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Fecha: 20080405

Título: Por Cristo viene la victoria sobre el miedo y por Cristo se abrevia el camino

Original en audio: 13 min. 45 seg.


"La noche, el mar encrespado, el viento fuerte" San Juan 6,17-18, imágenes de todo aquello que puede asustarnos.

La noche, que no nos deja ver: no sabemos a qué atenernos. El mar encrespado, que no nos deja sostenernos: no encontramos en qué apoyarnos. El viento fuerte, que trata de derribarnos: ése es el momento en que Jesús aparece.

Muchas veces Jesús espera a que las situaciones lleguen como a un límite, y ahí aparece. Muchas veces Jesús espera a que nosotros perdamos toda otra certeza, para que quede únicamente una certeza que es Él mismo.

A veces Dios tiene que quitarnos todos los demás apoyos, para que sólo quede Él, para que sólo lo veamos a Él, para que sólo confiemos en Él.

Para uno, cuando se encuentra en esas circunstancias, no es fácil. Hay miedo, hay queja, hay gritos de terror. Y sin embargo, en esas circunstancias, en esos momentos más duros, nos aguarda Él. Es su visita lo que está a punto de suceder.

"Vieron a Jesús que se acercaba caminando sobre el lago" San Juan 6,19: Jesús no tiene miedo a la noche.

"Vieron a Jesús que se acercaba caminando sobre el lago" San Juan 6,19: Jesús no tiene miedo al agua encrespada. "Vieron a Jesús que se acercaba caminando sobre el lago" San Juan 6,19: Jesús no tiene miedo al viento.

Las cosas que a nosotros nos aterran, las cosas que a nosotros nos derriban, las cosas que a nosotros nos hunden, no tienen poder sobre Cristo. Son grandes nuestras dificultades, pero no son más grandes que Él.

Jesús, caminando sobre el lago, es la imagen misma de la victoria sobre el miedo. Y porque Él ha vencido al miedo, por eso nos dice: "No temáis" San Juan 6,20.

¡Si por un sólo momento pudiéramos mirar nuestros problemas con los ojos de Cristo! Aquí pasa como lo que en otro ángulo, en otro nivel sucede entre un niño y un adulto. A veces los niños sienten que los problemas de ellos son supremamente graves, pero luego el papá, la mamá o algún otro adulto, les devuelve la confianza.

"Esto que me sucedió, a veces parece lo más grave del mundo". Yo me acuerdo cuando una vez jugando, nosotros, que éramos un poco traviesos, inquietos, resultamos rompiendo una de las porcelanas de la casa.

Eso era lo peor, la peor tragedia que podía sucederle a uno: romper la porcelana de la mamá. ¡Lo peor! ¿Qué puede haber más grave que éso?

Y por supuesto que sí necesitábamos corrección y tal vez un castigo. Pero, pronto aprendimos que no era lo más grave. Sobre todo, descubrimos que el amor de mamá era más grande que el amor a la porcelana.

Lo que era el problema más grande para nosotros, visto desde el ángulo del adulto, no es tan grave, no es tan terrible. ¡Si uno pudiera cambiar el ángulo, si uno pudiera mirar las cosas de otro modo, si uno pudiera aprender a mirar como Jesús!

Varias veces pregunta Jesús en el Evangelio: "¿Por qué están tan agobiados? ¿Por qué están tan asustados? ¿Por qué así?" San Marcos 4,40. ¿Qué tal que nosotros pudiéramos cambiar el ángulo, cambiar la mirada? ¿Qué tal que pudiéramos mirar de otro modo?

Descubriríamos que las cosas que muchas veces nos aturden, nos humillan, nos agobian, nos deprimen, nos hunden, nos turban, todas esas cosas cuando las miramos desde ese otro ángulo, desde el ángulo del Señor, descubrimos que sí tienen una importancia pero no son lo más importante. Y ahí recuperamos la libertad, ahí recuperamos la paz.

Para ellos, el mar encrespado en la noche, con viento: "¡La tapa! ¡No! Esto es lo peor". Es decir, esto es lo más grave que puede suceder. La presencia de Jesús les devuelve la confianza.

Por eso, yo hoy te invito a que le hagas a Jesús esta pregunta: "¿Tú cómo miras mis problemas? ¿Tú cómo miras mis angustias? Las cosas que a mí me preocupan, las cosas que a mí me agobian, me hunden, ¿Tú cómo las miras? ¿Tú cómo las sientes? ¿Tú cómo las descubres? ¿Ante ti cómo son, Señor?"

Y muchas veces lo que encontramos es que éso que para nosotros es tan terrible, no lo es tanto. ¡No lo es tanto! Una palabra de fe, una palabra de amor puede hacer maravillas. Esa es una enseñanza.

Y la otra enseñanza es que el camino con Jesús es muy cortico. Cuando ya ellos se convencieron de que Ése era Jesús, entonces querían subirlo a la barca. Pero, ahí sucedió otro milagro.

"Querían recogerlo, pero la barca tocó tierra en seguida en el sitio donde iban" San Juan 6,21. Es decir, fue un viaje supersónico. Ellos estaban atravesando el lago, les faltaba todavía mucho camino y la noche era difícil.

Pero, se encuentran con Jesús. Y el que se encuentra con Jesús ya llegó. Encontrarse con Jesús ya es llegar. Encontrarse con Jesús es acortar el camino. Ya ahí está lo fundamental. Él se llama, "el camino, la verdad y la vida" San Juan 14,16.

Y si nosotros lo encontramos a Él, que es el camino, encontramos también la verdad y la vida, que son esas realidades preciosas que necesitamos. Encontrar a Jesús es encontrar ya la meta, es estar ya con Él.

Finalmente, el único objetivo, el gran objetivo de la vida, ¿qué es? Uno se lo pregunta muchas veces; es la pregunta de cuál es el sentido de la vida. Y uno entiende rápidamente que el sentido de la vida no puede ser hacer dinero, pasarla bien o divertirse mucho.

El sentido de la vida tiene que ser algo más, el sentido de la vida es éso, es encontrar como una verdad que no muere, como un amor que no se acaba, como un gozo perpetuo.

Es llegar como a una plenitud, y éso es lo que uno encuentra en Jesús. Encontrar a Jesús es acortar el camino. No hay camino largo si es camino con Jesús. Esto es bello saberlo, y esto es necesario saberlo.

Porque, la sociedad en la que estamos nos está diciendo todo el tiempo: "Mira, tú vas a ser hombre, de veras hombre, cuando tengas este carro. ¡Ahí sí! Y cuando te pongas este vestido, y cuando fumes este cigarrillo, y cuando tomes este trago, cuando tengas éso, ahí serás".

La sociedad de consumo vive de ese lenguaje: repetirnos que no somos, pero que llegaremos a ser el día en que... "El día en el que yo pueda manejar ese automóvil, ahí sí voy a ser. El día en que yo tenga esa casa, ahí sí voy a ser. El día en que me pueda echar ese perfume, ahí sí voy a ser".

¿Ustedes saben una cosa? Todo el lenguaje del marketing es el lenguaje de la religión. La persona que está perdida en su soledad pero encuentra, "el maquillaje perfecto": "-Ahora existo, ahora me quieren, ahora soy. ¡Soy! ¡Wow! ¡Soy!" -¿Por qué? "-Porque encontré el maquillaje perfecto".

"Yo estaba en la oscuridad, estaba en la nada, estaba en la tristeza, pero adelgacé. ¡Wow! ¡Soy! ¡Existo! Ahora por fin todos me quieren, todos quieren estar conmigo. ¡Es maravilloso!"

Eso es pura religión. El comercio vive de la religión. ¿Por qué? Porque el lenguaje es: "Estás condenado; mas, si tú compras éso, serás salvo. Estás condenado; pero si te montas en esa motocicleta, serás salvo. Estás condenada; pero si logras esta talla, serás salva".

Y entonces la mujer dice: "¡Trataré!". Y empieza a tratar, y a tratar, y a tratar, y un día requiere tratamiento.

El lenguaje del mercado es un lenguaje de salvación. Por eso, la gente que está metida en el mundo no tiene tiempo para Dios, porque ahí tienen otra religión.

Es que el materialismo, el consumismo es una religión. ¿Por qué? Porque todo el tiempo me dice: "Cuando yo tenga este yate, ahí... ¡Ah! ¡Yate! ¡Lo máximo! Cuando yo tenga este... ¡Ah, es lo máximo!" Es decir, "yo no soy, no valgo. Únicamente cuando tenga, valdré".

Sin embargo, ¿cuál es el problema? Que el día que uno ahorra, y ahorra, y ahorra, y por fin tiene un Clío, le pasan por delante un Ferrari. Entonces uno dice: "Yo estaba tratando de ser, ¡tratando de ser! Ahora me tocará, ¿qué? Pues, apretarme el cinturón y seguir hasta lograr el Ferrari".

Y así nos esclavizan. Esa es la esclavitud del mercado; así funciona. "Sólo cuando tenga éso, voy a existir; sólo cuando tenga, sólo cuando...".

Dios tiene un modo muy distinto de ver las cosas. El gran descanso que uno encuentra en Jesucristo es: "Él ya me ama, ya, ¡ya!" No es: "Cuando yo..." "¡Ya me ama!"

Como un papá: El papá que ve a su hijo sucio, no espera que esté limpio para quererlo. "Ya es mi hijo, ya lo amo". No es: "Cuando se lave, voy a ver si lo quiero". ¡No! "Ya es mi hijo, ya lo amo".

Pero, para que nosotros pudiéramos creer esto, vino Jesús a nuestra tierra. Para éso, para que nosotros hoy pudiéramos sentirnos, así, amados. Por lo tanto, la presencia de Jesús es la única que abrevia el camino.

Jesús es el único que hace que a uno se le quite la angustia. Porque, estos Apóstoles sentían: "Cuando lleguemos a la orilla, descansaremos; cuando lleguemos al otro lado".

Y el que tiene a Jesús, ya llegó. El que encuentra a Jesús, ya llegó. ¡Éso es! Esa es la segunda parte.

Entonces, nos quedamos con dos enseñanzas hoy, mis queridos hermanos: La victoria sobre el miedo que viene por Cristo, y el camino que se hace corto, también por Cristo.

Sigamos esta Eucaristía celebrando al Señor, celebrando su amor, celebrando su misericordia, celebrando su presencia.

"Hoy puedo creer que el Señor me ama. Hoy puedo creer que el Sepulcro está vacío. Hoy puedo creer que mi corazón no tiene que ser un cementerio de ilusiones, de esperanzas, ni tampoco de enemigos".

"Hoy puedo creer que el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos, levanta mi vida en su presencia".

Amén.