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El Evangelio de hoy, está tomado del capítulo diecisiete de San Lucas. Podemos decir que la misión, el ministerio público de Cristo, va llegando a su final y por eso, también, las preguntas que le hacen a Cristo, y las palabras que Él dice tienen un carácter particularmente dramático (cf. Lc 17,20-25). Por ejemplo, bien sabemos que Cristo, a lo largo de su ministerio público, predicó muchas veces sobre el Reino de Dios: el Reino de Dios está cerca, el Reino de Dios se parece a, el Reino de Dios es para aquellos que son como niños, hay que ser como niño para entrar al Reino de Dios, y así sucesivamente. Es un tema tan central en la predicación de Cristo, que algunos dicen que, de hecho, es el tema fundamental. De tal modo que, Cristo podría ser descrito como El profeta del Reino de Dios, siempre que recordemos que Cristo, no solamente habló del Reino, sino que instauró el Reino, y siempre que recordemos que el primer espacio donde acontece el reinado de Dios es, precisamente, el corazón mismo de Cristo, su cuerpo santísimo. Su obediencia a Dios Padre, no es otra cosa sino el espacio interior que la voluntad de Nuestro Señor le deja a Papá Dios para que cumpla su querer. De modo que la llegada del Reino de Dios tiene un lugar preciso, que es Cristo mismo (cf. Lc 17,21); es Cristo, en la medida en que su obediencia de amor es perfecta. Y por eso, también, la llegada del Reino de Dios, está ligada a la acogida, a través de la fe, de la palabra que nos predican los apóstoles, y está ligada a la obediencia de la fe que nuestros corazones le deben al Espíritu Santo de Dios, que se nos ha dado; dicho de otra manera, esa abundancia de Espíritu, reclama de nosotros una disponibilidad que sea como reflejo de la disponibilidad obediente de Cristo, y si uno tiene esa clase de disponibilidad, entonces el Reino de Dios acontece dentro de uno. O sea que el Reino de Dios por supuesto que se refleja en nuestras palabras, en nuestras obras, en nuestras instituciones. ¡Sí!, el Reino de Dios se refleja en todo ello, pero quien nos enseña esto, es el mismo Cristo que nos dijo que había que limpiar primero por dentro los vasos, que nosotros como vasos depositarios del amor de Dios, teníamos que ser purificados por dentro, porque Cristo dice: “Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre.” (Mc 7,15). Y por consiguiente, el Reino de Dios se va a reflejar en obras, en instituciones, en ordenamientos legales, pero todo ello tiene que brotar primero de un corazón que ha vivido la obediencia, un corazón que se ha rendido gustosamente, amorosamente y generosamente al querer de Dios. Solamente los corazones así dóciles, solamente los corazones así entregados al amor de Dios, podrán verdaderamente experimentar que Dios reina; y solamente a través de las decisiones, las palabras, las obras y las instituciones de esas personas, podrá hacerse visible el Reino de Dios. O sea que, no es algo que tenga la espectacularidad de un vasallaje (cf. Lc 17,20) así como el que lograban los romanos: entraban imponentes con sus legiones y sometían a vasallaje a los pueblos donde llegaban. ¡No!, ¡El Reino de Dios no es así!; el Reino de Dios, sucede a imagen y semejanza de la obediencia de Cristo, y es en Él, y solamente en Él, donde podemos aprender y recibir que Dios reina.