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Fecha: 19990515

Título: Predicar la Palabra de Dios bajo la perspectiva de Santo Domingo

Digital en Audio: 15 min. 12 seg.


Muy respetado Padre Provincial, Fray Carlos Mario Alzate.

Respetado Padre Rector de la Universidad, Fray Jaime Valencia.

Respetado Padre Manuel, Promotor de Familia Dominicana en América Latina.

Queridos hermanos en el sacerdocio y en la vocación dominicana.

Queridas hermanas, queridos hermanos todos en el carisma y en la vocación de Santo Domingo.


En el umbral mismo del tercer milenio, un grupo animoso y responsable de frailes estudiantes ha convocado, coordinado y, con el concurso de todos nosotros, ha realizado este cuarto congreso de formandos dominicos, expresión que en sí misma es todo un programa.

Si se trata del cuarto congreso, se inscribe dentro de un itinerario de preocupación de la familia dominicana por sus vocaciones más tiernas y al mismo tiempo más prometedoras.

Si se trata de un congreso, esta sola palabra nos habla de reunión y también del camino que hacemos juntos, desde la particularidad, desde la especificidad, de nuestros carismas y de nuestras obras apostólicas.

Si se trata de formandos, se trata de aquellos que, según su raíz latina, han de ser formados, de aquellos que están adquiriendo forma, y de acuerdo con aquella filosofía de nuestro maestro el Doctor Santo Tomás de Aquino, será esa forma la que en primer lugar determine qué son para sí mismos, para la Orden, para la Iglesia y para el mundo.

Y si se trata de formandos dominicos, la referencia a nuestro Padre común, Domingo de Guzmán, con todo su celo y su sabiduría, con toda su pureza y su alegría, con toda su sencillez y su profundidad, ha estado y se ha paseado por el aula de este congreso.

En las distintas exposiciones, reflexiones, preguntas y respuestas, personalmente, y sé que soy intérprete de los sentimientos del Padre Provincial y de todos nosotros, que también somos formandos, quiero expresar públicamente mi alegría y mi gratitud, especialmente con los frailes estudiantes y también con todos los que han hecho posible este congreso que será memorable, indudablemente, en nuestra historia próxima en la Provincia.

Estamos aquí mirando con el lente la Filosofía, de la Teología, de la Historia, de la Psicología, de la Sociología, estamos aquí mirando con muchos lentes una misma realidad que ya de por sí es plural.

Y de pronto, al término de estas jornadas intensas de reflexión, el cansancio ha asomado en nuestros ojos, cierta fatiga en nuestras mentes por ese torrente de palabras cuidadosamente preparadas por cada uno de los predicadores y expositores, pero también esa sensación de estar como abrumados tiene un sentido en este momento y en esta hora.

Porque esa sobrecarga que hasta cierto punto tiene nuestro corazón y que tiene nuestra mente, nos recuerda ante qué mundo vamos a predicar y nos recuerda también de que maravillosa fuente estamos brotando.

Quizá nos sentimos un poco perplejos, han sido muchas palabras, muchas exposiciones, muchas conferencias de tantos autores para tan pocos días, tantas propuestas para unas horas que necesariamente estaban contadas; nos sentimos perplejos porque entendemos que el amor del Crucificado y de las necesidades del mundo, la gloria del Padre y los bienes de esta tierra, nos aquejan, podríamos decir, en direcciones que podrían ser divergentes.

En efecto, se pide de nosotros que seamos radicales y al mismo tiempo equilibrados; se pide de nosotros que seamos armónicos, con esa armonía que todos admiramos en Santo Domingo de Guzmán, que seamos armónicos pero que también tengamos esa exageración que sólo conocen los enamorados.

Se pide de nosotros que tengamos una gran capacidad de silencio y una inmensa capacidad de diálogo; que estemos muy informados pero nunca confundidos; que estemos convencidos de lo que decimos, pero que nunca seamos dogmáticos.

Se quiere de nosotros que tengamos un amor inmenso por todas las cosas de esta tierra y al mismo tiempo la libertad como para dejarlas y para anunciar las cosas del cielo.

Por eso, siento que una tensión, que también es saludable, asoma a nuestros corazones a esta hora, ¿cómo hemos de ser? Una pregunta que de algún modo cada uno y cada una tendría que responder, y sin embargo, para añadir una tensión más, tendrá que responderlo en conjunto, en unión con sus hermanos de comunidad.

Porque Santo Domingo, que quiso una Orden que tuviera motor dentro de ella misma, puso al mismo tiempo en nuestra vocación, puso, porque así lo quería el Espíritu en el camino de él y en el camino de nosotros, puso en nuestro corazón la grandeza y la riqueza de una persona que responde por El evangelio como si fuera el único testigo.

Pero al mismo tiempo toda la docilidad, toda la bondad, toda la fraternidad, para saber que esa Palabra, si no va acompañada del testimonio de unos hermanos o unas hermanas podrá ser cualquier cosa menos la palabra de Jesucristo.

Ante esta abundancia de ideas y ante esta abundancia de llamados, en ese surco han de crecer las semillas de nuestros formandos y de nuestras formandas; creo que ha sido bueno que al final del congreso nos encontremos así con nuestros corazones rotulados, podríamos decir, como los campos que se abren para recibir más profundamente la semilla.

Creo que estos días de encuentro son como una especie de siembra, que si alguien tiene el corazón un poco desgarrado y un poco perplejo, que mire los campos que quieren ser fecundos, que vea en ellos la acción de cómo un dominico tiene que abrir, tiene que desgarrar a veces su propio corazón, para que allí entre la semilla y para que esa semilla dé fruto, y como tantas veces pidió Jesucristo, ese sea un fruto que permanezca.

San Pablo nos ha dicho en la primera lectura, providencialmente propuesta por la Santa Iglesia en este día, nos ha dicho que "llevamos la gloria de Dios en vasijas de barro" 2 Corintios 4,7, las cuales son nuestra facilidad personal, pero son también las vulnerabilidades, las incoherencias y los pecados de nuestra historia.

Alguna vez en un diálogo ecuménico comentaba con mis interlocutores que no era fácil para mí a veces presentarme como desde luego me presento, como testigo de la fe dentro de la Iglesia Católica, porque ser de la Iglesia Católica, de pertenecer a una Orden que ya va a cumplir ocho siglos, es tener una pared muy amplia donde hay demasiadas cosas escritas.

Es tener entonces continuamente el riesgo de que alguien señale con el dedo un momento de la historia, o una obra de nuestra Provincia, o un pecado de un hermano, y nos diga: "¡Ése también eres tú!"

Y eso es vasija de barro, vasija de barro es no poder ser tan completos como quisiéramos y no poder reconocer nuestra incompletud como debiéramos, ¡esto es vasija de barro! Y en esa vasija de barro anunciar la Gloria de Dios, presentar el mensaje de Dios.

Dice San Pablo en esta lectura: "No nos predicamos a nosotros mismos" 2 Corintios 4,5. Necesitamos hombres y mujeres suficientemente conscientes de sus civilizaciones, pero suficientemente enamorados y convencidos de Jesús y de Domingo, hasta el punto de lanzar su palabra más allá de sí mismos.

Una palabra que se desprenda de nosotros, que vaya por delante de nosotros; necesitamos estar profundamente convencidos de esa palabra, necesitamos estar avasallados por esa palabra, necesitamos estar empapados por esa palabra.

Si nuestra vocación parece difícil y si el mundo parece paradójico en este momento, si múltiples tensiones solicitan nuestra atención y nuestras fuerzas, pensemos, mis hermanos, que no era distinta la situación en tiempos de Pablo, y desde luego no era mejor en tiempos del Maestro de maestros, Nuestro Señor Jesucristo.

No es entonces que en medio de todas las teorías, de todas las propuestas, de todos los proyectos y de todas las obras; cada uno de nosotros tenga como primera tarea reconstruir la unidad en Dios y ante Dios. Es lo que nos ha propuesto en su oración el Señor Jesucristo.

Que sirva para consuelo y estimulo de nuestra vocación saber que Cristo ha orado, y como dice la Carta a los Romanos, "está orando por nosotros" Carta a los Romanos 8,34; Cristo cuida no sólo de la Iglesia en general, sino de cada creyente en particular; Cristo no sólo tiene las estadísticas del conjunto de su pueblo, sino las cuitas de cada corazón; Cristo no sabe sólo que el mundo tiene problemas, Cristo sabe tus problemas.

Y por eso, la unidad de nuestro corazón puede y debe encontrarse en la unidad del corazón de Cristo, en quien precisamente Dios y el hombre son uno, con la unidad más completa y perfecta que conoce el pensamiento humano.

Terminemos, pues, estas palabras y culminemos este congreso retornando todos nosotros a la unidad del Corazón de Jesucristo, a la unidad de su oración, a la unidad, en últimas, de su amor.

Cuando el Papa Juan Pablo II promulgaba su documento “Pastores dabo vobis", sobre la formación sacerdotal, hablaba también de toda esa pluralidad que todos conocemos, pluralidad del mundo contemporáneo, pluralidad de retos, de problemas, de preguntas sobre proyectos, y también él se preguntaba y nos preguntaba a todos: ¿En dónde se puede encontrar unidad?"

La respuesta del Papa, dicha al corazón de los sacerdotes que se forman, es también la respuesta para nosotros, creo yo, que también estamos todos en camino de formación, es en la caridad, es en el amor, un amor como el de Domingo que pueda contemplar en Cristo crucificado, a Dios salvando y al hombre necesitado de salvación.

Un amor que pueda extasiarse al mismo tiempo en la misericordia de Dios sin secar los ojos,– porque habrá lágrimas que tienen que brotar por las miserias de nuestros hermanos los hombres-, ojos que estén acostumbrados a ver al mismo tiempo el abismo del problema humano y el abismo de la sabiduría divina.

Ojos así solo los tiene Cristo, pero los tiene no sólo para sí mismo sino para todos los que nos unamos a su corazón orante, para todos los que nos quememos, nos consumamos en el mismo fuego de Espíritu que fue la vida de nuestro Salvador.

A las puertas del tercer milenio, la sonrisa acogedora de Domingo y el amor inescrutable de Jesucristo nos saludan; a las puertas del tercer milenio, el fuego del Espíritu sigue atravesando barreras, venciendo fronteras y contando y cantando en todas partes que la Pascua es posible.

Esa misma gracia del Espíritu que hoy una vez más exhibe su poder y su misericordia consagrando el pan y el vino en Cuerpo y Sangre del Señor, esta misma gracia del Espíritu se apodere de nosotros y nos haga testigos, elocuentes, humildes, eficaces, veraces y creíbles del Evangelio en que somos salvos

Amén.