Diferencia entre revisiones de «O311006a»

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(Cristo quiere que obremos como Dios obra, amando a quienes nos odian, sonriendo a quienes no nos sonríen, invitando a quienes no nos pueden corresponder e interesados por los indiferentes.)
 
(Sin diferencias)

Revisión actual del 16:17 15 nov 2016

El Evangelio de hoy, está tomado del capítulo catorce de San Lucas. Cristo nos está dando una lección sobre el modo propio de amar del cristiano. Podemos decir que la manera espontánea de amar que tenemos los seres humanos, es la transacción; a esto lo hemos llamado a veces: la “Lógica de la transacción”.

Transacción es un intercambio de bienes; es lo típico, por ejemplo, del comercio: así por ejemplo, yo voy a un almacén, doy dinero y recibo −qué sé yo− un electrodoméstico, un libro, una pieza de ropa. De modo que la manera espontánea del amor humano es la transacción; amar, a los que nos aman, a los que nos tratan bien; invitar, a los que nos pueden, también, corresponder con una invitación; sonreír, a los que nos sonríen; ser indiferentes, con los que son indiferentes con nosotros. Eso se llama lógica de la transacción, y podemos decir que ese es el modo espontáneo, ese es el modo más común de obrar del ser humano.

Pero, Cristo en el Evangelio de hoy nos propone otro tipo de comportamiento, Cristo nos propone lo que podríamos llamar la “Lógica de la gratuidad”. La lógica espontánea, humana, la que le sale a uno sin mucho esfuerzo, se llama la lógica de la transacción; y la que propone Cristo, se llama la lógica de la gratuidad. Cristo dice, no invites a los que te van a invitar después (cf. Lc 14,12), es decir, no te quedes en la lógica de la transacción, da un paso más; y ese paso, ¿cuál es? Invita a los que no pueden invitarte, esos no te pueden pagar (cf. Lc 14,13-14). Y Cristo nos invita a dar ese paso, es decir, a ofrecer nuestro tiempo, nuestra atención, nuestro amor, nuestra alegría, exactamente a los que no tienen cómo pagarlo.

Si nos damos cuenta, esa es la manera de obrar de Dios con nosotros, especialmente con nosotros los pecadores, porque, como bien dice el apóstol San Pablo: “tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.” (Rm 5,7-8). Se ve la desproporción entre el don que recibimos y los méritos, o mejor dicho la falta de mérito en que estábamos; nosotros no merecíamos a Cristo, nosotros no podíamos pagar por el amor de Cristo, nosotros no teníamos con qué compensar esa obra misericordiosa de Dios y, sin embargo, Dios Padre nos dio a su Hijo. O sea que Dios Padre ha obrado, no con la lógica de la transacción, sino con la lógica de la gratuidad.

Y Cristo quiere que nosotros aprendamos también esa lógica; Cristo quiere que nosotros no nos quedemos eternamente en la transacción, Cristo quiere que aprendamos a obrar como Dios obra. Y Él mismo nos llena con su amor, Él mismo nos llena con el poder de su Espíritu, Él mismo nos ha tratado con esta inmensa compasión para que nosotros seamos, también, testigos de esa compasión.

Va llegando a su final el Año de la Misericordia propuesto por el Papa Francisco; yo creo que el fruto perdurable de este año en nuestra vida tiene que ser, exactamente, superar la lógica de la transacción y entrar en esta lógica bendita de la gratuidad, que se ha mostrado en Cristo.