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De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio de hoy, está tomado del capítulo dieciséis de San Juan. Pertenece a esa larga conversación que este evangelista nos cuenta, como sucedida después de la última cena. Son numerosas, las confidencias de Nuestro Señor Jesucristo; abundante su enseñanza, profundo su amor, delicada su ternura, fuerte la bendición. Todo ello, como irradiación del Misterio Eucarístico, es parte de lo que hemos venido contemplando en estos días del Tiempo Pascual, oyendo textos de los capítulos catorce, quince y dieciséis de San Juan; y escucharemos, todavía más en lo que resta de este tiempo litúrgico.

Una de las confidencias que hace Cristo, es la que tiene que ver con la relación entre los discípulos y el mundo que les rodea. Pocos textos tan claros como el que encontramos en el día de hoy: “Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo”, dice Cristo (Jn 16,33). Son palabras de una fuerza muy grande, pero para poder apreciarlas, y para poder vivirlas, quizá necesitamos una explicación adicional. El texto mismo, nos sugiere una línea de explicación cuando habla de esas persecuciones que vendrán a los discípulos, y cuando se refiere a la dispersión (cf. Jn 16,32). Recordemos que en el capítulo quince de San Juan, nos ha dicho Jesús que permanezcamos en Él; en el capítulo diecisiete, va a orar por nuestra unidad: “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17,21). Es decir, el capítulo quince habla de unidad, por ejemplo, con la imagen de David; el capítulo diecisiete, habla de unidad, como fruto de la oración sacerdotal de Cristo; y en este capítulo dieciséis, se nos dice que cuando somos perseguidos, cuando el mundo nos asusta o nos seduce, entonces, nos dispersamos.

El mensaje es claro: Cristo quiere que estemos unidos entre nosotros, porque estamos, primero, unidos a Él. La unidad en Él, que da fruto como unidad de la comunidad creyente, es el presupuesto, es el anhelo, es el proyecto de Cristo, podemos decir. Pero, lo que quiere, lo que pretende el mundo, es exactamente lo contrario: que a través de sus dos recursos favoritos, que son: asustarnos o seducirnos, nos desprendamos de Cristo, por seguir a los ídolos; y que nos separemos de los hermanos, por seguir nuestro propio ego, nuestras propias ventajas, o nuestra propia ruta de huida, porque estamos aterrorizados.

Ese contraste, entre los discípulos que, por un lado, asustados, o distraídos, o seducidos por el mundo se dispersan, y los discípulos que, por otro lado, se congregan en torno a Cristo, y se aferran a Él, se descubren hermanos, es lo que tiene que quedar bien retratado en nuestro corazón, porque ese contraste nos está diciendo exactamente cuál es el proyecto cristiano: no dejarnos seducir por las ventajas inmediatas, por los placeres intensos, por las mentiras que benefician nuestros intereses; ni dejarnos aterrar por el lenguaje altisonante, el lenguaje orgulloso, arrogante, que es tan propio del mundo. Permanecer en Cristo, y estar seguros que en Él, está nuestra victoria; ese es el camino cristiano.