P043009a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

El capítulo doce de los Hechos de los Apóstoles, tiene para nosotros un anuncio bien importante el día de hoy: es el comienzo de las misiones. Bueno, la tarea misionera ya empezó en el día mismo de Pentecostés, eso no es lo nuevo; de hecho, en el día de Pentecostés, podemos decir que se hizo la primera misión, fue una misión urbana, ahí en la misma ciudad de Jerusalén. Y en esa misión urbana hubo gran fruto; según el texto, ese mismo día se les unieron muchos miles, que se convirtieron, se bautizaron, acogieron a Cristo como Señor de sus vidas (cf. Hch 2,41). Es decir, que desde el principio la Iglesia es misionera, solo que su primera misión fue urbana; lo que es nuevo en este capítulo doce, es que se trata de una misión explícita, y esa explicitud está demostrada porque es la Iglesia la que envía misioneros, en este caso esos primeros misioneros fueron Bernabé y Saulo – también llamado Pablo-, les acompañaba un hombre llamado Juan Marcos, que no es otro, sino el mismo evangelista San Marcos, que nosotros conocemos por la Sagrada Escritura (cf. Hch 12,24–13,5). De modo que esa es la novedad de este capítulo: el envío misionero por parte de la Iglesia.

Subrayemos tres aspectos de ese envío misionero. Primero, sucede en un ambiente de oración. Es la oración, es el contacto con el fuego de Dios, lo que hace que sintamos la urgencia de incendiar el mundo. Dice Nuestro Señor Jesucristo: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12,49). Si uno no conoce el fuego que arde en el corazón de Cristo, no puede realizar la misión de Cristo. Así que, el primer ingrediente para la vida misionera de la Iglesia es la oración, y así lo muestra este pasaje del capítulo doce de los Hechos de los Apóstoles; primero que todo, oración.

Segundo, observemos la autoridad que tiene la Iglesia. Jesús dice en el Evangelio según San Juan: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn 20,21), es decir, Cristo hace ejercicio de su autoridad como verdadero Hijo de Dios, como Señor de la creación y como cabeza de la Iglesia; ahí Cristo está enviando. Pero aquí nos damos cuenta que es la comunidad cristiana la que envía, y esto es muy importante, porque está mostrando que el mismo Cristo que envió a los Apóstoles, es el Cristo que vive en la Iglesia, y que a través de la Iglesia, estando Él, presente, hace el envío misionero.

O sea, que el envío misionero no es un capricho, no es simplemente que a mí se me ocurrió; esta es una gran diferencia entre la Iglesia Católica y los ministerios, así llamados, o grupos o el nombre que tengan entre los protestantes. Lo típico en las historias de los protestantes, por ejemplo, en la historia de los testigos de Jehová, de los mormones y de tantos otros, es que alguien tuvo una supuesta revelación, a alguien se le ocurrió, alguien leyó la Biblia y pensó que… ¡Así no es! Es la Iglesia y su autoridad la que nos hace misioneros. Y por eso, por ejemplo, nosotros los sacerdotes debemos tener y recibimos del obispo, lo que se llama la “licencia”; tenemos una licencia, eso, ¿qué quiere decir? Un permiso; es el obispo el que me envía a mí, para que presida la Eucaristía, para que escuche confesiones, para que predique y evangelice; es la Iglesia la que es misionera, y por eso es la autoridad de la Iglesia en la que vive Cristo, la que envía misioneros.

El tercer aspecto que deseo destacar, es cómo la misión trasciende fronteras; no habían llegado todavía a Chipre, en ese momento, pero, este envío misionero rompe fronteras (cf. Hch 13,4-5). A lo largo de los siglos, los grandes misioneros, siempre han sido aquellos que van más allá de las fronteras, son aquellos que abren nuevas puertas.

Hay un texto muy hermoso del profeta Isaías, donde, comparando al pueblo de Dios con una tienda de campaña, dice: “¡Ensancha el espacio de tu carpa, despliega tus lonas sin mezquinar, alarga tus cuerdas, afirma tus estacas! Porque te expandiras a derecha y a izquierda, tu descendencia poseerá naciones enteras y poblara ciudades desoladas” (Is 54,2-3), y eso se cumple en la Iglesia misionera. Eso es lo que han realizado los grandes misioneros; pensemos en un Daniel Comboni, por ejemplo, en África; pensemos en un Francisco Javier, en la India o en China; esa es la vocación misionera. Oremos por nuestros misioneros, y pidamos a Dios que renueve en nosotros el impulso de dar testimonio de Cristo en todas partes.