Diferencia entre revisiones de «O273005a»

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(Clamemos a Cristo que nos enseñe a orar y al Espíritu Santo que haga oración en nosotros para poder escucharlo, verlo, buscarlo y ser libres de la lepra del pecado.)
 
(Sin diferencias)

Revisión actual del 09:15 8 oct 2016

El Evangelio de hoy, ha sido tomado del comienzo del capítulo once de San Lucas. Es conmovedor escuchar la súplica que los discípulos le hacen a Cristo: “Enséñanos a orar” (cf. Lc 11,1-4). Cristo, a lo largo de su ministerio público recibió muchas peticiones, muchas: los que carecían de la vista, ¿qué le pedían?: que yo pueda ver; los que carecían del oído: que yo pueda oír; el paralítico quiere andar; el leproso quiere verse libre de su enfermedad. Cristo había escuchado muchas súplicas, y había atendido esas súplicas con enorme misericordia; no es menor la compasión de Cristo cuando oye la petición que aparece en el pasaje de hoy: “Enséñanos a orar”. Yo quisiera que tomáramos esas palabras y las lleváramos a lo profundo de nuestro corazón, porque todas las otras peticiones que he mencionado tienen que ver únicamente con cosas de esta tierra y de esta vida; evidentemente necesito para vivir mejor, gozar de movimiento, de salud, de vista, de oído, pero todo eso finalmente se va a extinguir a la hora de la muerte. La petición de la oración, es una petición que traspasa el umbral de la muerte, la petición de la oración, es una petición que toma, de algún modo, de todas las otras súplicas. ¿Por qué le decimos a Cristo: enséñanos a orar? En el fondo, porque somos ignorantes; en el fondo, porque somos ciegos; en el fondo, porque hemos sido sordos, y también paralíticos, y también leprosos. No hay dolencia que aparezca en los Evangelios, que nosotros no podamos aplicar a nuestro propio caso. Dolencia nuestra, por ejemplo, es la lepra: muchísimos predicadores han comparado la lepra con el pecado que come mi carne, que destruye mi vida, que me separa de mis hermanos; dolencia nuestra es la ceguera: porque a veces solo vemos lo que a nosotros nos gusta, lo que a nosotros nos conviene, lo que preferimos, no vemos el plan de Dios; nuestros oídos están dañados, no escuchamos la Palabra de Dios, a veces no escuchamos ni siquiera esa voz profunda de la que nos habló el Papa San Juan Pablo II, la voz de la conciencia, estamos sordos. Pero, si lo miras bien, todas estas súplicas espirituales, es decir: Señor, cúrame de la lepra espiritual, cúrame de la parálisis espiritual -porque paralíticos, también estamos, no nos movemos para ir donde necesitamos recibir la formación, donde necesitamos recibir el perdón, ¡no nos movemos!; ¿cuántas veces aplazamos y aplazamos ir a confesarnos?, ¿cuántas veces aplazamos la visita al Sagrario?; somos paralíticos-, todas estas súplicas tienen que ver con la que hicieron los discípulos: “Señor, si llenas de oración mi vida, entonces voy a poder ver las cosas como tú las ves; si llenas de oración mi vida, voy a poder escucharte; si llenas de oración mi vida, tendré fuego en mi corazón, tendré fuego en mi vida para ponerme en movimiento; si llenas de oración mi vida, quedaré libre de esa lepra”. Por eso la súplica de los discípulos, esa que despertó la compasión de Cristo para que les enseñara el Padre Nuestro, tiene que ser hoy nuestra oración. Propósito, tarea para hoy: dile muchas veces a Jesús: “Enséñame a orar”. Nos dijo San Pablo en la Carta a los Romanos: “El mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido” (Rm 8, 26); pues a clamarle a Cristo que me enseñe a orar, y a clamarle al Espíritu que haga oración en mí.