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Fecha: 20080417

Título: En Jesucristo nosotros acogemos el misterio de Dios

Original en audio: 10 min. 53 seg.


El evangelio según San Juan hace un uso particular de algunas palabras. Sabemos que la palabra "signo" tiene una importancia muy grande, la palabra "vida", la palabra "envío", la expresión "yo soy", la mención de la "hora de Jesús".

Todos estos son términos que se repiten con alguna frecuencia en este evangelio, y que van tejiendo una teología, podemos decir, sumamente profunda, de inspiración mística, contemplativa.

Hoy, el evangelio alude, y no es la única vez, a una de esas palabras, la palabra "envío". Jesucristo, en el evangelio de Juan, es, entre otras cosas, el Enviado, el Enviado del Padre. Pero también Jesucristo es el que envía, y los discípulos de Cristo son sus enviados.

Se establece así como una secuencia, podríamos decir, como una especie de cadena que propaga la Buena Noticia; del Padre viene el Hijo, del Hijo vienen los discípulos. Y de ese modo, desde una sola fuente invisible, el Padre Celestial, alcanzan a todos nosotros los bienes visibles de la salvación y de la vida.

La palabra "envío" tiene una connotación sumamente profunda, porque se trata de algo parecido a lo que llamaríamos "revelación". Es decir, el enviado no es simplemente un recadero, no es simplemente un mensajero. El enviado porta la presencia, el enviado porta el amor, la verdad, la autoridad de aquel que lo envía.

Esto se nota, en el evangelio de Juan, cuando Nuestro Señor habla de las obras, dice: "Las obras que el Padre me ha concedido realizar" San Juan 5,36; no es simplemente uno que lleva y trae palabras, o trae ideas, recados, sino es uno que porta la presencia, es uno que hace presente.

En ese mismo sentido, podemos esperar algo grande de lo discípulos de Cristo. De hecho, en este mismo evangelio de Juan, encontramos aquella frase de Jesús, una frase asombrosa como pocas, dice: "El que cree en mí, hará obras como las que yo hago, y aún mayores" San Juan 14,12.

Donde se ve, que la misma lógica que se aplica entre el Padre y el Hijo, se aplica después entre el Hijo y los que Él envía, es decir, sus discípulos, su gente, sus misioneros. Así como el Hijo realiza las obras del Padre, y así manifiesta la majestad, la Providencia, la bondad y el poder del Padre, así también, los que Cristo envía, son portadores no solamente de unas palabras, sino portadores de una presencia, de una majestad, de unas obras que hablan, que manifiestan de la verdad, de la misericordia, del poder de Cristo.

La comunidad cristiana, entonces, no es una comunidad que únicamente recuerda o conserva unas palabras. El contraste es muy agudo cuando miramos la manera como entendemos la revelación, guiados por San Juan dentro del Cristianismo, y la manera como se podría entender, digamos, en el Islam, entre los musulmanes.

Para los musulmanes lo esencial es conservar unas palabras, y todo está en ese libro, el Corán, el libro sagrado de ellos. Lo esencial para ellos es que esas palabras permanezcan idénticas generación tras generación; y la transmisión del Corán, sin cambiar una sola palabra, es esencial para ellos.

Está bien que tengan ese respeto por las palabras que ellos consideran reveladas, pero notemos la diferencia cuando se trata del Cristianismo. Nosotros sabemos la importancia de las palabras de Cristo, pero observemos lo que nos dice este mismo evangelio hacia el final: "Muchas más cosas hizo, muchas más cosas dijo Cristo, si se escribieran, si se pusieran por escrito, no cabrían los libros en este mundo" San Juan 21,25.

De manera que lo nuestro no es conservar un libro, lo nuestro no es conservar muchos libros; los libros son importantes, nos ayudan a conservar un testimonio, pero lo esencial no está puesto sobre el pape. El papel, como diría San Pablo, escribiendo a alguna comunidad cristiana, el papel somos nosotros mismos.

Somos nosotros, somos la comunidad de los discípulos entorno al Amado, entorno al Maestro amado somos nosotros la revelación, somos nosotros la carta escrita por Dios, como dijo San Pablo a aquella comunidad. La revelación se convierte así no en una teoría, sino la revelación es un acontecimiento.

Para San Juan, la revelación no es un conjunto de palabras, sino que es el acontecer divino en la historia humana; un acontecer que tiene su centro, podríamos decir, su epicentro maravilloso en Jesús, y que luego se propaga, con fuerza, con vigor, a través de nosotros, sus discípulos.


Ahora bien, si esa secuencia que va del Padre al Hijo, y del Hijo a los discípulos es una secuencia, es una secuencia revelatoria, es una secuencia que va revelando el misterio interior de Dios, también hay otra secuencia, que por decirlo así va de abajo hacia arriba, es lo que encontramos en el pasaje específico de hoy, tomado del capítulo trece de San Juan.

"Que el que recibe a mi enviado, me recibe a mí, -esto va de abajo hacia arriba-, y el que a mí me recibe, recibe al Padre que me ha enviado" San Juan 13,20. Entonces, observemos la escalera descendente y ascendente.

De un modo descendente, la secuencia del envío es secuencia revelatoria, es Dios; de un modo descendente la escalera es revelatoria, va mostrando las riquezas de Dios, va explicando a Dios, va abriendo sus misterios, o como dice el texto griego, "va haciendo la lectura de Dios", "la exégesis de Dios".

Es tan bello, en el capítulo primero de Juan, cuando dice: "Al Padre nadie le ha visto; el Hijo nos lo ha dado a conocer" San Juan 1,18, pero la expresión griega queda más o menos así: "El Hijo ha hecho la exégesis de Dios"; el Hijo es el Exegeta de Dios, es el que ha hecho la exégesis, el que manifiesta la riqueza de Dios.

De un modo descendente, el Hijo es el que lee al Padre, es el que hace la exégesis del padre, es el que revela la belleza interior el Padre; y los discípulos, nosotros, somos los que hacemos la exégesis de Cristo, nosotros leemos el misterio de Cristo y lo hacemos legible, lo hacemos inteligible para los demás. Somos revelación del Hijo, o el Hijo es revelación del Padre. Esa es la secuencia descendente.

Y la secuencia ascendente, ¿cuál es? El que acoje al discípulo de Jesucristo, acoge a Cristo; y el que acoge a Cristo, acoge al Padre. De manera que en un sentido descendente la secuencia es revelatoria, y en un sentido ascendente la secuencia del envío, que es secuencia de comunión: la revelación parte del Padre, encuentra su exégeta en el Hijo y se expresa en los discípulos.

En un sentido ascendente la comunión se encuentra en la predicación de los discípulos, y se convierte en comunión con el Hijo y comunión con el Padre. Revelación que parte de Dios y que termina manifestándose en los discípulos, comunión que empieza en el testimonio de los discípulos y que termina siendo comunión con el Padre.

Es hermosos, es sacramental, podríamos decir que Jesucristo aquí es Sacramento, es Protosacramento del Padre; Jesucristo es al mismo tiempo revelación y principio de comunión; en Jesucristo se muestra Dios y en Jesucristo nosotros acogemos el misterio de Dios. Revelación y comunión suceden en Cristo; revelación y comunión suceden en los discípulos de Cristo.

Puesto que esta secuencia es sacramental, no hay mejor lugar para recordarla y para celebrarla que el Sacramento, el Sacaramento Eucarístico. ¡Qué hermosura contemplar en este sacramento cómo Dios muestra, Dios abre los tesoros de su amor, y al mismo tiempo nos invita a entrar en comunión con esa riqueza, con esa bondad, con esa ternura!

Que el Espíritu de Dios, el Espíritu que, como a los a los discípulos de Emaús abre el entendimiento, que ese Espíritu, abra nuestras mentes y nuestros corazones para degustar la revelación de Dios y para entrar en comunión con su misterio.

Amén.