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De Wiki de FrayNelson
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La primera lectura de hoy, está tomada del capítulo quinto de los Hechos de los Apóstoles. Hay varias cosas extrañas con este pasaje de hoy: encontramos que encarcelan a los apóstoles, eso es extraño, realmente no hay ningún crimen, no hay ningún delito, no hay ninguna razón para esa cárcel, pero, allá van a dar (cf. Hch 5,17-18). El motivo en el fondo, sí se conoce: ellos están predicando la Resurrección; y como hemos comentado en otras oportunidades, las autoridades judías consideran que la predicación de la Resurrección, es como una bomba, como un explosivo, porque cuando la gente cree en la Resurrección, cuando la gente cree en un Dios que supera incluso la muerte, es capaz de dar la vida (creo que esa frase conviene recordarla). Cuando creo en un Dios que supera la muerte, entonces, sí que soy capaz de dar la vida. Y por eso, la noticia de la Resurrección es un peligro a ojos de los sumos sacerdotes; a medida que la gente aumente su fe en la Resurrección, tendrán una mayor capacidad de lucha, y esa lucha es la que ellos no quieren, porque si esa lucha se hace realidad, entonces, van a querer oponerse también al Imperio Romano, y vendrá el conflicto, y vendrá el ejército, y vendrá la destrucción. Esa es la razón principal por la que ellos detestan la noticia de la Resurrección.

Pero, luego viene otra cosa extraña: resulta que de un modo completamente milagroso, estando las puertas cerradas, estando los guardas cuidando esas puertas, de un modo milagroso estos apóstoles salen de la cárcel, y los sumos sacerdotes quedan absolutamente perplejos, no entienden nada (cf. Hch 5,19-24).

Tercer elemento extraño en este pasaje: después de que han sido liberados de esa manera milagrosa, ellos no se van lejos, no desaparecen de la escena, se ponen a enseñar ahí, podríamos decir, al lado de la casa de los sacerdotes: en el Templo de Jerusalén. Es decir, han sido liberados de la cárcel, y en vez de huir, se quedan ahí en el Templo. Esto tercero es bastante extraño; creo que cualquiera de nosotros que pasara por una experiencia tan terrorífica, tan humillante como la de la cárcel, de verse libre, pues lo primero que hace es poner tierra de por medio; ellos no, ellos se van a predicar en el Templo (cf. Hch 5,25).

Y lo cuarto es que cuando ellos vuelven a predicar en el Templo, los vuelven a apresar, aunque anota San Lucas, sin utilizar violencia (cf. Hch 5,26).

¿Qué debemos aprender de esa predicación de los apóstoles? Debemos aprender que ellos se toman en serio lo que dice el Salmo 63 (o 62 en la Liturgia de Las Horas): “Tu gracia vale más que la vida” (Sal 63,4). El objetivo principal de ellos no es, como se dice popularmente, cuidar su propio pellejo, su principal propósito no es salvarse ellos; su principal propósito es ser fieles al mandato misionero que han recibido. Y adivina de quién han aprendido esto: de Cristo. ¿Recuerdas lo que sucede cuando Cristo está en la Cruz y la gente le dice: “sálvate a ti mismo, y creeremos en ti” (cf Mt 27,39-44; Lc 23,35-38); pero Cristo es el que no puede salvarse a sí mismo. ¡Qué hermoso testimonio nos dan los apóstoles! Así como Cristo no pensó en salvarse a sí mismo, economizándose el dolor y la tortura de la Cruz, así también, estos apóstoles no piensan en primer lugar en salvarse ellos; así como Cristo puso en primer lugar la voluntad del Padre que lo había enviado, así estos apóstoles ponen en primer lugar la voluntad de su Maestro y Señor, de Jesucristo, que los ha enviado.

Esta nueva jerarquía de valores, este poner radicalmente a Dios, el mandato de Dios y la voluntad de Dios en primer lugar, es la característica de todo aquel que quiere vivir a fondo su fe; ¿Qué tan lejos estamos nosotros de ese ideal? Cuando examino mi propia vida, descubro tantas cobardías, y me descubro lejano realmente a estos testimonios; pero sé, que si esos apóstoles llegaron a esos niveles de coherencia y de valor, no fue por sus solas fuerzas humanas; es el poder del Espíritu, es la gracia y la unción de Dios la que hace esa clase de transformaciones. Pidamos entonces ese Espíritu, también para nosotros, para vivir a fondo nuestra fe y para ser verdaderos discípulos del Señor.