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Fecha: 19970510

Título: Tener corazon de hijo

Original en audio: 15 min. 53 seg.


Las palabras de Jesús difieren bastante entre los tres primeros evangelios llamados sinópticos y este cuarto evangelio, el evangelio del discípulo amado, el evangelio de Juan.

No son muchas las palabras de Cristo que aparecen en los cuatro evangelios. Y sin embargo, hoy nos hemos encontrado con una de esas palabras: "Pedid y recibiréis" San Juan 16,24. Esta invitación está en el evangelio de Juan y está también en Lucas y en Mateo.

"Pedid y recibiréis. Yo os aseguro, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Pedid y recibiréis. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre" San Juan 16,24-25.

¿Qué quiere decir esto? Porque es mucho lo que se promete. Será bueno saber cómo entrar en esas promesas. Aparece aquí Cristo como el que está dando grandes bienes; nos encontramos en un mundo lleno de males y vacío de bienes. O sea que este evangelio puede transformas nuestra vida, este evangelio puede cambiar la vida del mundo.

"Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa" San Juan 16,24. No más escuchar estar palabras, fluyen preguntas en el corazón.

¿Qué clase de alegría entonces hemos tenido nosotros? ¿Qué es una alegría completa? ¿Qué es pedir al Padre en el nombre de Cristo? ¿Por qué no hemos pedido así? ¿Se aplica este evangelio a nosotros? ¿Podríamos nosotros decir, en este sábado, que no hemos pedido todavía en el Nombre de Cristo?

¿Será por eso por lo que no hemos recibido? ¿Será que si nosotros pedimos entonces en el nombre del Señor, este evangelio se cumple hoy y entonces nuestra alegría es completa? ¿O se ha hablado de esto en comparaciones?

Dice Jesús: "Ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente. Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que salí del Padre" San Juan 16,25-27.

Ahí esta la clave de este evangelio. Pedir en el nombre de Cristo, es como pedir en el lugar de Cristo, es como pedir desde Cristo. Uno no ha pedido desde Cristo; o tal vez, muchas cosas no las hemos pedido desde Cristo. ¿Qué es pedir desde Cristo? ¿Cómo se está en Cristo para pedir desde Cristo y por lo tanto pedir en su nombre?

Se está en Cristo cuando uno quiere a Cristo, esas son las dos características: uno quiere a Cristo y cree que Cristo salió de Dios. Si un cree en Él y uno lo quiere a Él, entonces uno entra en Él, uno ruega dentro de Él y ese ruego es el que el Padre siempre cumple.

En este sentido el evangelio de Juan avanza más que los otros evangelios, porque los otros dejan la frase del Señor así como suelta: "Pedid y recibiréis", Juan nos muestra por qué sucede así y cómo sucede así.

"Pedid y recibiréis" San Juan 16,24, no significa que vamos a tener la varita mágica de los cuentos, para que entonces, “yo quiero más dulce", "yo quiero una pelota", "yo quiero jugar en el parque”, y eso sucede.

No es nuestra voluntad la que va a resultar como emperatriz, como tirana. Sino que para aquel que esta en Cristo, su voz se convierte en la voz de Jesús, la voz del Hijo, y la voz del Hijo siempre es escuchada. No hemos escuchado, no hemos sido escuchados, tal vez porque no hemos pedido como hijos, hemos pedido como extraños.

Catalina de Siena habla del acercamiento a Cristo y dice que la gente pasa como tres estados. En otras versiones hablamos de tres generaciones, de tres edades, lo que sea, pero ese número tres, parece que es importante en la vida espiritual.

El primer estado, dice Catalina, es el de el siervo mercenario, quiere algo de Dios, pero no quiere a Dios. Lo que quiere de Dios es lo que pide, pero como no quiere a Dios, entonces Dios le da según ve que le conviene para seguir avanzando.

Por eso, a veces da y a veces niega. Es un siervo mercenario, en el fondo está pensando en sí mismo, está pensando, por ejemplo, en su propia paz, en que las cosas les salgan bien, en dejar de sufrir, en obtener dinero, puesto, o lo que sea. Siervo mercenario .

De pronto da un paso más, ese segundo paso Catalina de Siena lo llama el del siervo fiel. Se parece a esos siervos de los que nos hablan algunas crónicas de la Edad Media. Esos hombres que estaban en las tierras de sus amos y eran siervos y cumplían las órdenes de sus señor, pero seguían siendo siervos.

No son de los de adentro, no son de los de la casa. No son íntimos, ni tampoco les interesa ser íntimos. Están bien con lo que tienen. Tienen su casa, tienen su vida, y les basta con saber que protegidos así por el señor feudal, las cosas les salen bien. Ese es el siervo fiel, es el segundo estado o como la segunda generación.

Pero hay un tercer estado, que es el estado de amigo o de hijo. Es el de aquel que ya no sólo le preocupa si la cosecha salió bien para pagar el arriendo, o si la cosecha salió bien para que no me echen de esta tierra, sino que si la cosecha salió bien porque quiero que las cosas le salgan bien a mi Padre.

Esta es la diferencia entre el lenguaje del príncipe y el lenguaje de los siervos, ya se trate de siervos fieles o de siervos mercenarios. Al siervo le interesa que las cosas salgan bien, pero no le interesa que a Dios las cosas le salgan bien.

En el fondo no tiene los intereses de Dios en su alma; en el fondo le parece bien que las obras funcionen, o que las cosas le funcionen a él mismo; pero no tiene el interés de Dios, no ama a Dios sobre todas las cosas.

No está de pelea con Dios tampoco, no, seguramente que no. A él le conviene que a Dios le salgan las cosas bien, pero no ama el triunfo de Dios, la gloria de Dios, el éxito de Dios, que Dios se luzca, no tiene corazón de hijo.

En cambio, el que ya tiene corazón de hijo, ese es el que se puede decir que quiere, es el que quiere al Padre. Entonces la invitación es a caminar hacia el corazón de hijo.

¿Cuál es la manera de saber si uno va teniendo el corazón de hijo o no lo va teniendo? Hay muchos síntomas en esto del corazón de hijo. Uno de los síntomas es, que cuando la persona comienza a tener ese corazón de hijo, los intereses de Dios se van convirtiendo en sus propios intereses.

De pronto se descubre a sí mismo en sus propios cavilaciones o meditaciones, y descubre que lo que le está ocupando es cómo va a quedar Dios: “Bueno, ¿y los intereses de mi Papá, cómo van a quedar en este negocio?” Así hablaría el príncipe. "¿Y mi Papá, qué va a ser de mi Papá aquí? ¿Qué se va a decir de mi Papá aquí?"

Los otros, en cambio, están pensando en sí mismos, en sus propios bienes, en su estabilidad, en sus cosas, e incluso en su progreso espiritual. En el segundo estado, o segunda generación, la persona está muy afanada por su progreso espiritual.

Y llega el punto en que su interés por progresar y progresar, su interés por avanzar en la vida espiritual, llega a convertirse en un interés más importante que el interés de Dios.

El que tiene corazón de amigo o de hijo, no está obsesionado con el progreso espiritual, está obsesionado por amar, por amar mejor, por amar más, por amar. Ese es su fuego, esa es su inquietud. El otro, en cambio, tiene interés en avanzar él, en salir de sus problemas, en alcanzar sus metas.

El corazón de hijo es distinto, está ocupado por los intereses de su Padre. Y dice: “¿No os digo que yo rogaré al Padre por vosotros? Pues el Padre mismo os quiere" (véase San Juan 16,26-27).

El corazón de hijo lo que no puede olvidar nunca es esta realidad. El Padre me quiere, mi Padre me ama, mi Padre Dios me ama. Es esta la certeza que es como una especie de sol que se oculta en el alma del hijo.

Mi Padre me ama, Él me ama. Llegan males, "¿qué mal puede temer, sino perder el amor de mi Padre?" Llegan bienes, "¿qué bien puedo recibir que se compare al amor de mi Padre?" Hay prosperidad, "¡pues que crezca el amor hacia mi Padre!" Hay adversidad, "¿qué va a pasar con los intereses de mi Padre?" Este es el hijo, este es Jesús, así obra Jesús.

Entonces, "pedid y recibiréis" San Juan 16,24, es aquí, "¡aprende a ser hijo! ¡Encamínate hacia ser hijo! ¡Siéntate en mi misma silla! ¡Ponte mis mismas sandalias! ¡Piensa cómo oro yo! ¡Mira cómo ruego yo! ¡Mírame, mírame rogar al Padre! ¡Piensa y descubre, contempla cuánto le amo y cuánto te amo!"

Y en esa contemplación de cómo ora Jesucristo, algo va sucediendo en el corazón, algo va pasando y uno va empezando a tener corazón de hijo. Porque ya no tiene la tormenta de "¿qué va a pasar conmigo?" "¿Qué va a pasar?" "¿Me van a desproteger?" "¿Me a van a olvidar?" "¿Me van a echar a un lado?" "¿Voy a perder esta plata?" "¿No voy a aprender esto?" Esas preocupaciones ya no son las primeras. La preocupación fundamental es sólo la gloria del Padre.

Las preocupaciones que uno tiene sobre sí mismo son enloquecedoras, literalmente enloquecedoras. Uno se rodea de rejas, he comentado esto en alguna otra predicación; uno se rodea de rejas.

Nadie vive tan nervioso como el que vive rodeado de rejas, porque ha visto cómo se ponen las rejas, y el que sabe cómo se pone una reja, sabe cómo que quita una reja; y el que sabe cómo se pone una alarma, sabe cómo se desactiva una alarma; y el que contrata a un servicio de vigilancia, sabe cómo se soborna un servicio de vigilancia.

No hay nadie tan nervioso como el que vive rodeado de rejas, protecciones, aduanas, centinelas, seguridades. Cuanto más intenta protegerse uno, y que lo de uno salga, y lo de uno funcione, más nervioso vive y más desasosegado y más intranquilo. Y por eso la alegría no es completa.

¿Usted cree que es que Dios le da más bienes a unas personas que otras? ¿Que el sol sólo alumbra para unos y no para otros? ¿Por qué hay personas que parecen conservar las paz en medio de los insultos, el desierto, las tribulaciones, y hay otras personas que inmediatamente pierden las paz? ¿Por qué sucede eso? ¿Será que Dios a unos sí les dio amor y a otros no?

La palabra de Cristo es clara: "El Padre os quiere, os ama" San Juan 16,27.

¿Entonces qué es lo que pasa? Pues pasa que la alegría del que vive encerrado en sus rejas, y aduanas, y protecciones, y sistemas de seguridad, no es completa, porque es tal la intranquilidad, es comerse un pan y no saber si voy a acabarlo antes de que me lo roben; es dormirse sin saberse si me van a atracar; es guardar las joyas y saber que me las pueden robar. ¿Qué alegría completa va a haber así? ¡Ahí no hay alegría completa!

Sólo puede haber alegría completa cuando uno siente la paz completa, es decir, cuando uno se siente fundado en Dios.

Dice Jesús: "Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa" San Juan 16,24. Pues vamos a encaminarnos hacia allá; vamos a tener corazón de hijos, mejor aún, el corazón del Hijo de Dios; a rogar a suplicar, y sobre todo, a agradecer y alabar con el Corazón de Jesucristo.

A agradecer, ¿cómo daría Cristo las gracias por cada día? ¿Cómo agradecería Cristo al Padre, y al mundo también, y al pueblo también, y a la gente también? ¿Cómo agradecería Cristo cada vaso de agua, cada descanso nocturno, cada caminata, cada amanecer, cada pájaro, cada árbol, cada conversión? ¿Cómo agradecería Cristo? Corazón de hijos; ¡quiero tener ese corazón!

¿Y qué prueba tengo yo de que un día ese corazón lo voy a tener? Bueno, si recibe el Cuerpo de Cristo, si recibe la Sangre de Cristo; si el Cuerpo y Sangre, alma y divinidad de Jesucristo se me comunican. Si hoy soy admitido a su Cena, es que yo no soy un siervo mercenario, ni siervo fiel, es que yo soy de su casa. Él me trata como hijo, yo también lo he aprendido ha tratar como Padre.

Y sigo buscando entonces el mejor sistema de seguridad, y el mejor sistema de riqueza, y el mejor sistema de provisión. Y no entiendo, y no termino de entender que mi Padre, ¡Él es mi riqueza, mi Padre Celestial! ¡Él mi protección y Él es mi defensa y Él es mi paz!

Y para que yo no lo dude, aquí esta Él hablándome, alimentándome, sanándome. ¿Qué más prueba le pido yo al amor de mi Papá, que comer el Cuerpo Santísimo de su amado Hijo?

Amén.