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Fecha: 19980523

Título: El Bautismo de Juan y el Bautismo en el Espiritu

Original en audio: 13 min. 16 seg.


Apolo era un judío instruido en la Escritura, que había llegado a creer en Jesús, pero que solamente conocía el bautismo de Juan.

Nos dice Lucas: "Aunque no conocía más que el bautismo de Juan, exponía la vida de Jesús con mucha exactitud" Hechos de los Apóstoles 18,25. "Sabía de la vida de Cristo y la exponía con exactitud; pero no conocía más que el bautismo de Juan" Hechos de los Apóstoles 18,25.

¿Qué le faltaba a este Apolo para que pudiera evangelizar, para que pudiera hacer crecer en el Evangelio a los cristianos? Es una pregunta que uno se hace.

Apolo se puso a hablar públicamente en la sinagoga, y un matrimonio evangelizador de la época, una mujer llamada Priscila y un hombre llamado Aquila o Áquila, oyeron a Apolo que hablaba, y hablaba bien de Jesús, pero no conocía sino el bautismo de Juan.

Y uno se queda sin saber qué fue lo que ellos le explicaron, porque lo único que nos dice San Lucas es: "Lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino en el Señor" Hechos de los Apóstoles 18,26.

Y cuando Apolo fue enriquecido por esa instrucción que le dieron Priscila y Aquila, entonces ya pudo ¿qué? Dice acá: "Pudo contribuir mucho al provecho de los creyentes, pues rebatía vigorosamente en público a los judíos demostrando con la Escitura que Jesús es el Mesías" Hechos de los Apóstoles 18,28.

Tratemos de ver qué fue lo que sucedió ahí, y tratemos de ver eso qué nos dice a nosotros, porque así nos enseñó el Concilio Vaticano Segundo, que uno tien primero que mirar qué es lo que dice la Palabra, y luego cómo esa Palabra se cumple en uno o cómo se aplica al caso de uno.

Este Apolo sabía del bautismo de Juan; ¿qué es el bautismo de Juan? Es la conciencia del pecado, es la conciencia de los límites humanos, y es la conciencia de que sólo volviéndonos a Dios podemos encontrar respuesta.

Además, "conocía la vida de Jesús con mucha exctitud" Hechos de los Apóstoles 18,25. Entonces, Apolo sabía también de la misericordia de Jesús; pero le faltaba un detalle que está en la última palabra de la lectura de hoy: Jesús es el "Mesías" Hechos de los Apóstoles 18,28.

Uno puede tener un gran conocimiento de Jesús, de sus virtudes, de sus milagros, de sus enseñanzas, y uno puede hablar con mucha exactitud de eso, y puede todavía más, saber que hay que arrepentirse de los pecados y que hay que volverse a Dios.

Uno puede tener clara conciencia de todo eso; pero todavía falta este elemento, que es el esencial, que es el detalle que lo transforma todo: Jesús es el Mesías.

Porque lo que enseñaba Apolo antes era la vida de Jesús, y lo que enseña después de que lo instruyeron es que ese Jesús es el Mesías. O sea que en realidad sí sabemos qué fue lo que le enseñaron. Lo que le enseñaron fue que Jesús es el Mesías, lo que le enseñaron fue que Jesús, todo lo que hizo, lo hizo no como una especie de super hombre, sino lo hizo porque estaba ungido.

Mesías, recordémoslo, es "Ungido", palabra hebrea, mesías es ungir. Osea que lo que le enseñaron Priscila y Aquila a Apolo fue que Jesús es el Ungido; le enseñaron de dónde brotaba la enseñanza de Cristo, de dónde salían sus milagros, de dónde salía su misericordia, por qué perdonaba pecados, por qué expulsaba demonios.

Le dieron ese pequeño detalle, dice aquí: "Le explicaron con más detalle el camino del Señor" Hechos de los Apóstoles 18,26; el detalle que le añadieron a Apolo fue que todo lo de Jesús tiene su fuente en la unción en el Espíritu Santo.

Ese fue el pequeñito detalle que le enseñaron: que toda la vida de Cristo tiene su clave en que Él es el Ungido, en que Él es la obra que hace Dios Padre en el Espíritu Santo.

Y de aquí podemos suponer lo que eso significa para nosotros. Descubrir a Jesús como el Cristo, descubrir a Jesús como el Ungido, esto es encontrarse verdaderamente con la salvación. Cuando Apolo hablaba de que él sabía de que Cristo era Cristo, pero sólo hablaba de la vida de Jesús, fíjate, la vida de Jesús.

Cuando Apolo hablaba de la vida de Jesús, pues esa era una predicación muy buena, porque Jesús es un ejemplo maravilloso, porque Jesús inspira sentimientos buenos en nosotros, porque Jesús nos ayuda a ver el pecado vencido, porque Jesús es modelo de todas las virtudes, porque Jesús, en fin...

Pero mientras no aparezca que Jesús es el Ungido, Jesús será alguien afuera de mí. Jesús empieza a estar adentro de mí cuando le descubro como el Ungido. Porque la carne de Cristo está aquí y yo estoy acá; la Carne de Él está allá y mi carne está acá; Él es Él y yo soy yo.

En cambio, cuando pienso en la unción del Espíritu Santo, puedo decir, la misma unción que tuvo Cristo es la misma unción que yo recibo de Cristo glorioso, resucitado.

Sin el Espíritu Santo, sin saber que Jesús es el Mesías, Jesús es alguien afuera de mí, maravilloso, virtuoso, modelo de todo, en Él vemos vencido el pecado, denunciadas todas las hipocresías del mundo, pero está afuera de mí y de alguna manera es un imposible para mí.

Cuando yo sé que la clave de toda la misión de Cristo está en a unción del Espíritu, entonces descubro que esa misma unción puede obrar en mí; entonces descubro que esa misma unción, ese mismo Espíritu hará mi vida semejante a la de Él.

Claro, mi carne y la Carne de Cristo pueden encontrase pero no pueden mezclarse, porque pertenece a la naturaleza de los cuerpos que donde está el uno no puede estar el otro; mi carne no puede entremezclarse con la Carne de Cristo.

Pero el Espíritu que Él respira, ese sí lo puedo respirar también yo; y el amor que a Él le mueve, ese me puede mover también a mí; y el poder que hay en Él tiene, entonces puede estar también en mí; y los sentimientos que están en Él, entonces también estarán en mí, y entonces mi carne va a ser como la Carne suya.

Cuando un cristiano descubre esto, comulga, esto es comulgar. Es como sentir, San León Magno lo dijo bellísimamente, es como sentir que mi carne está en Él y que su Carne está en mí.

El Espíritu forma como un lazo, forma como un ambiente, forma como un vínculo tan estrecho entre el cristiano y Cristo, que yo siento que es mi carne la que está en Él y siento que es su gloria la que está en mí.

Aceptar plenamente, completamente el don del Espíritu Santo es como comulgar; es una comunión que sucede cuerpo a cuerpo entre el Cuerpo bendito, glorioso y resucitado de mi Salvador, y mi cuerpo.

Aceptar el don del Espíritu, saber que Él es el Mesías, acogerle, unirme a Él, es comulgar con Él; Él nos vuelve Eucaristía. Entre otras cosas, este es el fundamento teológico de lo que es la comunión espiritual, que se llama.

Una comunión espiritual no es una comunión imaginaria.Hay gente que mira las comuniones espirituales como actos de recogimiento por los cuales yo me imagino qué...¡Si no hubiera más!

Esas personas están como Apolo, saben de la vida de Jesús, pero no saben que el mismo Espíritu de Jesús es el que está en mí. La comunión espiritual es una comunión en el Espíritu Santo, de manera que la respiración, y la vida, y el aliento, y la fuerza y la gracia, y la energía, y el poder, y la misericordia de Jesús obren también en mí como obraron en Él.

Y por eso, la Carne de Jesús queda tan estrechamente unida a la mía, que no hay medida que pueda mostrar esto. Esa es la comunión espiritual.

Cuando la Iglesia se reúne para recordar a Cristo, el Ungido, para celebrar a Cristo, el Ungido, y para esperar a Cristo, el Ungido del Padre, un mismo Espíritu se difunde entre nosotros, y ese mismo Espíritu da una señal, con la cual transfigura la creación y alimenta al cristiano, precisamente en el pan y en el vino.

Y por eso nosotros decimos, como una de las aclamaciones después de la consagración: "Este es el Sacramento de nuestra fe". Porque todo lo que nosotros creemos, que es esto que estamos diciendo, nosotros creemos en el Espíritu Santo, eso que nosotros creemos, aparece de repente ante nuestros ojos y luego dentro de nosotros.

Eso que Cristo realiza, esa comunión espiritual que Cristo realiza con el cristiano, se realiza en el pan, y así nunca es tan completa la presencia de Él como cuando yo lo veo en ese pan.

Porque fíjate que es más perfecta la comunión sacramental y espiritual, que la comunión sólo espiritual. La comunión sólo espiritual hace que mi carne se una a la Carne de Cristo, pero de alguna manera yo no puedo como percibirlo, yo no puedo verlo, no puedo estar como ante mí porque es mi propia carne la que se une a la Carne de Él. En cambio en la Eucaristía, yo puedo vivir la gracia de ver contemplar el milagro.

Un protestante, si está de buena fe o no lo está, sólo Dios podrá juzgar; un protestante puede, de algún modo, si está de buena fe, y sólo Dio juzga allá en su conciencia, de algún modo puede tener esa comunión espiritual.

Pero nunca puede adorar el misterio que a él mismo lo transforma. Ahí se queda corto, y eso es insalvable para el protestantismo, él no puede cambiar. Esa pobreza, ese límite no lo puede pasar el protestante.

El católico, en cambio, sabe que se da esta unión, sabe que el Espíritu hace esta obra, pero no sólo lo vive en sí sino que lo contempla ante sí, por eso lo puede adorar, y agradecer, y unirse a ese misterio.

Pero no para mirar indefinidamente la Hostia, cuando esté consagrada, sino para hacerse él mismo hostia, para convertirse él mismo en hostia.

Priscila y Aquila oyeron a Apolo, no lo regañaron, no lo desanimaron, lo ayudaron, para que descubriera lo que después llamamos "el Bautismo en el Espíritu". En el fondo, en el fondo lo que hicieron Priscila y Aquila fue llevar a Apolo a descubrir el Bautismo en el Espíritu, a descubrir lo que era eso, sentir que se comulgaba así.

Que nosotros, que tenemos la gracia infinita de ser católicos, de comulgar así en el Espíritu y comulgar también sacramentalmente, nosotros podamos hacer de Priscila y Aquila para ayudar a muchos otros católicos a que descubran, no sólo el Bautismo de Juan, sino también el Bautismo en el Espíritu.