien que gobierna esa plaza, hay un ser oscuro, -que muchas veces actúa a través de los poderes de esta tierra-, hay un ser oscuro que gobierna esa plaza.

Hay un ser oscuro que tiene como meta, como principal interés, que cada uno pueda decir su opinión y que no haya verdades; que haya opiniones y que no haya verdades. Porque mientras eso se esté diciendo, el oleaje incesante y cambiante de las opiniones produce mercado, produce ganancias, produce dinero.

El oleaje de las opiniones mantiene la circulación de las ganancias y del dinero; el oleaje de las opiniones mantiene ciegos, divididos, inconexos a los que hablan.

Y mientras cada uno esté repitiendo su propio discurso y ninguno pretenda que tiene la verdad, es como tener a una cantidad de niños con los ojos vendados, puedes hacer con ellos lo que quieras.

Pero si alguien se quita la venda o quiere quitarles la venda a las otras personas, se convierte necesariamente en el enemigo de todos.

Por otra parte, y esto también es serio, resulta que cuando todos estamos en una plaza en la que todos sentimos que podemos hablar lo que queramos y podemos hacer lo que queramos, en nosotros se produce un sentimiento de gratitud, bueno, yo tengo que ser sincero y decir no en nosotros, sino en quienes viven en esas plazas.

El que vive en una plaza así, en la que se puede decir lo que se quiere y aparentemente hay libertad, cualquier libertad que no sea decir la verdad, o sea, una libertad entre comillas, todos los que están en esa libertad entre comillas, y en esa plaza de las opiniones intercambiables, todos los que están ahí celebran, ¿a quién van a celebrar? No pueden celebrar en realidad a ningún dios, porque cada uno tiene su dios.

Luego, cuando van a celebrar, ¿qué celebran? Celebran que todos son lo que son, es decir, que todos pueden hablar lo que quieren, que todos son libres como quieren serlo, van a celebrar su propia libertad, van a darse honra, honor y alabanza a sí mismos y a los que hicieron posible ese estado de aparente libertad.

De esta manera, como ya dice la historia en el Imperio Romano, cuando se forman esas plazas de libertad, cuando el mundo se entra en el mercado de que todas las opiniones valen lo mismo, cuando llegamos a ese punto, lo único que merece adoración es el ser humano.

No es casualidad, que en el Imperio Romano, lo único que debía ser adorado era el Emperador. Las demás cosas podían ser adoradas, tú podías adorar a Mercurio, a Afrodita, o a quien tú quisieras, en eso tú podías obrar como tú quisieras, pero a quien sí debías adorar era al Emperador, al Emperador sí había que adorarlo.

Es decir, cuando nos unimos los seres humanos sin Dios, lo único que celebramos es a nosotros mismos y quienes nos dan una plaza para que cada quien diga lo que quiera, y esto es terminar adorando al ser humano.

Por eso los cristianos llegaron a la conclusión de que no querían entrar en ese mercado, y llegaron a la conclusión de que no podían adorar al Emperador, "no se puede adorar al Emperador, no se puede!"

"Es que adorar al Emperador o celebrar que nosotros somos libres porque nosotros nos liberamos, obrar así, es reemplazar a Dios por la criatura. Es el caso más claro, es el caso más evidente de idolatría". Y los cristianos no estaban dispuestos a caer en esa idolatría.