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Estas lecturas de la semana trigésima cuarta del tiempo ordinario, las lecturas posteriores a la Solemnidad de Jesucristo, Rey Universal,  nos invitan a contemplar el desarrollo, el desenlace, al mismo tiempo trágico y glorioso, de la historia de la humanidad.
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Por medio de símbolos impactantes, las lecturas nos describen ese final de nuestra historia. Se trata como de la cosecha de la viña que produce una cantidad indescriptible de sangre. Se trata como de la destrucción del Templo y de Jerusalén entera.
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Se trata de la conmoción de los cimientos del orbe. Se trata de algo que apenas nos atrevemos a imaginar, algo que escapa a nuestros pensamientos, algo que va más allá de nuestras expectativas, algo que nunca ha sido contado porque nunca ha sucedido y nunca volverá a suceder.
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Estos acontecimientos futuros, estos acontecimientos definitivos, producen una impresión muy honda en el alma. Guerras, epidemias, terremotos, señales en el cielo, Ángeles que con voces poderosas convocan a la cosecha definitiva. Se siente algo de miedo, se siente algo de temor.
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Antiguamente la Liturgia de la Iglesia ayudaba a subrayar este temor. "Dies irae, dies illa,  solvet saeclum in favilla, teste David cum Sibylla", decía el himno conocido, "El Día de la Ira": "Aquel día, el Día de la Ira, el mundo entero se disolverá en cenizas".
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Estas imágenes causan casi terror. Y aunque es cierto que Jesucristo nos invita a no tener pánico, es difícil no sentirlo ante ellas: el orbe entero en cenizas, los sepulcros que se abren, los hombres y mujeres de todos los tiempos que tienen que presentarse ante el Tribunal de Jesucristo para ser juzgados.
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Este temor tiene algo de saludable. Dice el refrán: "El que nada debe, nada teme". De manera que el temor nos ayuda a buscar cuáles son nuestras deudas, qué será lo que andamos debiendo por ahí.
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Ya San Agustín preguntaba: "Bueno, ¿pero cómo es éso que te da temor el retorno de Cristo? ¿Cómo puedes temer el retorno de tu Salvador?"
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''Ese temor le sirve a uno para buscar en la conciencia a qué está apegado uno, buscar qué afecto torcido o egoísta uno conserva, cuál es el resentimiento del que no quiere desprenderse, cuál es el buen propósito que sigue aplazando, cuál es esa lectura, cuál es esa vida de oración que todavía no empieza.''

Revisión del 16:24 15 nov 2010

Fecha: 19981124

Título: Lo saludable en el llamado del temor

Original en audio: 19min. 19seg.


Estas lecturas de la semana trigésima cuarta del tiempo ordinario, las lecturas posteriores a la Solemnidad de Jesucristo, Rey Universal, nos invitan a contemplar el desarrollo, el desenlace, al mismo tiempo trágico y glorioso, de la historia de la humanidad.

Por medio de símbolos impactantes, las lecturas nos describen ese final de nuestra historia. Se trata como de la cosecha de la viña que produce una cantidad indescriptible de sangre. Se trata como de la destrucción del Templo y de Jerusalén entera.

Se trata de la conmoción de los cimientos del orbe. Se trata de algo que apenas nos atrevemos a imaginar, algo que escapa a nuestros pensamientos, algo que va más allá de nuestras expectativas, algo que nunca ha sido contado porque nunca ha sucedido y nunca volverá a suceder.

Estos acontecimientos futuros, estos acontecimientos definitivos, producen una impresión muy honda en el alma. Guerras, epidemias, terremotos, señales en el cielo, Ángeles que con voces poderosas convocan a la cosecha definitiva. Se siente algo de miedo, se siente algo de temor.

Antiguamente la Liturgia de la Iglesia ayudaba a subrayar este temor. "Dies irae, dies illa, solvet saeclum in favilla, teste David cum Sibylla", decía el himno conocido, "El Día de la Ira": "Aquel día, el Día de la Ira, el mundo entero se disolverá en cenizas".

Estas imágenes causan casi terror. Y aunque es cierto que Jesucristo nos invita a no tener pánico, es difícil no sentirlo ante ellas: el orbe entero en cenizas, los sepulcros que se abren, los hombres y mujeres de todos los tiempos que tienen que presentarse ante el Tribunal de Jesucristo para ser juzgados.

Este temor tiene algo de saludable. Dice el refrán: "El que nada debe, nada teme". De manera que el temor nos ayuda a buscar cuáles son nuestras deudas, qué será lo que andamos debiendo por ahí.

Ya San Agustín preguntaba: "Bueno, ¿pero cómo es éso que te da temor el retorno de Cristo? ¿Cómo puedes temer el retorno de tu Salvador?"

Ese temor le sirve a uno para buscar en la conciencia a qué está apegado uno, buscar qué afecto torcido o egoísta uno conserva, cuál es el resentimiento del que no quiere desprenderse, cuál es el buen propósito que sigue aplazando, cuál es esa lectura, cuál es esa vida de oración que todavía no empieza.