P042002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20010508

Título: ¿Sabemos reconocer la voz del Senor?

Original en audio: 23 min. 56 seg.


Como hemos dicho en otras ocasiones, una de las características de Jesús, especialmente en el evangelio de Juan, es su libertad. A Jesús no se le imponen condiciones, a Jesús nadie lo limita. Jesús se escapa de la tumba, de la asechanza de los hombres y se escapa también de los moldes y de las etiquetas con que a veces podemos querer encerrarlo.

Hoy el evangelio nos presenta un texto típico. Vienen estos judíos con una red, que se la van a echar encima, intentan delimitarlo, fijar qué puede y qué no puede hacer, qué derechos y qué deberes tiene, cómo debe comportarse y qué puede esperarse de Él. "Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente" San Juan 10,24.

Supongamos que Jesús hubiera dicho una respuesta como: "Pues sí, yo soy, ¿cuál es el problema?" Entonces ellos hubieran tomado lo que ellos consideraban que debía ser el Mesías, lo que ellos entendían por Mesías, y eso es lo que le iban a aplicar a Él.

"¡Ah, pero es que el Mesías, con lo que hemos oído, es el que va a restaurar el Templo, según las medidas de aquellos capítulos últimos del libro del profeta Ezequiel, así que tú tienes que restaurar este Templo según esas medidas, y tú tienes que hacer esto y lo otro".

Es una red, en este caso una red de palabras. "Si tú eres el Mesías…" San Juan 10,24; la respuesta de Cristo afirma, pero va más allá de la afirmación: "Os lo he dicho y no creéis" San Juan 10,25.

¡Cuánto se encierra en esa pequeña, pero precisa acusación! Ellos le pedían franqueza y Cristo les pide fe. La franqueza, la claridad es lo que pide la razón humana para adueñarse de las cosas.

Uno de los hombres más inteligentes de todos los tiempos, gran matemático y filósofo, René Descartes, decía en su método filosófico, que sólo debían admitirse las ideas que fueran claras y distintas. ¿Las razones? "Quiero avanzar con una linterna que produzca claridad, delimitación, definición, distinción".

Y con esa linterna humana se acercan a Cristo estos hombres: "Dínoslo claramente" San Juan 10,24, quiere decir: "Dilo en nuestro lenguaje, según nuestras expectativas, de acuerdo con nuestras categorías". Ellos le piden franqueza, le piden esa claridad a Cristo, y Cristo pide fe.

Por medio de la claridad racional el hombre quiere adueñarse de los fenómenos, adueñarse de los objetos de estudio, poseer lo que conoce; por medio de la claridad racional el hombre quiere adueñarse, y en este caso, quieren adueñarse de Cristo y Cristo les dice: "Vosotros no creéis" San Juan 10,26. Cristo les pide fe, porque por medio de la fe nos entregamos en las manos de Dios.

Ellos le pedían franqueza y claridad racional como para adueñarse de Él, y Él les dice: "Pues es que yo estoy esperando fe no para que ustedes se adueñen de mí, sino para que pongan en las manos de Dios y se pongan también en mis manos, y por eso no hay comprensión posible entre estos dos lenguajes.

La claridad racional pretende apoderarse y la fe pretende entregarse, y uno no puede al mismo tiempo apoderarse de algo y entregarse a algo, eso no es posible. Por eso dice Jesús: "Os lo he dicho" San Juan 10,25.

Me imagino a aquellos interlocutores de Nuestro Señor haciendo memoria: "A ver, cuándo fue que dijo, y dónde dijo, y cómo lo que dijo".

Mientras ellos estaban ahí con la computadora haciendo cuentas a ver en qué momento había dicho y cómo lo había dicho, Cristo sigue hablando: "Las obras que yo hago en nombre de mi Padre ésas dan testimonio de mí" San Juan 10,24; "de modo que no piensen tanto, el gran lenguaje que permite decir quién soy yo es el lenguaje de las obras que realicé en nombre de mi Padre".

Eso quiere decir que Cristo sí es Mesías, pero el diccionario donde se puede entender qué significa Mesías es el que Cristo ha construido con las obras. "Ustedes no pueden entender" San Juan 10,26, es como si les estuviera diciendo Cristo: "Ustedes no pueden entender qué significa Mesías, de acuerdo con las expectativas, los deseos, las pretensiones de ustedes".

Mesías no es lo que ustedes quieren que signifique; Mesías significa lo que mis obras, lo que las obras que realicé en nombre de mi Padre están diciendo. Esto es importante porque nos invita a descubrir a Jesús.

Jesús no es un objeto que traigo a mi laboratorio para que mis capacidades o mis expectativas o mis sentimientos -esto no es sólo de inteligencia-, determinen cómo tiene que ser Jesús. Jesús es como es y soy yo quien debe descubrir, a través de sus obras, quién es Jesús.

Es como si me encuentro unas palabras escritas, por ejemplo, en chino, necesito conocer los caracteres chinos para poder entender ese discurso en chino. Necesito descubrir las obras de Jesús para entender quién es Él.

Y dice Nuestro Señor: "Vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, me siguen, y yo les doy vida eterna" San Juan 10,26-28.

Bueno, ¿cómo es la cosa al fin? ¿El que lo escucha se vuelve oveja suya, o el que es oveja le reconoce la voz? Fíjate que son dos cosas distintas: el que escucha a Cristo, se vuelve oveja de Cristo; o el que es oveja de Cristo, reconoce la voz.

Lo que uno está más acostumbrado a pensar es lo primero, a través de la escucha llega a ser oveja de Cristo, pero el evangelio, sobre todo este evangelio infinito de Juan, se inclina más por la segunda posición, porque el caso típico está en las discusiones con los judíos.

Otras personas tuvieron tanta ocasión de oír a Jesús, -y por lo menos hasta donde llegan las noticias del Evangelio, Dios quiera que eso haya cambiado después-, no se volvieron ovejas suyas; en esta misma escena que comentamos, le están oyendo a Él.

Qué testimonio tan claro. "¿Eres el Mesías?" San Juan 10,24; "os lo he dicho" San Juan 10,25.

O sea que tenemos que sacar una conclusión: no es el oír a Cristo lo que forzosamente nos vuelve ovejas suyas, aunque Él lo quería; lo que a uno le parecería más natural sobre todo después de aquélla frase de San Pablo: "La fe viene después de la predicación" Carta a los Romanos 10,17.

Es decir, que a través de la predicación llegamos a ser ovejas de Cristo, pero el evangelio nos está mostrando que hay algo que es anterior; ese algo, el mismo Jesús lo dice en este evangelio, lo sugiere en otra parte: "Nadie viene a mí, si el Padre no le trae" San Juan 6,44.

No es un asunto de convicción, no es un asunto de convencer en una discusión; "mis ovejas reconocen mi voz" San Juan 10,27, quiere decir que hay una acción previa que es la que permite que uno se deje convencer.

No es la figura o la fuerza de una razón lo que lo vuelve a uno oveja de Cristo, hay una acción previa, misteriosa, impredecible, gratuita, que Cristo la describe como: "Mi Padre me las ha dado" San Juan 10,29.

Es Dios Padre el que le escoge las ovejas a Cristo, el que le da los ovejas a Cristo. Y por esa acción previa, misteriosa del Padre, a quien nadie ha visto, nosotros somos conducidos hacia el Pastor, y por esa acción previa del Padre, dos personas pueden oír el discurso de Cristo y una sentirse convencida y otra sentir que todo eso sólo sirve para una gran discusión y para tratar de atrapar con la red de nuestras palabras al Hijo de Dios.

Esa expresión de Cristo: "Mi Padre me las ha dado" San Juan 10,29, nos invita a reflexionar sobre el misterio de la conversión y el misterio de la unión con Dios.

Papá Dios nos da a Cristo y Papá Dios nos mueve hacia Cristo. Podemos decir que con una mano nos acerca a Cristo y con la otra nos acerca a la primera mano. Así quedamos, por decirlo con elegancia teológica, en sándwich; delante de nosotros, Cristo, y detrás de nosotros, la mano de Papá Dios empujándonos hacia Cristo.

El que se convierte no es solamente el que se encuentra con Cristo, porque yo me puedo encontrar con Él y retroceder, pero si me encuentro con Cristo y la mano de Papá Dios no me deja retroceder y la que me empuja, ahí es cuando uno dice lo que en otro contexto dijo el profeta Jeremías: "Me has podido"; ¡así sí cualquiera!

Claro, por delante y por detrás queda uno cercado. Es una seducción. "El Padre me las ha dado" San Juan 10,29. Fíjate lo profunda que es esta frase teniendo en cuenta lo que dice el mismo evangelio de Juan en el capítulo tercero: "Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su propio Hijo" San Juan 3,16.

De manera que nosotros recibimos al Hijo, porque Dios nos lo da; y el Hijo nos recibe a nosotros, porque Dios nos da a nosotros a Él.

Como aquí hay gente contemplativa, contemple usted esa maravilla. Cristo es el regalo que Dios nos da y nosotros somos el "chicharrón" que Dios le da a su Hijo; somos el regalo de Dios a su Hijo.

De modo que en ese encuentro, en ese abrazo de Papá Dios, cada mano se entrega a la otra, por así decirlo. Por amor Dios entrega su Hijo al mundo y por amor Dios entrega el mundo a su Hijo; en ese encuentro sucede la conversión, lo que el Hijo aporta son las obras, que son las obras del Padre, y lo que nosotros aportamos no es lo que tenemos, nosotros aportamos la fe que Dios nos da y que es la que hace tan atractiva la figura de Cristo para nosotros.

En realidad, las obras que Cristo hace, Él mismo dice que no las hace por cuenta propia, pues son las obras del Padre, y de esa manera Cristo llega como un regalo para nosotros, humilde y desnudo, que no pretende tener nada suyo, -aunque lo tiene todo-, sino que se acerca a nosotros con algo que no es suyo, se acerca con las obras que el Padre le concede realizar, y nosotros nos acercamos a Cristo con algo que no es nuestro, sino con algo que el Padre nos concede tener: la fe.

De esa manera el encuentro con Cristo es un encuentro entre la desnudez forzosa nuestra, que carecemos de buenas obras, y la desnudez voluntaria y piadosa de Cristo, que tiene obediencia de amor al Padre.

Entre la desnudez forzosa nuestra y la desnudez forzosa de Cristo acontece el milagro de la mutua donación entre lo que el Padre le da a Cristo y lo que el Padre nos da a nosotros, eso es la conversión, lo que el Evangelista llama: "Reconocer la voz" San Juan 10,27.

Fíjate cómo en todas estas palabras de Cristo en su vida y obra de Pastor, utiliza mucho el verbo conocer: Yo las conozco, yo las reconozco, de pronto en colombiano se podría decir las requeteconozco; y las ovejas –nosotros- lo reconocemos.

Reconocemos que las obras que Cristo trae son las del Padre, y Cristo reconoce que la fe con la que nosotros llegamos es la fe que Dios Padre nos regaló; o sea que este reconocimiento muto, en el fondo, es el reconocimiento del Padre que no es otra cosa lo que dice Cristo en otros lugares: "El que recibe al enviado recibe al que lo envía" San Mateo 10,40.

Por otra parte, esta manera de mirar el encuentro con cristo y esa frase: "Mi Padre me las ha dado" San Juan 10,29, explica, demuestra el género y calidad de amor que Cristo nos tiene.

Se ve ahí que Cristo nos ama en razón del Padre, es por motivo del Padre, es como regalo del Padre, así es como nos ama Cristo. Y ese género de amor es precisamente lo que permite la constancia, la fidelidad, la intensidad, la pureza, la generosidad de todo lo que Cristo nos da.

Cristo nos ama en razón del Padre. Y luego dice: "Mi mandamiento es que os améis unos a otros como yo os he amado" San Juan 13,34. De este modo el amor cristiano queda caracterizado por ser un amor que tiene su fuente en el Padre, que tiene su modelo en Cristo y que tiene su realización en cada cristiano. Amar como Cristo nos ha amado es amar en razón del Padre, es amar porque Dios me ha amado.

Así por ejemplo, dicen que San Francisco de Asís, nuestro Padre, dijo, cuando empezaron a llegar los primeros frailes: "El Señor me ha dado hermanos". Ahí hablaba San Francisco casi como Cristo; "el Padre me los ha dado", dice Cristo, y dice San Francisco, "el Señor me ha dado".

El que piensa así, el que habla así, está en la ruta de amar como Cristo ama; está en la ruta de entregar la vida, de manifestar las mismas obras de Cristo. Como dijo otro pasaje: "El que crea en mí, hará las obras que yo hago, y aún mayores". El que está en la ruta del amor de Cristo, hará las mismas obras, y aún mayores.

Que así sea..