Diferencia entre revisiones de «O245004a»

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar
(Pidamos al Señor que muchas mujeres respondan al llamado a servir en la obra de Cristo, como lo hicieron en su momento las santas mujeres del Evangelio.)
 
(Sin diferencias)

Revisión actual del 06:22 15 sep 2016

El Evangelio de hoy está tomado del capítulo octavo de San Lucas. Este evangelista que ocupa esta parte del año litúrgico en las lecturas de entre semana, tiene características propias que de tanto en tanto es bueno destacar.

Hemos dicho recientemente que Lucas es el evangelista de la Humanidad de Cristo, y por eso el tema de la misericordia brilla con bastante intensidad y frecuencia en las palabras de San Lucas; pero, también Lucas, es el evangelista que más enfatiza la acción y la unción del Espíritu Santo en Cristo y en los cristianos; Lucas, también es el evangelista que destaca más el papel de la alegría en la vida de aquellos que le dicen “sí” a Jesucristo; Lucas, también es el evangelista que subraya de un modo más continuo, el papel de los pobres, y cómo, precisamente, esos pobres son en cierto sentido, los predilectos de Cristo, los que están siempre cerca de Él, los que le rodean con más frecuencia. Todavía hay algo más en donde Lucas destaca, y es lo que aparece, precisamente, en el pasaje de hoy: el lugar de la mujer.

Este breve pasaje de hoy, precisamente alude a las mujeres, y es un pasaje exclusivo de Lucas, porque resulta que hay algunos pasajes –muchos, de hecho- que están en Mateo, y que con palabras iguales o semejantes, están en Lucas, o que están en Lucas, y con palabras parecidas están en Marcos. Los Evangelios llamados “Sinópticos”, son conocidos con ese adjetivo, porque la palabra “sinopsis”, quiere decir, “con una mirada”; los Evangelios sinópticos, es decir, Mateo, Marcos y Lucas, uno los puede poner en paralelo, y ve que tienen muchos textos semejantes, pero el pasaje de hoy, solamente está en Lucas.

Solo Lucas destaca el papel de aquellas mujeres que: número uno, acompañaban a Jesús; número dos, servían en su misión; y, número tres, colaboraban con sus propios bienes. Es decir, no eran simples oyentes, que ya es algo muy bello -por supuesto, todo aquel que oye a Jesucristo, empieza a participar de la belleza de Cristo; la palabra de Cristo nos lava, nos embellece, nos sana, nos levanta a todos-. Estas mujeres no solamente habían sido renovadas y embellecidas por la palabra de Cristo, sino que estas mujeres habían respondido con generosidad al amor que Cristo irradiaba. ¿Cómo habían respondido? Habían respondido con su presencia, con su ayuda, y como Lucas destaca, con sus bienes, porque algunas de esas mujeres, como por ejemplo, una conocida como Susana, eran personas que provenían de lo que podríamos llamar la alta sociedad de aquel tiempo; y conmueve mucho, pensar que una mujer que era esposa de intendente (ese era un cargo muy alto en esa época), Juana, la esposa del intendente de Herodes, se las arreglaba para conseguir dinero, para conseguir bienes, para conseguir alimentos o ropa para ayudar en su misión a Jesucristo (cf. Lc 8, 1-3).

Ese es el poder que Dios ha concedido muchas veces a las mujeres; a nosotros no se nos puede olvidar que toda la Obra de la Salvación -la Obra de Nuestra Redención, si somos precisos-, empieza con una mujer a la que Dios le pregunta: ¿me ayudas?, ¿quieres? Como destaca Santa Catalina de Siena, Dios no le impuso su voluntad a María; Él, Dios, no obró antes de que ella dijera “sí”; cuando ella dijo “sí”, entonces sucedió la Encarnación. Eso no se nos puede olvidar, ese es el papel de la mujer. Y luego, cuando el Evangelio se propaga con esta predicación hermosa de Cristo, ahí están las mujeres; y luego, a los pies de la Cruz, de nuevo está esta Santa Señora, esta vez para acogernos a nosotros como sus hijos: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). Y luego, en la predicación del Evangelio, están las mujeres; ¿quién le abrió las puertas de la evangelización en Europa al apóstol San Pablo? Una mujer, y bendito sea Dios, que se conserva su nombre: Lidia. Lidia en Filipos, allá en Macedonia, abrió la puerta del Evangelio; por una mujer empezó la evangelización en Europa. Así que, alegrémonos por el inmenso bien que pueden hacer las mujeres, y pidamos al Señor, que muchas se sientan llamadas, inspiradas por la Santísima Virgen, por Susana, la que se menciona hoy, o por Lidia, la de Filipos, a ser servidoras del Evangelio, porque hay que tener mucho cuidado: el que no está sirviendo a Cristo, muy pronto resulta reclutado por el demonio, por el mundo, o por la carne.

Y aquellas mujeres que no han entregado a Cristo, la generosidad propia de su sexo, la generosidad propia de su ser, tarde o temprano, terminan malgastando esas posibilidades de su propio ser, en vanidades, en codicias, o en los dictados de la moda de este mundo. Que el Señor conceda conversión a todos, y que bendiga particularmente a las mujeres, el día de hoy.