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''Por tanto, hay que preguntarse si realmente no hay tensiones porque estamos unidos en el corazón y en los intereses de Cristo, o no hay tensiones porque, "¡qué pereza ponernos a pelear!"''
 
''Por tanto, hay que preguntarse si realmente no hay tensiones porque estamos unidos en el corazón y en los intereses de Cristo, o no hay tensiones porque, "¡qué pereza ponernos a pelear!"''
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Éso hay que preguntárselo. Ya decían los antiguos Padres de la Iglesia: "Martyres veros, non facit nisi causa". Hay que ver por qué causa, hay que ver por qué fue que murió y hay que ver por qué fue que vivió, para ver si sí fue mártir o no fue mártir.
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Lo mismo toca decir de la santidad. "¡No! Ella era como una florecita. Ella era muy tranquila, no se metía con nadie. Ella, ahí estuvo siempre".
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Bueno, ¿y el Espíritu Santo no tuvo ninguna palabra para esa religiosa? ¿Nunca el Espíritu Santo la llamó a una vida sublime, entregada? ¿Nunca la llamó a consumirse de amor y de ardor por la causa del Reino de los Cielos?
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¿No será que en medio de ese sosiego, en medio de esa paz y de esa carita de, "yo no le hago mal a nadie", hay otra carita de, "yo tampoco le hago mucho bien a nadie"?
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Entonces, éso también hay que saberlo, porque al Cielo no nos podemos presentar con cara de que no hemos hecho mal. Hay que presentarse con cara de que sí hemos hecho bien.
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''Luego, es preciso consumirnos, es preciso que nos consuma el fuego del amor, para que ninguno de estos fuegos que se anuncian en el Apocalipsis y en los discursos escatológicos de los Evangelios, nos consuman.''
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Es preciso estar ya quemados. La única forma de que no nos quemen es que ya estemos quemados. Éso pasa.
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¡Éso pasa! La única materia que es incombustible completamente es la ceniza que ya está calcinada. Todo lo demás se puede poner a arder.
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Entonces, "Isaías recibió un ascua encendida. Uno de los Serafines le llevó un ascua del Altar y le quemó los labios" (''véase'' Isaías 6, 6-7). Quedaron calcinados los labios de Isaías.
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''Pues, algo parecido ha de sucederle a nuestra vida. Necesitamos que lleguen ascuas encendidas de manera que nosotros ya estemos quemados, calcinados por el amor irrevocable y poderoso de Dios: que estemos ardidos de ese amor.''
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Cuando ya estemos hechos cenizas, -éso se dice en latín, "cineres", "cinera"-, cuando nosotros estemos vueltos "cinera", cuando estemos vuelto "faville", cuando estemos así en cenizas calcinados por el amor de Dios, cuando nos vengan con historias: "Mire, que viene Cristo", pues, por una parte no es gran noticia porque hace tanto que reina en mi alma; pero sí es gran noticia porque va a reinar sobre todo el orbe.
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Mas, temor, ¿cuál temor? Conozco su fuego, lo ha probado, Él ha probado su fuego en mí y me ha transformado, ha vuelto de mí lo que yo soy. ¿Qué temor puede tener una persona así?

Revisión del 19:20 15 nov 2010

Fecha: 19981124

Título: Lo saludable en el llamado del temor

Original en audio: 19min. 19seg.


Estas lecturas de la semana trigésima cuarta del tiempo ordinario, las lecturas posteriores a la Solemnidad de Jesucristo, Rey Universal, nos invitan a contemplar el desarrollo, el desenlace, al mismo tiempo trágico y glorioso, de la historia de la humanidad.

Por medio de símbolos impactantes, las lecturas nos describen ese final de nuestra historia. Se trata como de la cosecha de la viña que produce una cantidad indescriptible de sangre. Se trata como de la destrucción del Templo y de Jerusalén entera.

Se trata de la conmoción de los cimientos del orbe. Se trata de algo que apenas nos atrevemos a imaginar, algo que escapa a nuestros pensamientos, algo que va más allá de nuestras expectativas, algo que nunca ha sido contado porque nunca ha sucedido y nunca volverá a suceder.

Estos acontecimientos futuros, estos acontecimientos definitivos, producen una impresión muy honda en el alma. Guerras, epidemias, terremotos, señales en el cielo, Ángeles que con voces poderosas convocan a la cosecha definitiva. Se siente algo de miedo, se siente algo de temor.

Antiguamente la Liturgia de la Iglesia ayudaba a subrayar este temor. "Dies irae, dies illa, solvet saeclum in favilla, teste David cum Sibylla", decía el himno conocido, "El Día de la Ira": "Aquel día, el Día de la Ira, el mundo entero se disolverá en cenizas".

Estas imágenes causan casi terror. Y aunque es cierto que Jesucristo nos invita a no tener pánico, es difícil no sentirlo ante ellas: el orbe entero en cenizas, los sepulcros que se abren, los hombres y mujeres de todos los tiempos que tienen que presentarse ante el Tribunal de Jesucristo para ser juzgados.

Este temor tiene algo de saludable. Dice el refrán: "El que nada debe, nada teme". De manera que el temor nos ayuda a buscar cuáles son nuestras deudas, qué será lo que andamos debiendo por ahí.

Ya San Agustín preguntaba: "Bueno, ¿pero cómo es éso que te da temor el retorno de Cristo? ¿Cómo puedes temer el retorno de tu Salvador?"

Ese temor le sirve a uno para buscar en la conciencia a qué está apegado uno, buscar qué afecto torcido o egoísta uno conserva, cuál es el resentimiento del que no quiere desprenderse, cuál es el buen propósito que sigue aplazando, cuál es esa lectura, cuál es esa vida de oración que todavía no empieza.

Ese temor lo podemos convertir nosotros como en una especie de lamparita, y con esa lamparita recorrer la casa del alma: ir presentando con esa lamparita o ante esa lamparita del temor, de ese cierto miedo incluso, nuestra propia vida.

¿Por qué tememos? ¿Qué será lo que tememos? Él no nos va a faltar. Entonces, lo que tememos, ¿qué es? Pues, que hay cosas buenas que no hemos hecho, que hay cosas malas que seguimos haciendo, que hay apegos desordenados, que hay cosas que deberíamos hacer y que sin embargo no las estamos haciendo.

Luego, tampoco se pueden pasar tan fácilmente esta semana o estos días como si todas estas imágenes fueran para otra persona.

Decía un padre predicador, que hay gente que habla de estos acontecimientos como si los fueran a vivir con palco, como que al mundo entero le van a pasar muchas cosas. No; ésto se refiere a nuestra vida, a nuestra tierra y a nuestra raza.

Por lo tanto, no debemos dejar transcurrir estos días así no más, como si nada sucediera, como si nada nos pudiera pasar. Nosotros también seremos juzgados, también nuestra vida tiene que comparecer ante la vida de Jesucristo. Y si hay cosas que nos denuncie nuestra conciencia, es señal de que hemos de corregirlas.

Estaba repasando hace poco ese himno, "El Himno del Dies Irae". Y dice: "Nil inultum remanebit", en alguna parte: "Nada quedará sin ser castigado, sin ser corregido".

Los pecados grandes y chicos necesitan ser reformados. Hay que hacer penitencia, hay que corregirse de las faltas. Hay que hacer obras buenas y tratar de reparar el mal que hemos hecho y el tiempo que hemos perdido.

De manera que esa parte, ese llamado del temor, no debemos, me parece a mí, dulcificarlo, edulcorarlo, como si nada pareciera.

El hecho de que Dios es amor, no quita nada sino que añade mucho a la seriedad y a la profundidad de su juicio. Precisamente porque su amor es total, irreversible, irrevocable, continuo, gratuito, precisamente por éso, juzga.

Un amor así nos ha dejado sin ninguna excusa. Porque, toda excusa, en últimas, se resume: "Ah, si me hubieran dado la oportunidad de..." "Pero es que si me hubiera sucedido que..." "Si hubiera conocido a..." "Si me hubiera pasado, o no me hubiera pasado...".

Mas, cuando descubrimos y en la medida en que descubrimos la potencia de la gracia de Jesucristo, descubrimos que por éso Él es el Juez, precisamente por ser tan amoroso, precisamente por ser tan tierno, precisamente por haberse ocupado tanto y tantas veces de tantas maneras de cada uno de nosotros.

De ahí que Él es el único Juez. Porque, ante la verdad del amor de Jesucristo, ninguna excusa queda. Uno puede decir lo que las otras personas dieron o no dieron; pero, como el juicio es ante Él y Él nos ha amado así, y sabemos que nos ha amado así, entonces no hay excusas.

Luego, la imagen de Dios amor, no significa un Dios zonzo ni un Dios miope, ni un Dios complaciente ni un Dios mediocre, ni un Dios que antes era fuerte y que ahora, como vio que nadie era santo, entonces empezó como a bajar un poquito los estándares, empezó a bajar la medida.

Dios no es un comerciante de ésos que intenta vender un libro y dice: "¿Cuánto da por este libro?" Y como la persona no dio cien mil, agrega: "Bueno, entonces deme setenta; quedemos en ochenta".

Así no es la obra del amor de Dios en nuestras vidas. No es que Dios exigía mucho allá en esos tiempos cuando sí se podía ser santo: "Pero, ahora, en estos tiempos de extendida mediocridad, pues, con cualquier cosa que uno haga, ahí más o menos, con tal de ser buenas personas..."

Porque, algunas veces se oye hablar de la santidad y predicar de la santidad como si fuera éso, como si todo el mensaje de Cristo fuera ser buenas personas, no hacerle mal a nadie y guardar sí la urbanidad. ¡Éso sí!

Y los que tienen familia, que cuiden a la familia, que sean hombres de bien y que hagan las cosas con mucho amor a Dios. No se quita nada al heroísmo callado que pueden tener tantas vidas: no se le quita nada.

Sin embargo, pregunto yo: ¿Estamos seguros de que esas vidas no recibieron llamados más generosos, más audaces que ésos?

Estoy pensando sobre todo en las personas que si se me disculpa la expresión, se encierran en los intereses de su casa, no le hacen mal a nadie, tienen su esposa, tienen sus hijos, descansan, trabajan, son personas de bien, preparan a sus hijos para que sean buenos ciudadanos... ¡Y ya con éso son santos!

Yo digo: Sí, es posible que sean santos; por lo pronto, mucho más que muchos de nosotros. Pero también pregunto: ¿Y el Espíritu Santo no tenía alguna otra palabrita? ¿Nunca hubo una madrugada, o un anochecer, o una vigilia, o un insomnio, en que la voz de un Ángel le dijera?: "Ve más allá, habla más de Cristo. Ve más allá de tus fronteras, abre la puerta. Abre la puerta de tu mundo. ¡Ve más allá!"

¿Nunca nadie le dijo éso? Si a una vida de éstas, tranquilas, tranquilonas, nadie nunca, ni el Espíritu de Dios, ningún espíritu bienaventurado y ningún Ángel, si nadie le dijo ésto a una persona de éstas, yo digo: "¡Dios mío! Es un santo; hizo lo que tenía que hacer con lo que Dios le dio".

No obstante, me atrevo a dudar de que el Espíritu Santo no le pida más a estos corazones. Y lo mismo diría yo de tantos religiosos y de tantas religiosas.

El impulso a veces se pierde y entonces cambiamos la virtud por la simple costumbre. Estamos acostumbrados a hacer las cosas y vamos como cediendo. ¡Cediendo! Y creemos que finalmente cuando no hay grandes conflictos es porque hay grandes virtudes.

Éso no necesariamente es cierto. Hay veces que la falta de conflictos lo que indica es una misma cobija de mediocridad que nos está tapando a todos. Y entonces debajo de esa cobija nadie pelea, porque todos estamos calienticos.

Por tanto, hay que preguntarse si realmente no hay tensiones porque estamos unidos en el corazón y en los intereses de Cristo, o no hay tensiones porque, "¡qué pereza ponernos a pelear!"

Éso hay que preguntárselo. Ya decían los antiguos Padres de la Iglesia: "Martyres veros, non facit nisi causa". Hay que ver por qué causa, hay que ver por qué fue que murió y hay que ver por qué fue que vivió, para ver si sí fue mártir o no fue mártir.

Lo mismo toca decir de la santidad. "¡No! Ella era como una florecita. Ella era muy tranquila, no se metía con nadie. Ella, ahí estuvo siempre".

Bueno, ¿y el Espíritu Santo no tuvo ninguna palabra para esa religiosa? ¿Nunca el Espíritu Santo la llamó a una vida sublime, entregada? ¿Nunca la llamó a consumirse de amor y de ardor por la causa del Reino de los Cielos?

¿No será que en medio de ese sosiego, en medio de esa paz y de esa carita de, "yo no le hago mal a nadie", hay otra carita de, "yo tampoco le hago mucho bien a nadie"?

Entonces, éso también hay que saberlo, porque al Cielo no nos podemos presentar con cara de que no hemos hecho mal. Hay que presentarse con cara de que sí hemos hecho bien.

Luego, es preciso consumirnos, es preciso que nos consuma el fuego del amor, para que ninguno de estos fuegos que se anuncian en el Apocalipsis y en los discursos escatológicos de los Evangelios, nos consuman.

Es preciso estar ya quemados. La única forma de que no nos quemen es que ya estemos quemados. Éso pasa.

¡Éso pasa! La única materia que es incombustible completamente es la ceniza que ya está calcinada. Todo lo demás se puede poner a arder.

Entonces, "Isaías recibió un ascua encendida. Uno de los Serafines le llevó un ascua del Altar y le quemó los labios" (véase Isaías 6, 6-7). Quedaron calcinados los labios de Isaías.

Pues, algo parecido ha de sucederle a nuestra vida. Necesitamos que lleguen ascuas encendidas de manera que nosotros ya estemos quemados, calcinados por el amor irrevocable y poderoso de Dios: que estemos ardidos de ese amor.

Cuando ya estemos hechos cenizas, -éso se dice en latín, "cineres", "cinera"-, cuando nosotros estemos vueltos "cinera", cuando estemos vuelto "faville", cuando estemos así en cenizas calcinados por el amor de Dios, cuando nos vengan con historias: "Mire, que viene Cristo", pues, por una parte no es gran noticia porque hace tanto que reina en mi alma; pero sí es gran noticia porque va a reinar sobre todo el orbe.

Mas, temor, ¿cuál temor? Conozco su fuego, lo ha probado, Él ha probado su fuego en mí y me ha transformado, ha vuelto de mí lo que yo soy. ¿Qué temor puede tener una persona así?