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El Evangelio de hoy, está tomado del capítulo doce de San Lucas (cf. Lc 12,8-12), y me atrevo a decir que va en continuidad con el texto que escuchamos ayer. Uno de los temas, ayer, era el miedo, y veíamos que Cristo nos da una razón muy fuerte para vencer el miedo: la confianza absoluta en Dios Nuestro Padre; la certeza de que Él nos conoce, Él nos ama, y su providencia acompaña nuestra vida. Hoy vuelve a aparecer el tema del miedo, y aparece otro antídoto, podemos decir: la certeza de la acción del Espíritu en nosotros. Es muy hermoso que Cristo nos recuerde cómo el Espíritu se pronuncia a nuestro favor; es muy importante. Recordemos que este Espíritu del que nos habla Cristo, es el Espíritu Santo, pero resulta que también existe el ángel caído, existe el demonio, satanás, y sabemos que satanás es el espíritu acusador, es el espíritu perverso que de algún modo quiere llevarnos a que nos erijamos en jueces implacables de los demás, y también de nosotros mismos; sobre los demás para hundirlos, y sobre nosotros para hundirnos en la desesperanza, eso es lo propio del espíritu de las tinieblas, eso es lo propio de satanás, es lo propio del acusador. Pero resulta que si existe acusador, también existe abogado, y ese abogado es el Espíritu Santo, y así como el espíritu de las tinieblas quisiera infundir en nuestra cabeza pensamientos de acusación hacia otros, y de desesperación hacia nosotros; el Espíritu Santo quiere infundir pensamientos de misericordia hacia los demás, y pensamientos de misericordia hacia nosotros mismos. Y esa obra del Espíritu, esa presencia dulce, fuerte, luminosa, esa dulce presencia del Espíritu es la que nos da también la fortaleza, la sabiduría del Espíritu, la sabiduría con la que nos dice Cristo: ustedes van a poder responder a sus adversarios; porque el contexto en el que Cristo nos habla de la acción del Espíritu, en el pasaje de hoy, es exactamente ese: El Espíritu Santo les va a dar las palabras que necesitan (cf. Lc 12,11-12); es decir, hay alguien que está luchando a favor tuyo, no estás solo en tu batalla. Fíjate cómo se complementa: antes, nos había dicho: Dios Padre te conoce, te guía, te orienta, te protege, puedes creer en su providencia; y ahora, nos dice: El Espíritu es la expresión misma de la compasión divina, el Espíritu te ilumina, el Espíritu se pronuncia a favor tuyo, el Espíritu te defiende. ¡Qué hermoso que es el Hijo! –segunda persona de la Trinidad–, el que nos da razones para vencer el miedo, hablándonos del Padre –primera persona de la Santísima Trinidad– y del Espíritu –tercera persona de la Santísima Trinidad–. La providencia de Dios Padre, la unción del Espíritu, son razones para confiar, son razones para vencer el miedo; y nos falta otra, que no aparece en este pasaje, pero que yo me permito mencionarla: La sangre del Hijo. El cristiano camina con la certeza de un Dios que le ha bendecido, y que quiere preservar esa bendición, y nuestras razones, ¿cuáles son? La providencia de Dios Padre, la sangre de Dios Hijo, y la unción del Espíritu. Y por eso, así acompañados, escudados, defendidos por la fuerza del Dios Uno y Trino, vamos de camino por esta tierra, vamos hacia la patria del cielo.