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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20010526

Título: La Iglesia necesita ser fiel a su doctrina, pero tambien necesita crecer

Original en audio: 4 min. 25 seg.


Hay personas a las que les gusta tener todo perfectamente claro; hay personas, entonces, que prefieren quedarse con unas ideas, que son las que han aprendido, y jamás agregar ni quitar nada a esas ideas. Otros, en cambio, son el extremo opuesto, les encanta la novedad, les encanta que lleguen nuevas tendencias, nuevas modas.

Y las personas de este segundo grupo prefieren indudablemente que las cosas cambien, su manera de hablar es algo como esto: "Antes se pensaba..., pero ya no es así; antes la familia se entendía de este modo...; antes la sexualidad se entendía de este modo...; antes la justicia quería decir esto...; antes la mujer tenía que vivir de esta manera..., ahora ya no".

Es decir, yo creo que en la humanidad hay esas dos tendencias: por una parte, aferrarnos a lo que sentimos que es seguro y ya probado; y por otra parte, abrirnos a los cambios, a veces con el riesgo de perdernos dentro de esos mismos cambios.

Así por ejemplo hay personas que empiezan a redefinir lo que es la familia, pero la redefinen y la cambian de tal manera que ya eso ni es familia ni es nada. Esta realidad, que por una parte necesitamos firmeza, y por otra parte necesitamos movimiento y necesitamos caminar, esa realidad también la tiene la Iglesia.

Como comunidad del Señor Jesús, la Iglesia experimenta lo mismo: que hay una firmeza pero también hay un avance, y aparentemente estas dos cosas son como una contradicción: a veces se habla de una tensión, a veces se habla de una dialéctica; hay una tensión entre la firmeza, porque la firmeza a veces nos hace demasiado estáticos, y el cambio, porque el cambio a veces nos puede hacer superficiales, vanos o incoherentes, contradictorios. Puede haber una tensión, puede haber una contradicción entre estas dos cosas.

Pero si lo pensamos bien, es la misma tensión que tiene todo aquello que crece. Si miramos una planta cuando está creciendo, pues, tiene que dejar de ser un matorral o dejar de ser una semilla para empezar a crecer; pero al mismo tiempo se vuelve distinta y sigue siendo la misma.

Y lo mismo podemos decir de nosotros, nosotros no seguimos siendo los niños que fuimos hace mucho tiempo, hace muchos años. En mi caso pues habría ya que remontarse, qué sé yo, unos cuarenta años para hablar de la época en que yo era niño, y yo no quiero segur siendo ese niño de cinco, seis o siete años, y sin embargo soy el mismo; soy distinto, pero soy distinto de una manera tal que sigo siendo el mismo.

Ser el mismo y ser distinto, esta es la dinámica propia del crecimiento. Y la Iglesia tiene que crecer también; no puede perder la fidelidad, no puede perder su raíz, no puede perder su savia vital, pero tampoco puede perder abrirse, abrirse con mayor plenitud y abrirse con mayor claridad a las grandezas que Dios mismo le ha dado.

Un momento muy importante dentro de este crecimiento son los Concilos, y eso es lo que aparece en la primera lectura de la Misa de hoy, en el capítulo quince de los Hechos de los Apòstoles. Ese primer Concilio, en el cual la Iglesia tiene que dar un paso y tiene que darse cuenta, de una vez por todas, la Ley de Moisés cumplió un papel, pero la Ley de Moisés no es obligatoria para todos los cristianos, no es obligatoria para quienes se convierten especialmente de los pueblos no judíos.

¡Vaya si costó trabajo llegar a esa conclusión! Hubo discusiones, hubo tensiones, pero hubo también oración, hubo también presencia de Dios, y así pudo llegar el crecimiento.