O296006a

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La primera lectura de hoy, está tomada de la Carta a los Efesios, en el capítulo cuarto. Hay que destacar en la reflexión que nos presenta San Pablo, cómo Cristo es al mismo tiempo el cimiento, el constructor y la meta (cf. Ef 4,7.11-16). Es el cimiento, porque en él nos apoyamos, porque hemos nacido a la vida de la gracia por la obra de su misericordia, por la obra de la redención. Él es el presente de la Iglesia, porque Él es el que construye, nos dice San Pablo: Él es el que va alimentando al cuerpo, ese cuerpo que es la Iglesia. Y luego, Cristo, es también la meta, porque todo lo que va creciendo dentro de la Iglesia tiene un lugar de llegada, tiene un punto de llegada que es Cristo mismo. Fíjate cómo está Cristo ayer, hoy y siempre; fíjate cómo está lo que decimos en el Gloria al Padre: “Como era en el principio, ahora y siempre”; fíjate cómo está Cristo en el presente de la Iglesia, podemos decir, providente de las necesidades de la Iglesia; pero, cómo está Cristo, también, delante de la Iglesia, como llamándola, como atrayéndola, porque Cristo es al mismo tiempo el que purifica a la Iglesia y el que llama a la Iglesia, la purifica con su sangre, la llama con su amor, le concede en el presente la fe, y le otorga, para el mañana, la esperanza. Esa presencia, esa unión íntima entre Cristo y la Iglesia, es la que nos hace desconfiar por completo de cualquier lenguaje que quiera separar a estos dos; sencillamente, no es posible, en el lenguaje de San Pablo, separar a Cristo de la Iglesia, porque toda la obra de Cristo, es la Iglesia; porque todo el amor de Cristo, es la Iglesia; porque todo el proyecto de Cristo, es la Iglesia; porque la razón de ser de la oración de Cristo, es la Iglesia; porque quien recibe la gracia infinita de renovación, es la Iglesia; porque el instrumento mismo de renovación del universo entero, es la Iglesia. No se puede dejar de creer en la Iglesia: “Ah, pero es que en la Iglesia hay pecado, en la Iglesia hay incoherencia”; eso es verdad, y en Cristo hay llagas. Y esos pecados de la Iglesia son, precisamente, los lugares donde está trabajando Cristo. Te voy a hacer una comparación, que es muy infantil −a veces no se me ocurren otras−: imagínate un país bien organizado, imagínate un país donde se respetan los presupuestos, y donde las oficinas y los ministerios y todos los distintos estamentos de gobierno, realmente, trabajan como debe ser; en ese país maravilloso, en esas ciudades de ese país, ¿dónde esperas ver tú que esté trabajando el gobierno?, ¿esperas que esté trabajando donde todo está arreglado, limpio, donde todo está en orden y bien perfumado?, ¿ahí es donde esperas encontrar al gobierno trabajando? Yo esperaría ver al gobierno trabajando allí donde hay baches, allí donde hay obras públicas, allí donde hace falta un puente. Entonces, por el hecho de que haya heridas en la Iglesia, Cristo no deja de estar presente; precisamente, esos son los lugares donde más quiere trabajar este bendito y celestial arquitecto, este bendito jefe y cabeza nuestra. Entonces, no hay que negar los pecados que cometemos las personas que estamos en el cuerpo de Cristo, no los vamos a negar, no vamos a negar que hay pecado en la Iglesia, no lo negamos, pero al mismo tiempo, sabemos que es ahí, donde hay mayor miseria, donde hay más necesidad, ahí es donde está más el corazón de Cristo. Yo creo que el Papa Francisco en este sentido nos da un ejemplo muy grande, porque su preocupación permanente no son las noventa y nueve, sino la oveja perdida, como dijo Cristo; su preocupación permanente es: ¿cómo hacemos para llegar allá, para ser buena noticia allá? Resumen: Cristo es el cimiento, Cristo es el constructor y Cristo es la meta; Cristo está en el pasado, presente y futuro; Cristo es inseparable de la Iglesia, y las miserias de la Iglesia no son razón para creer que Cristo no está, más bien son razón para saber en dónde está trabajando Cristo, y dónde quiere que trabaje también nuestra oración, nuestra caridad, y nuestra generosidad.