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Fecha: 19970418

Título: Saber alimentarse de Jesucristo

Original en audio: 5 min. 37 seg.


Si un grupo de científicos empezara a averiguar de dónde ha salido el cuerpo de uno, pues ha salido de lo que uno ha comido en los últimos años. De ahí es de donde ha salido el cuerpo.

¿De dónde han salido las proteínas, los tejidos, los carbohidratos, grasas, en fin, todas esas sustancias de las que están hechas nuestras células, después nuestros tejidos, aparatos, sistemas? Todo ha salido de lo que uno se ha comido.

Uno es como un empaque de lo que se ha comido en los últimos años. Sólo que es un empaque que ha acogido ese alimento, que ha recibido esas sustancias de un modo particular.

Precisamente, el papel primero de la digestión, y luego, de nuestro metabolismo en general, es asimilar unas cosas y rechazar otras; deshacerse de lo que le estorba y apropiarse de lo que le sirve.

Y esa escogencia entre lo que le sirve y lo que le estorba o le envenena, es lo que determina la progresiva asimilación, y es lo que produce que uno sea el que es y no sea, físicamente o fisiológicamente hablando, otro ser u otra persona.

De manera que cuando se piensa en la comida, se trata de una cosa interesante porque, por una parte, la comida queda totalmente en nuestro poder o en nuestras manos. ¿Qué puede hacer, por ejemplo, un inerme plato de sopa delante de uno? No puede hacer nada.

Esas piezas de pollo o de pescado o de carne, ¿qué pueden hacer frente a un hambriento comensal? La pieza queda ahí, quieta, esperando esos mordiscos que darán buena cuenta de lo que era.

De modo que la comida está en manos del que la come. Pero si se mira quién es el que se come esa comida, resulta que lo único que él tiene por dentro es lo que ya se ha comido. O sea que también el que come, el comensal, está en manos de su comida; depende por completo de ella.

Y esta mutua relación entre el alimento y el que come el alimento, sirve de signo preciosísimo, preciosísimo para la enseñanza que da Jesús en ese capítulo sexto del Evangelio según San Juan.

En realidad, el verdadero poder lo tiene la comida, porque sin ella, el comensal no existiría, y porque el comensal mismo no es sino el empaque de lo que se ha comido en los últimos años.

El poder grande lo tiene el alimento. Pero eso no aparece claramente por la razón que ya hemos comentado en otras ocasiones, y es que todo lo que uno se come, pues lo come ya muerto.

Jesucristo es el Pan que llega vivo a nuestra boca, que llega vivo a nuestro ser.

Y la razón por la que llega vivo es que los otros alimentos llegan muertos porque llegan a la fuerza. Vaya usted a convencer a una gallina que se deje comer. No, la gallina se resiste, corre cuanto puede, aletea. Dígale usted a una vaca: "Bueno, es que, pues, usted comprenderá, que sucede que tenemos que alimentarnos". No hay argumentos ahí.

Las cosas no nos dan vida. Se la arrancamos, y por eso sentimos que nosotros tenemos poder sobre el alimento.

Cristo, en cambio, da vida. "A mí nadie me la quita" San Juan 10,17, nos decía en el evangelio de ayer. Cristo da la vida, Él, Él mismo. Y por eso, Cristo puede llegar vivo a nosotros. Y por eso nosotros, que nos alimentamos de Cristo, en realidad, quedamos en poder de esa vida que sólo Él tiene y que nadie más tiene.

De este modo, este signo del alimento alcanza su plenitud cuando nosotros nos alimentamos del que es la vida y, desde luego, si uno físicamente hablando, no es sino el empaque de lo que se ha comido en los últimos años, ¿qué sucederá cuando uno se alimenta con este Pan, que es Pan de fuertes, que es Pan de vida? Pues uno tendrá vida dentro de uno.

Y por eso, nosotros tenemos certeza de Resurrección. Comer a Jesucristo es comer Resurrección, es comer algo que ya no muere. Cada vez que nos unimos, particularmente en el Banquete Eucarístico, a este Cuerpo santísimo, a esta Sangre salutífera; cuando nos unimos a este Cuerpo y a esta Sangre, comemos y bebemos Algo, Alguien que ha vencido a la muerte.

Bien decía San Agustín: "Comed el precio de vuestra redención para que no os depreciéis". Hay que saber alimentarse de Jesús y recibir, en ese Cristo, eternidad, bienaventuranza y victoria sobre la muerte.