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Fecha: 19990419

Título: Senor, danos la gracia de tu voluntad

Original en audio: 20 min. 17 seg.


Creo que podemos sintetizar las enseñanzas de hoy en esa frase que apareció en el salmo: “Dame la gracia de tu voluntad” Salmo 118,29, que es también descubrir la voluntad de Dios como una gracia para nosotros.

Ahí está todo lo que Dios quiere, a uno no se le ocurre, en primer lugar, decir: “Dame la gracia de tu voluntad” Salmo 118,29, porque normalmente lo que uno piensa es: “Díganme lo que tengo que hacer y yo lo hago”, como quien dice: "Que Dios obre en mi inteligencia, en mi entendimiento, que me dé claridad sobre lo que tengo que hacer y entonces yo lo haré".

Pero resulta que esa claridad sobre el bien que hay que hacer, esa ya estaba en la Ley de Moisés.

La Ley de Moisés ya mostraba muy claramente ante el entendimiento cuál es ese querer de Dios, pero esa maravillosa ley de Moisés, tan sabia y tan bella, no pudo ser practicada por el pueblo de Dios, empezando por ese amar a Dios sobre todas las cosas, que supone buscar ante todo la gloria de Dios.

El reproche que Jesucristo en alguna ocasión les dijo a unos judíos, muestra la fragilidad del ser humano cuando intenta cumplir con sus fuerzas la voluntad de Dios. En aquella ocasión les dijo Jesucristo: “¿Como vais a buscar la gloria de Dios vosotros que andáis buscando gloria unos de otros?” San Juan 5,44.

Hacer el bien, no para retribución de uno, ni para gratitud de uno, ni para importancia de uno, sino sólo para la gloria de Dios, y eso incluso ante los adversarios, ante los indiferentes, ante los que se burlan y ante los enemigos, esto supera claramente las fuerzas humanas.

Uno puede hacer algunos bienes, pero a medias, o puede hacer bien algunos bienes, pero entonces busca alguna retribución, o busca alguna importancia, o busca por lo menos hacer ese bien a las personas que uno estima como dignas de hacérselo.

Pero hacer un bien perfectamente hecho, sólo para gloria de Dios, sin retribución alguna a la persona que no agradece, que ataca y que es enemiga, esto hecho así, que además sea con constancia y durante toda la vida, no podemos, no podemos.

Y por eso el ser humano termina reventándose cuando intenta esas cosas, termina definiendo cuáles son sus amigos a los que puede saludar y sus enemigos a los que puede o quiere odiar.

Termina definiendo cuales son dignos de ser invitados, porque retribuirán la invitación; quienes son dignos de ser amados, porque retribuirán el amor. Y esto fue lo que Jesucristo se encontró, un pueblo, el pueblo judío, que había recibido esta ley tan hermosa y tan llena de sabiduría; pero que no podía vivirla.

Le preguntan ellos: "¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?" San Juan 6,28, esa pregunta que está en este capitulo sexto del evangelio de Juan, que venimos leyendo por estos días, esta pregunta resume la situación del ser humano ante Dios.

“¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?” San Juan 6,28, es: "¿Cómo puedo hacer yo la voluntad de Dios?"; y ellos estaban esperando que Cristo les dijera: “Los trabajos que Dios quiere son: ayunar, orar, hacer el bien, cumplir la ley o cosas parecidas.

Pero Jesús ante la pregunta de ellos, cómo encontrar, como obedecer, cómo vivir la voluntad de Dios, la respuesta de Jesús no es Moisés sino la fe, la fe que nos abre a la voluntad de Dios como un regalo, y por eso digo, que las lecturas de hoy muy bien se pueden resumir con aquella frase del salmo: “Apártame del camino falso y dame la gracia de tu voluntad” Salmo 128,29.

"Este es el trabajo que Dios quiere, responde Jesucristo, que creáis en el que Él ha enviado” San Juan 6,29.

Como uno está acostumbrado a tener ciertos méritos, podríamos decir, a uno le puede parecer que eso es muy poco para uno: "Valiente trabajo este, que creáis”. ¿Cuál es el trabajo de creer? Pues ese es todo el trabajo, eso es lo más trabajoso que hay en esta vida.

De hecho, ese creer también es una gracia, también es un regalo, ¿cuál es el trabajo de creer? El trabajo de creer es el trabajo de entregar el control de la vida de uno al plan de Dios, es el trabajo de apoyarse en alguien que uno no ve, o por lo menos no lo ve todo lo que quisiera.

A cada paso se siente lo que es el trabajo de la fe, miremos, por ejemplo, a la Santísima Virgen, maestra de fe, testigo eminentísimo de la fe; miremos a la Santa Virgen y ahí miremos si eso no es trabajoso creer.

Creer, ese es el gran trabajo, pero es un trabajo en el que uno hace la fuerza no como uno le gusta, porque si Jesús hubiera dicho: "Lo que Dios quiere es que levantéis un templo más grande que este templo", dice uno: "Bueno, ¡listo!, entonces ya vamos a conseguir los ladrillos".

Y ya ahí uno puede ocuparse de algo, y uno ve los ladrillos, los pega, los levanta y uno ve lo que uno está haciendo, pero cuando le dicen, "pero es que el trabajo es creer", ¿y eso dónde se ve? Eso es lo primero, que no se va a ver, muchas veces no se va a ver.

Cuando estaban todas esas exigencias de la ley de Moisés, uno dice: "Bueno, ahí hay cosas concretas que se nos están pidiendo, pero si Dios me pide que solamente crea, "¡ah bueno, listo ya creí! ¿y ahora que hago? Está bien, sí, creo".

¿Qué significa aceptar ese creo? ¿Que significa decir ese creo? Dice el capitulo décimo de la Carta a los Romanos: “Si proclamas en tu corazón que Cristo ha resucitado, que Cristo es el Señor y crees; si proclamas con tus labios que ha resucitado y crees en tu corazón que Él ha resucitado, pues tu alcanzarás la justicia de la fe” Carta a los Romanos 10,9.

¿Entonces qué es este creer? Creer es como darle el turno a Dios, porque no es creer en el vacío, es creer en Aquel que Dios Padre ha enviado. Entonces, el acto de creer supone darle permiso a Dios, realmente, es un acto humano y al mismo tiempo es un don del Señor.

Es un acto humano porque supone en nosotros una especie de acción, un hacer, es la resolución radical, irrevocable de darle autoridad a Dios en todo lo que yo soy, en todo lo que yo pienso, en todo lo que yo digo, en todo lo que yo siento.

Darle autoridad, darle permiso a Dios, abrirle campo a Dios en todo lo que yo pienso, hablo, siento, recuerdo, proyecto. Es el continuo darle permiso o darle autoridad a Él para cada día, para cada minuto, para cada amistad, para cada libro, para cada lectura, para cada tarea es un trabajo que no termina nunca, es un trabajo que no se detiene nunca.

Voy a darle autoridad a Dios sobre todo lo que yo soy, por ejemplo, una amistad: “Señor, te doy permiso de que dispongas de esta amistad como tú quieras. Admito, recibo tu designio por Jesucristo en mi vida y quiero que sea ese designio el que se cumpla en mi vida. Dame la gracia de tu voluntad, regálame tu voluntad, con respecto a esta amistad”. ¿Todavía te parece poco?

Entonces, hablemos de la salud: “Señor, la salud que tengo en este momento, que es buena gracias a ti, la entrego a ti y te doy autoridad, Jesucristo, para que tu, como enviado del Padre, cumplas en mí tu designio, cumplas en mí el designio del Padre. Y entenderé como designio del Padre, todo lo que le pase a mi salud de aquí en adelante”. ¿Te parece poco todavía?

Entonces pensemos, por ejemplo, en las tribulaciones, en las calumnias, en las adversidades. "Ah, ¿entonces Dios se va a meter en mi fama?" Pues claro, Él se va a meter en todo lo suyo. “Está bien, Señor, te doy permiso, te autorizo para que de hoy en adelante, según tu designio, se piense y se diga de mi cualquier cosa”. Eso no está tan fácil.

¿Y la familia? "Mi hermanito chiquito, Señor, mi hermanito pequeñito, te lo entrego, Señor, y quiero que sea tu designio, así yo no lo entienda, que sea tu designio el que se realice en él”. ¿Y qué tal que se enferme? "Te doy permiso, te doy autoridad sobre mi familia, sobre mi fama, mi salud, mis proyectos".

¿Quién de nosotros no tiene un proyecto que acaricia como a un niño pequeño? Ese es mi proyecto. “Te entrego, Señor, mi niño chiquito, mi proyectico, lo que yo más quisiera, lo entrego, y quiero que, por Jesucristo, tú cumplas, Papá Dios, tu designio en mi vida; pero dámelo como un regalo, porque yo con mis fuerzas no voy a poder”.

Entonces fíjate, esta fe no es una inacción, esta fe no significa un despreocuparse por la vida, significa interesarse por la vida y ocuparse en la vida, pero al mismo tiempo dejar que sólo sea el designio de Dios el que se realice en la vida de uno.

Cuando uno hace esta operación, -en lo cual yo creo que estoy en prekinder-, ahora hay, prácticamente desde que nace el niño, ya está en un jardín para algo, pañales parvularios, tienen de todo, pues en una de esas etapas me siento yo. Yo creo que estoy profundamente crudo para todo esto.

Pero lo predico, en primer lugar, para oírlo claramente yo mismo; y lo predico para que sepamos que ese es el camino, que esa es la senda de la verdadera paz y que en ese camino, en el camino del designio del Padre Dios por Jesucristo, en ese camino somos invencibles, porque en ese camino sólo sucede exactamente lo que Dios quiere, y estamos seguros de que su designio, a favor de nosotros, es amor y salvación.

Y estamos seguros de eso, porque nos da vida con su Palabra, con su Eucaristía; nos da vida con su Pascua, entonces la propuesta para hoy es muy sencilla: acepte este camino, dígale a Dios, su Señor: “Acepto ese camino”.

Hay un momento muy bonito en la Misa para decirle "acepto", cuando nosotros, en el Padre Nuestro, decimos: “Hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo”; “hágase tu voluntad”, ahí estamos aceptando.

Entonces lo único que hay que hacer es pedirle a Dios que nos dé la gracia, que nos dé la unción del Espíritu, para que esas palabras sean dichas no como repetición, como ruido de palabras, sino como expresión de un corazón que Él toma y que el transforma.

Pidamos eso al Padre Celestial: “Apártame del camino falso y dame la gracia de tu voluntad” Salmo 118,29, ¿y qué nos va a pasar? Nos va a pasar lo mismo que le pasó a Cristo, eso fue lo que nos contó la primera lectura.

Eso es sencillito, tanto se dice, sobre todo en la vida religiosa: "Es el seguimiento de Cristo"; pero si yo voy detrás de Cristo y veo que a Cristo le dan palo, ¿qué creen que me va a pasar a mí? Es que uno es como ingenuo, creo yo, o como ciego, no quiere ver, no quiere entender.

Yo voy detrás de Cristo y a Cristo lo calumnian, y yo voy detrás, ¿qué me va a pasar a mí? Precisamente eso me va a pasar. Y Esteban sabía, Esteban iba detrás de Cristo, Cristo pasó por el sanedrín, Esteban ante el sanedrín; Cristo calumniado con testigos falsos, Esteban calumniado con testigos falsos; Cristo asesinado, Esteban asesinado.

Uno tiene que hacer estas cuentas: "Estoy en el seguimiento de Cristo quiere decir que me va a pasar lo que le pasó a Cristo". "No, pues, eso está muy cruel", por eso uno tiene que decir: “Dame la gracia de voluntad” Salmo 118,29, porque si no, ¿para qué entró usted al seguimiento de Jesucristo? ¿Para qué?

Seguimiento de Jesucristo es que me pase lo que le pasó a Jesucristo, eso es lo que significa el seguimiento de Jesucristo, ¿o qué otra cosa?

Yo no veo otra manera de interpretar el seguimiento de Jesucristo, ¿o qué? ¿O Cristo va a pie y usted va a carro a un lado? No se puede; Cristo se llueve, ¿y usted con paraguas? No se puede. Lo que le pase a Cristo le tiene que pasar a la gente que ande con Cristo. “No, eso está como muy miedoso”.

Ah, bueno, entonces por eso uno dice: “Dame la gracia de tu voluntad” Salmo 188,29, y por eso uno le pide a Dios una fe que resista, una fe que consista, que insista y que resista, una fe que se sostenga.

¿Y cómo se prepara uno para eso? Se prepara orando y diciéndole a Dios: “Te entrego… Y hoy te quiero entregar a mi papacito, a mi mamacita”. Hay que entregarle a Dios todo antes de que te lo pida, ese es el secreto. Eso sí, les invito, entréguenle a Dios todo antes de que lo pida, al papá, a la mamá, a la familia, la fama, la salud, los recuerdos, los proyectos, todo, ya está todo entregado, ya queda uno más tranquilo.

Así nos lo conceda a Dios, que no sabe darse sino entero; Él, que se dio completamente a nosotros, nos conceda responderle con un sí semejante al de su amor.