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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20060429

Título: El momento de la verdadera conversión es cuando nos entregamos a Dios sin reservas

Original en audio: 16 min. 23 seg.


Ahora que estábamos cantando: “A la derecha, y a la izquierda, y adelante, y atrás”, yo me estaba acordando de cómo mi Dios me ha puesto a dar vueltas sobre este planeta tierra: desde Italia hasta Canadá, desde Paraguay hasta Portugal, y vivo en Irlanda.

Y hace poco fue noticia en el país donde vivo, en Irlanda, que un gran científico, un prestigioso científico dijo que podía explicar el milagro que salió en el evangelio de hoy.

Es decir, cómo fue eso de caminar sobre el agua. Este gran científico dice que tiene una explicación. Él dice que, en ciertas circunstancias de muchísimo frío, se puede congelar una parte del lago, y entonces Jesús, según él, no estaba caminando sobre el agua, sino que estaba caminando sobre hielo.

Y así caminó Jesús cinco o seis kilómetros de hielo en este lago, hasta donde estaban los discípulos.

Claro que el científico no explica por qué el hielo se acabó ahí donde empieza la barca, porque la barca no estaba en el hielo, la barca estaba en el agua.

Y el científico tampoco explica esa frasecita del final: “Querían subir a bordo a Cristo" Juan 6,21, se lo encontraron y querían subirlo a la barca, pero cuando iban hacer eso, hubo un segundo milagro, "se dieron cuenta que la barca ya había llegado" Juan 6,21.

El científico no tiene ninguna explicación para esa frase, ni tiene ninguna explicación para el hecho de que Jesús caminó cinco kilómetros de hielo, y ahí se acababa el hielo, y ahí sí empezaba el agua, donde estaba exactamente la barca de ellos.

Por supuesto que es una gran ridiculez lo que está diciendo este científico, pero a mí me ha puesto a pensar mucho. No me ha puesto a pensar en el hielo de ese lago, sino en el hielo del corazón humano que le cuesta trabajo creer que Dios ama tanto. Nos cuesta trabajo creer que Dios sea tan maravilloso.

Nos cuesta trabajo creer que Dios sea tan poderoso. Nos cuesta trabajo creer que Dios sea tan maravilloso, que Dios sea tan poderoso, que Dios sea tan compasivo. Eso nos cuesta trabajo creer.

Estamos celebrando la Santa Misa en condiciones muy humildes, ustedes ven. Todo es sencillito, todo es humilde, todo es muy pobre en esta mesa. Y cuesta trabajo creer que este pedacito de pan que es solamente pan, y que cualquiera podría despreciar, y que vale sólo unos centavos, que esto se pueda volver el Cuerpo de Cristo.

Cuesta tanto trabajo creerlo que incluso hay cristianos, que se dicen cristianos, y que no son capaces de creer eso. Ese es el caso con los mormones, y los evangélicos, y los presbiterianos, y los episcopalianos, y los metodistas, y los no sé cuántos más.

Ellos predican a veces con mucha elocuencia la Palabra de Dios, y tienen unos ministerios musicales espectaculares, pero cuando se dice que aquí va a estar presente Jesucristo real y verdadero, el que dijo: “Esto es mi cuerpo” San Mateo 26,26;San Marcos 14,22; San Lucas 22,19, entonces ellos, como el científico británico aquel, dicen: “No, no, no, tiene que haber otra explicación”.

Tiene que haber hielo, y claro que hay hielo, pero el hielo no está sobre el agua, el hielo está en su corazón que no quiere arder con las llamas del Espíritu Santo. Ahí es donde está el hielo. El hielo no está en el lago ese; el hielo está en tu corazón que duda y que no es capaz de creer.

Porque en verdad las cosas que se cuentan del amor de Dios son tan grandes, tan grandes que no las acabamos de creer. El ser humano no puede creer eso.

Yo me acuerdo una vez en la parroquia nuestra allá en Colombia, una de nuestras parroquias en la ciudad que se llama Chiquinquirá, donde hay un santuario muy bello de la Santísima Virgen María. Yo me acuerdo en ese santuario, estaba yo sentado confesando, y se acercó un hombre para contarme que tenía casi sesenta años sin confesarse.

Él había cometido un asesinato. Tendría unos diecinueve, veinte años, y estaba llegando a los ochenta de edad, y durante sesenta años no había sido capaz de confesarse. Él sentía que Dios no podía perdonar ese asesinato. Las circunstancias particulares del crimen no interesan ahora. Lo que interesa es que este hombre sentía que no podía creer que Dios perdonara eso, no lo podía creer.

Nosotros, hermanos, tenemos un Dios tan grande, que nos cuesta trabajo creer que sea de veras tan grande. Tenemos un Dios tan hermoso, que nos cuesta trabajo creer que de veras sí, que es así de hermoso. Que no es mentira, que cuando te perdona, te perdona.

¿Pero cómo va a utilizar Dios la mano y la boca de un ser humano, que es un sacerdote, para absolverme de mi pecado? Pues así lo dijo Jesucristo y así está en la Biblia: “A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados” San Juan 20,23, leemos en el capítulo veinte del evangelio de Juan.

¿Por qué te cuesta trabajo creerlo, si Dios lo dice clara y abiertamente en su Divina Palabra? Nos cuesta trabajo creerlo, porque Dios es demasiado maravilloso, Dios es demasiado bueno, y por eso, nuestro corazón duda.

Hay un dicho en alguna parte de Colombia: “De eso tan bueno no dan tanto”. Y la historia es que había un pueblito, así lo oí yo, un pueblo que se llama Buga, allá en Colombia, y había un bobito, un bobo en el pueblo, y al bobo, pues, ¿qué le daban? La gente le daba sobras de comida.

La gente era caritativa, pero le daba cualquier cosa, tú sabes, un poco de sopa que había quedado, un pedazo de carne, y no la mejor carne, sino la carne que nadie se había comido en la casa, un poco de arroz frío. Esa era la comida normal del bobo, el bobito del pueblo.

Y un día llega a una casa y le ofrecen un dulce de leche que se llama “arequipe”, un dulce de leche que es tan sabroso y que es costoso, además.

Y el bobito pidiendo comida de casa en casa, y va a una casa y le ofrecen una olla gigantesca de ese dulce sabroso y costoso; y el bobito se queda mirando la olla de arequipe, ese dulce de leche, se veía delicioso, y lo mira, y lo mira, y lo mira, y dice: “De eso tan bueno no dan tanto”, y lo devolvió.

Y en ese caso, acertó. Resulta que cuando estaban haciendo el arequipe, que es ese dulce de leche, en la cocina donde lo estaban haciendo se habían entrado una cantidad de moscas, y entonces las moscas se habían metido a ese dulce, y era dulce de leche con moscas, y por eso, gente cruel, le daba el dulce de leche con moscas al bobito.

Y el bobito vio que le daban semejante plato, y dijo: “De esto tan bueno no dan tanto”. Y así nosotros le queremos hacer a Dios también. Dios nos dice: “Te puedo perdonar sesenta años que te has alejado de mí por ese crimen que cometiste”. Y nosotros queremos hacerle lo del bobito, queremos decirle: “No, es imposible que tú me perdones”.

Según la versión que nos presenta la Biblia, eso fue lo que le pasó a Judas Iscariote. Judas Iscariote, aunque conocía que Jesús era muy bueno, se desesperó y dijo: “Ya es imposible que Dios haga algo por mí”, y fue y se ahorcó, porque se desesperó.

Pero mis hermanos, es verdad que hay derecho a desconfiar del corazón humano, porque el profeta Jeremías dice: “Nada hay más falso y más enfermo que el corazón” Jeremías 17,9, y se refiere al corazón humano.

"Nada hay más falso y enfermo que el corazón. ¿Quién lo entenderá?" Jeremías 17,9. Yo te puedo admitir que tú sientas desconfianza cuando en una casa te ofrecen una olla de un dulce delicioso, y tú dices: “Aquí hay algo raro, porque de eso tan bueno no dan tanto”.

Si tú tienes un correo electrónico, es muy probable que te haya llegado uno de esos correos falsos, que son para engañar bobos, que dicen: “Yo soy fulano de tal, del banco de Nigeria, y resulta que aquí hay unos ochenta millones de dólares que no hemos podido clarificar, porque se murió el que tenía esa cuenta, entonces yo quiero proponerle un negocio: que usted se gane veinte millones de dólares”.

Y ahí uno puede uno decir, como el bobito: “De eso tan bueno no dan tanto. Eso de que me descubrieron a mí, por mi bonita cara me van a dar veinte millones de dólares, eso es una estafa", y es una estafa.

Si tú respondes a ese correo, entonces te dicen: “Oh, claro, usted es el feliz ganador de los veinte millones de dólares, pero para tramites de documentos tenga la bondad de enviar la suma de doscientos cincuenta dólares".

Y usted envía sus doscientos cincuenta dólares por Internet, y ya perdió doscientos cincuenta dólares, porque el banco de Nigeria no tiene ni idea de que usted existe.

Hay derecho a desconfiar del ser humano, hay derecho, porque el ser humano muchas veces es tramposo y estafador. Pero yo vengo a decirte, en el nombre de Jesucristo, que si bien es correcto desconfiar muchas veces del ser humano, hoy te invito a que confíes, sin reserva, en la infinita bondad de Dios.

Te invito a que confíes, sin reserva, en el poder de los milagros que Él realiza, en la capacidad que Él tiene para salir a tu encuentro, incluso si estás en la mitad del lago; en la capacidad que Él tiene para pacificar tu alma con una sola palabra. “No tengan miedo” San Juan 6,20, dice Él a sus Apóstoles.

Es muy natural que tú sientas desconfianza, es muy natural que te cueste creer muchas cosas de nuestra fe; pero fíjate lo que nos dice el Apóstol San Pablo, escribiendo a alguna de las comunidades de ese tiempo, les dice: “Me alegro, porque ustedes recibieron las palabras que les predicamos, no como palabra humana, sino como es en realidad, como Palabra de Dios” 1 Tesalonicenses 2,13.

Si fuera palabra humana que la hostia se convierte en el Cuerpo de Cristo, no tendríamos obligación de creerlo; si fuera palabra humana que la absolución nos trae el perdón de los pecados, no habría obligación de creerlo; si fuera palabra humana que somos verdaderamente sanados y verdaderamente renovados en el nombre de Cristo, no habría necesidad de creerlo.

Pero no es palabra humana, ni es invento de corazón humano, es la revelación del Dios vivo que hoy te llama a que te entregues sin reservas a Aquel que te amó hasta el extremo.

Es Él el que merece todo tu corazón; es Él el que merece toda tu confianza; es Él el que está esperando que tú des este sí maravilloso, que tu le digas: “A ti que me has amado por encima de toda medida, a ti que te has entregado por encima de toda medida, a ti también, Señor, yo me entrego sin reservas”. Y ese es el momento de la verdadera y profunda conversión.

Yo te invito a que te entregues así al Señor Jesucristo, creyendo que Él es capaz de esto que cuenta la Palabra, y aún cosas mayores.

Aún mayores, porque en el mismo evangelio de Juan leemos esta frase asombrosa que dice Cristo: “El que cree en mí, no solamente hará las cosas que yo hago, sino aún mayores, porque yo voy al Padre” San Juan 14,12.

¡Claro! Jesús se glorifica en la obra de sus verdaderos discípulos y siervos, cuando invocan su Nombre y realizan obras maravillosas, para la gloria del Dios que está en el cielo.

Hermanos, la enseñanza de hoy es muy sencilla entonces. El mundo no puede creer en Jesús. Inventa unas historias tontas como la de esa capa de hielo de seis kilómetros, ¡ay mi Dios! ¿Hasta dónde llegará la fantasía del corazón humano tratando de negar el poder de Dios?

Hermanos míos, el mundo se resiste a creer en el poder de Dios, pero nosotros no nos resistimos a Cristo, sino que hoy le abrimos las puertas de par en par y lo recibimos como Salvador de nuestras vidas.

Y salimos con gozo a su encuentro, y le saludamos, y le besamos, y le adoramos, y le acogemos, y decimos: “Todo lo que tú nos has dado, todo es vida, Señor, y todo es salvación, Señor, y en ti está puesta nuestra esperanza”.

Vamos a seguir esta celebración humilde, como les he dicho. Y aquí, en esta humildad y en esta sencillez de nuestra celebración, es Jesús mismo quien viene a alimentarnos, a darnos vida.

¡Yo creo en esa ternura! ¡Yo creo en ese poder! ¿Ustedes creen en ese poder? ¿Ustedes creen en el poder de Cristo, que en esta humildad y en esta sencillez se hace presente?

¿Ustedes creen que el poder de Jesús es capaz de hacer estas obras maravillosas, como es su Divina presencia en la Eucaristía o el verdadero perdón de nuestros pecados?

Jesús, yo te doy gracias por este grupo de oración, te doy gracias por esta comunidad, una comunidad de fe, una comunidad de alabanza, una comunidad de alegría y de fraternidad que ha marcado positivamente la vida de tantos hermanos y hermanas.

Te bendigo, Jesucristo, y te pido que confirmes, con señales y prodigios, la presencia de tu misericordia entre nosotros.

Amén.