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Fecha: 20000508

Título: La fe es la bendicion de los dias

Original en audio: 6 min. 7 seg.


Esa palabra que dice Jesucristo en el evangelio de hoy es como una advertencia saludable para que no dejemos pasar en vano los días. Porque los días son regalos de Dios y vienen contados, están numerados.

Nosotros no tenemos un tiempo infinito; cada día es un regalo, y hay que saber aprovechar cada día no sólo en el alimento que perece, sino en el alimento que dura hasta la vida eterna.

Si hay una cosa dura en esta vida, es llegar al final y encontrarnos con las manos vacías. Los psicólogos dicen que las principales causas de depresión en la edad madura están precisamente en esa sensación de vacío.

Por ejemplo, ese vacío que siente el padre de familia cuando ve que los hijos crecen, pero crecen torcidos; ese vacío que siente el profesional que ha hecho su dienero de mala manera y que está en la zozobra porque no sabe en qué momento se lo van a ehar en cara; ese vacío que tiene el médico, el profesional de la salud cuando reconoce que ha sido irresponsable, cuando la conciencia tiene de qué acusarle; ese vacío que puede tener el religioso o la religiosa cuando pasan los años y se da cuenta de que prometió y no cumplió; dijo, pero no llegó a la práctica.

Por eso Jesucristo nos invita a tomar en serio nuestro proceder en esta tierra y a trabajar por un alimento que no se acaba y a buscar esa vida que está más allá de lo que alcanzan a ver nuestros ojos; más allá de lo inmediato; más allá de lo material, de lo práctico.

Y el principio de esa vida nos lo cuenta también Jesucristo en este evangelio cuando dice que el trabajo que Dios quiere de nosotros es, en primer lugar, que creamos en su Enviado.

La fe es la bendición de los días; un día vivido en la fe es un día ofrecido a Dios, y un día ofrecido a Dios es como una pequeña Eucaristía que celebra nuestro corazón en la presencia del Padre Celestial.

Lo primero que hay que hacer para bendecir nuestro tiempo, para que las horas no pasen en vano y los días no se pierdan, es ejercer la fe en el Hijo de Dios, en Aquel que Dios ha enviado; creer en Él, darle el primer puesto a lo que Él hace, a lo que Él quiere, a lo que Él ha padecido, a lo que Él desea.

Descubrirlo como Señor poderoso de nuestras vidas, como Rey victorioso, como amable y sereno Emperador de todo lo que nosotros somos.

Acoger triunfalmente, pero sobre todo amorosamente a Jesucristo en nuestras vidas; recibirle, para que Él, con su suave y eficaz mandato, ponga en orden todo lo que somos, todo lo que tenemos, lo que proyectamos y lo que decimos. Cuando esto sucede, cuando ejercemos así fe en Jesucristo, es mismo Cristo el que vive con nosotros, el que trabaja con nosotros y el que bendice nuestras palabras, nuestro tiempo, incluso nuestros dolores, nuestras contrariedades, nuestros problemas.

Hoy queremos recibir a Jesucristo así en nuestras vidas; hoy le decimos a Jesucristo; "Tú eres el Señor de nuestras vidas, no queremos perder ni un día más; hoy queremos recibirte, Jesús, entra a tomar posesión del reino que adquiriste con tu sangre; hoy sentimos lo que sintieron aquellos discípulos de Emaús; "Es tarde, pero quédate con nosotros" San Lucas 24,29.

Aunque celebramos esta Eucaristía en la mañana, sabemos que la proximidad de la muerte hace que sea tarde en nuestra vida; es tarde, Señor, la vida se termina, la historia pasa y sólo quedará en pie lo que sea probado por el fuego, como dice el Apóstol San Pablo.

Es tarde, quédate con nosotros; vive en nosotros, santifica nuestro tiempo; haz fecunda nuestra vida, dale tú, Señor, el brillo, el perfime, el sentido a nestra exitencia para que se pueda decir de nosotros lo que se dijo de ti: "Pasó haciendo el bien" Hechos de los Apóstoles 10,38.

Amén.