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Por lo tanto, no debemos dejar transcurrir estos días así no más, como si nada sucediera, como si nada nos pudiera pasar. Nosotros también seremos juzgados, también nuestra vida tiene que comparecer ante la vida de Jesucristo. Y si hay cosas que nos denuncie nuestra conciencia, es señal de que hemos de corregirlas.
 
Por lo tanto, no debemos dejar transcurrir estos días así no más, como si nada sucediera, como si nada nos pudiera pasar. Nosotros también seremos juzgados, también nuestra vida tiene que comparecer ante la vida de Jesucristo. Y si hay cosas que nos denuncie nuestra conciencia, es señal de que hemos de corregirlas.
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Estaba repasando hace poco ese himno, "El Himno del Dies Irae". Y dice: "Nil inultum remanebit", en alguna parte: "Nada quedará sin ser castigado, sin ser corregido".
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''Los pecados grandes y chicos necesitan ser reformados. Hay que hacer penitencia, hay que corregirse de las faltas. Hay que hacer obras buenas y tratar de reparar el mal que hemos hecho y el tiempo que hemos perdido.''
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De manera que esa parte, ese llamado del temor, no debemos, me parece a mí, dulcificarlo, edulcorarlo, como si nada pareciera.
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''El hecho de que Dios es amor, no quita nada sino que añade mucho a la seriedad y a la profundidad de su juicio. Precisamente porque su amor es total, irreversible, irrevocable, continuo, gratuito, precisamente por éso, juzga.''
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Un amor así nos ha dejado sin ninguna excusa. Porque, toda excusa, en últimas, se resume: "Ah, si me hubieran dado la oportunidad de..." "Pero es que si me hubiera sucedido que..." "Si hubiera conocido a..." "Si me hubiera pasado, o no me hubiera pasado...".
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Mas, cuando descubrimos y en la medida en que descubrimos la potencia de la gracia de Jesucristo, descubrimos que por éso Él es el Juez, precisamente por ser tan amoroso, precisamente por ser tan tierno, precisamente por haberse ocupado tanto y tantas veces de tantas maneras de cada uno de nosotros.
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De ahí que Él es el único Juez. Porque, ante la verdad del amor de Jesucristo, ninguna excusa queda.  Uno puede decir lo que las otras personas dieron o no dieron; pero, como el juicio es ante Él y Él nos ha amado así, y sabemos que nos ha amado así, entonces no hay excusas.
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Luego, la imagen de Dios amor, no significa un Dios zonzo ni un Dios miope, ni un Dios complaciente ni un Dios mediocre, ni un Dios que antes era fuerte y que ahora, como vio que nadie era santo, entonces empezó como a bajar un poquito los estándares, empezó a bajar la medida.
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Dios no es un comerciante de ésos que intenta vender un libro y dice: "¿Cuánto da por este libro?" Y como la persona no dio cien mil, agrega: "Bueno, entonces deme setenta; quedemos en ochenta".
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Así no es la obra del amor de Dios en nuestras vidas. No es que Dios exigía mucho allá en esos tiempos cuando sí se podía ser santo: "Pero, ahora, en estos tiempos de extendida mediocridad, pues, con cualquier cosa que uno haga, ahí más o menos, con tal de ser buenas personas..."
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Porque, algunas veces se oye hablar de la santidad y predicar de la santidad como si fuera éso, como si todo el mensaje de Cristo fuera ser buenas personas, no hacerle mal a nadie y guardar sí la urbanidad. ¡Éso sí!

Revisión del 17:26 15 nov 2010

Fecha: 19981124

Título: Lo saludable en el llamado del temor

Original en audio: 19min. 19seg.


Estas lecturas de la semana trigésima cuarta del tiempo ordinario, las lecturas posteriores a la Solemnidad de Jesucristo, Rey Universal, nos invitan a contemplar el desarrollo, el desenlace, al mismo tiempo trágico y glorioso, de la historia de la humanidad.

Por medio de símbolos impactantes, las lecturas nos describen ese final de nuestra historia. Se trata como de la cosecha de la viña que produce una cantidad indescriptible de sangre. Se trata como de la destrucción del Templo y de Jerusalén entera.

Se trata de la conmoción de los cimientos del orbe. Se trata de algo que apenas nos atrevemos a imaginar, algo que escapa a nuestros pensamientos, algo que va más allá de nuestras expectativas, algo que nunca ha sido contado porque nunca ha sucedido y nunca volverá a suceder.

Estos acontecimientos futuros, estos acontecimientos definitivos, producen una impresión muy honda en el alma. Guerras, epidemias, terremotos, señales en el cielo, Ángeles que con voces poderosas convocan a la cosecha definitiva. Se siente algo de miedo, se siente algo de temor.

Antiguamente la Liturgia de la Iglesia ayudaba a subrayar este temor. "Dies irae, dies illa, solvet saeclum in favilla, teste David cum Sibylla", decía el himno conocido, "El Día de la Ira": "Aquel día, el Día de la Ira, el mundo entero se disolverá en cenizas".

Estas imágenes causan casi terror. Y aunque es cierto que Jesucristo nos invita a no tener pánico, es difícil no sentirlo ante ellas: el orbe entero en cenizas, los sepulcros que se abren, los hombres y mujeres de todos los tiempos que tienen que presentarse ante el Tribunal de Jesucristo para ser juzgados.

Este temor tiene algo de saludable. Dice el refrán: "El que nada debe, nada teme". De manera que el temor nos ayuda a buscar cuáles son nuestras deudas, qué será lo que andamos debiendo por ahí.

Ya San Agustín preguntaba: "Bueno, ¿pero cómo es éso que te da temor el retorno de Cristo? ¿Cómo puedes temer el retorno de tu Salvador?"

Ese temor le sirve a uno para buscar en la conciencia a qué está apegado uno, buscar qué afecto torcido o egoísta uno conserva, cuál es el resentimiento del que no quiere desprenderse, cuál es el buen propósito que sigue aplazando, cuál es esa lectura, cuál es esa vida de oración que todavía no empieza.

Ese temor lo podemos convertir nosotros como en una especie de lamparita, y con esa lamparita recorrer la casa del alma: ir presentando con esa lamparita o ante esa lamparita del temor, de ese cierto miedo incluso, nuestra propia vida.

¿Por qué tememos? ¿Qué será lo que tememos? Él no nos va a faltar. Entonces, lo que tememos, ¿qué es? Pues, que hay cosas buenas que no hemos hecho, que hay cosas malas que seguimos haciendo, que hay apegos desordenados, que hay cosas que deberíamos hacer y que sin embargo no las estamos haciendo.

Luego, tampoco se pueden pasar tan fácilmente esta semana o estos días como si todas estas imágenes fueran para otra persona.

Decía un padre predicador, que hay gente que habla de estos acontecimientos como si los fueran a vivir con palco, como que al mundo entero le van a pasar muchas cosas. No; ésto se refiere a nuestra vida, a nuestra tierra y a nuestra raza.

Por lo tanto, no debemos dejar transcurrir estos días así no más, como si nada sucediera, como si nada nos pudiera pasar. Nosotros también seremos juzgados, también nuestra vida tiene que comparecer ante la vida de Jesucristo. Y si hay cosas que nos denuncie nuestra conciencia, es señal de que hemos de corregirlas.

Estaba repasando hace poco ese himno, "El Himno del Dies Irae". Y dice: "Nil inultum remanebit", en alguna parte: "Nada quedará sin ser castigado, sin ser corregido".

Los pecados grandes y chicos necesitan ser reformados. Hay que hacer penitencia, hay que corregirse de las faltas. Hay que hacer obras buenas y tratar de reparar el mal que hemos hecho y el tiempo que hemos perdido.

De manera que esa parte, ese llamado del temor, no debemos, me parece a mí, dulcificarlo, edulcorarlo, como si nada pareciera.

El hecho de que Dios es amor, no quita nada sino que añade mucho a la seriedad y a la profundidad de su juicio. Precisamente porque su amor es total, irreversible, irrevocable, continuo, gratuito, precisamente por éso, juzga.

Un amor así nos ha dejado sin ninguna excusa. Porque, toda excusa, en últimas, se resume: "Ah, si me hubieran dado la oportunidad de..." "Pero es que si me hubiera sucedido que..." "Si hubiera conocido a..." "Si me hubiera pasado, o no me hubiera pasado...".

Mas, cuando descubrimos y en la medida en que descubrimos la potencia de la gracia de Jesucristo, descubrimos que por éso Él es el Juez, precisamente por ser tan amoroso, precisamente por ser tan tierno, precisamente por haberse ocupado tanto y tantas veces de tantas maneras de cada uno de nosotros.

De ahí que Él es el único Juez. Porque, ante la verdad del amor de Jesucristo, ninguna excusa queda. Uno puede decir lo que las otras personas dieron o no dieron; pero, como el juicio es ante Él y Él nos ha amado así, y sabemos que nos ha amado así, entonces no hay excusas.

Luego, la imagen de Dios amor, no significa un Dios zonzo ni un Dios miope, ni un Dios complaciente ni un Dios mediocre, ni un Dios que antes era fuerte y que ahora, como vio que nadie era santo, entonces empezó como a bajar un poquito los estándares, empezó a bajar la medida.

Dios no es un comerciante de ésos que intenta vender un libro y dice: "¿Cuánto da por este libro?" Y como la persona no dio cien mil, agrega: "Bueno, entonces deme setenta; quedemos en ochenta".

Así no es la obra del amor de Dios en nuestras vidas. No es que Dios exigía mucho allá en esos tiempos cuando sí se podía ser santo: "Pero, ahora, en estos tiempos de extendida mediocridad, pues, con cualquier cosa que uno haga, ahí más o menos, con tal de ser buenas personas..."

Porque, algunas veces se oye hablar de la santidad y predicar de la santidad como si fuera éso, como si todo el mensaje de Cristo fuera ser buenas personas, no hacerle mal a nadie y guardar sí la urbanidad. ¡Éso sí!