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Fecha: 20020727

Título: "¿De donde sale la cizana?"

Original en audio: 12 min. 57 seg.


Esa pregunta que hacen los criados es la pregunta que también uno se hace muchas veces: "¿De dónde sale la cizaña?" (véase San Mateo 13,27).

¿Por qué, si el día del bautismo, si estábamos resplandecientes de la Pascua de Cristo, por qué esa gracia, ese esplendor bautismal se pierde? "¿De dónde sale la cizaña?" (véase San Mateo 13,27).

¿Por qué, si en el postulantado o en el noviciado brillábamos por el fervor, por qué tenemos momentos en que decae el interés por las cosas de Dios? "¿De dónde sale la cizaña?" (véase San Mateo 13,27).

Me decía precisamente ayer este amigo que parece que ha tenido experiencias místicas muy hermosas con la Santísima Virgen María, incluyendo algunas revelaciones privadas: "Yo, lo único que quisiera es poder volver a ese amor primero. Siento pereza a veces de la Misa y pereza del rosario". "¿De dónde sale la cizaña?" (véase San Mateo 13,27).

Leemos en el libro de Los Hechos de los Apóstoles: "Todo compartían, todo se perdonaban" (véase Hechos de los Apóstoles 2,42). "¿De dónde sale la cizaña?" (véase San Mateo 13,27).

Miramos la vida de Santo Domingo y los orígenes tan bellos de la Orden de Predicadores. Luego miramos nuestro presente o algunas escenas tormentosas de nuestro pasado, y vuelve a aparecer la pregunta: "¿De dónde sale la cizaña?" (véase San Mateo 13,27).

De manera que para saber la edad de una congregación religiosa, no es sino preguntar cuántas crisis violentas ha tenido. "No hemos tenido ninguna crisis fuerte": fueron fundadas el año pasado.

"¿De dónde sale la cizaña?" (véase San Mateo 13,27). Hay que tener mucho cuidado con esa pregunta, porque al hacerla podemos extender más cizaña. Fíjate que al buscar culpables para la cizaña, podemos convertirnos en sembradores de cizaña.

Ese peligro está. Cuando queremos encontrar a los sembradores de la cizaña, nos convertimos en éso, en sembradores de cizaña. Por lo tanto, el dueño de este campo corta de paso la pregunta, y les dice: "Es un enemigo" (véase San Mateo 13,28). Es algo que viene de fuera.

¡Cómo quiero yo insistir en esto! El pecado, cualquiera sea su forma, es siempre un extranjero, es siempre un entrometido, es siempre uno que no ha sido invitado ni pertenece a nosotros, pero se cuela en nuestros corazones, se cuela en nuestros conventos y se cuela en la Iglesia.

Y es un extranjero, es un intruso, es un entrometido. Necesitamos la actitud mental de mirar al pecado como un intruso, y así jamás trataremos como intrusos a los hermanos. Porque, tratar como entrometido, tratar como intruso al hermano, nos convierte a nosotros en sembradores de cizaña.

En el campo de Dios, en la Iglesia de Dios, todos caben, todos, menos el enemigo, sembrador de cizaña. ¡Todos caben!

Cualquiera que quiera trabajar para el proyecto de Jesús, cualquiera que quiera trabajar para el Reino de Dios, tiene que tener el corazón ancho como el campo de Dios, y saber que ahí hay espacio para todos, menos para el enemigo.

Esto significa que toda labor de purificación en la Iglesia, es una labor para quitar al enemigo, no para quitar al hermano.

Incluso la misma excomunión es para recuperar al hermano. Así nos lo enseña San Pablo cuando en sus dos Cartas a los Corintios tiene que tratar problemas gravísimos, y entonces habla de expulsar a algunos miembros de la comunidad. Pero, es siempre con la esperanza del arrepentimiento, de la reconciliación, porque en la Iglesia todos tienen que caber, menos el enemigo.

Tener un corazón así es tener un corazón amplio, limpio y bello como el de Jesús. Todos caben en la Iglesia. ¡Todos! La exclusión de alguien porque se le puso un rótulo, "sembrador de cizaña", lo único que muestra es que el que puso ese rótulo, es el que está sembrando.

De manera que hay que abrir el corazón. ¡Es un enemigo el que lo ha hecho! ¡Es un intruso el que lo ha hecho! El pecado es siempre un entrometido, y si nosotros logramos hacer esa diferencia entre pecado y pecador, si logramos hacer esa diferencia entre el mal y los malos, ahí somos verdaderos servidores del Reino.

Porque, es una gran cosa la separación de los buenos de los malos. Es una gran cosa, es una obra de justicia. Pero, es una obra mayor de justicia separar al bien del mal.

En el Antiguo Testamento toda la justicia era separar buenos y malos. En el Nuevo Testamento toda la justicia es separar al bien del mal.

Entonces, David se recuerda como el gran rey, porque fue el que puso las cosas claras, puso "paz en las fronteras", como dice el salmo (véase Salmo 147,14). Aquí hay una frontera que somos nosotros, la Casa de Dios. Nosotros somos los buenos, y de ahí, de esa frontera para allá, están los filisteos, que son los malos.

Claro que esa frontera tampoco sirvió, porque cuando ya estaban bien separados, entonces David se paseó por la azotea, adulteró y mató. Hizo de todo, mostrando que cuando ya están bien separados los buenos de los malos, el mal sigue colándose, sigue entrometiéndose en el corazón.

El gran ideal del Antiguo Testamento es separar a los buenos de los malos. El gran ideal del Nuevo Testamento, que es la justicia plena que trae Jesucristo, es separar al bien del mal. Por lo tanto, es separar al mal de los malos.

Quitarle el mal al malo es hacerlo bueno, y éso es lo que viene a hacer Cristo en el corazón humano con la fuerza de su Palabra. Y por eso hay que dar tiempo hasta la siega, porque hasta la siega, por el poder de esa Palabra de Cristo, hasta es posible que la cizaña se vuelva trigo.

Por eso hay que dar ese tiempo. Si llega el tiempo de la siega y el mal permanece unido a su maldad, entonces ahí sí como dice Ezequiel: "Muere por la maldad que cometió" (véase Ezequiel 18,26).

Pero, es la escogencia de él y ésa es la condenación definitiva, también llamada infierno. ¡Es la escogencia de él!

Lo que a nosotros nos corresponde mientras llega el tiempo de la siega, es anunciar esta noticia de Jesucristo, separar al mal del bien, separar al mal, quitarle el mal a los malos. Ésa es la manera de ganarle a los malos.

Los santos grandes, -porque hay santos grandes y santos chiquitos-, los santos chiquitos quieren que no haya malos, los santos grandes quieren quitarle el mal a los malos. Porque, quitándole el mal a los malos, se vuelve mejor que el que no tenía mal.

Así es como se oye, así vemos cómo el Apóstol Pablo era malo, malo, era muy malo, tan malo que perseguía cristianos, los metía a la cárcel y aprobaba cuando los mataban. ¡Era muy malo!

¿Qué hizo Dios? ¿Lo aisló? ¿Lo separó? ¿Lo destruyó? No; a este malo le quitó lo malo que tenía y quedó buenísimo, quedó óptimo. Fue un éxito, porque quedó separado el mal de lo malo y quedó bueno. ¡Esa sí es gracia! Esa es la gracia del Nuevo Testamento, esa es la gracia que anuncia Jesucristo.

Y nosotros tenemos que empeñarnos, no en señalar la cizaña ni arrancarla, -no es éso-, sino aún en el caso de la excomunión, repito, lo que nos corresponde es luchar con oraciones y luchar con predicación, con testimonio, con penitencia, con lo que el Espíritu nos dé, para que el mal sea arrancado del corazón del malvado, de modo que el malvado resulte óptimo, resulte buenísimo.

Esa es nuestra tarea. Si hay obstinación, pues, ya éso será la obra, será la decisión de cada cual. Que Dios, entonces, venga con ese espíritu a nosotros.

Pero, hay que hacer una última aclaración por la sobreabundancia de religiosas en esta iglesia. Resulta que estas palabras se pueden interpretar en el sentido de que todo el mundo tiene vocación.

Yo le he oído a algunos formadores, buenos como el pan, buenos, que sienten que todo el mundo tiene vocación, que no es sino darle una oportunidad, no es sino ayudarle, no es sino comprenderlo. Y hay que comprenderlo.

Sin embargo, no creo que éso se pueda deducir de aquí. De este texto del evangelio se puede deducir que a la Iglesia de Cristo estamos llamados todos. Mas, una cosa es la Iglesia de Cristo en su conjunto, y otra cosa es cada vocación particular.

Nosotros no tenemos el derecho de excluir de la pertenencia definitiva a la Iglesia de Cristo a nadie, y en ese sentido nuestro trabajo ha de ser quitarle el mal al que parezca malo, para que se vuelva muy bueno.

Todos tienen derecho a estar en la Iglesia de Jesucristo, todos. ¡Todos! Hay que abrir esa posibilidad por lo menos, pero no todos están llamados a pertenecer a la comunidad franciscana, o salvatoriana, o dominicana.

De manera que a veces, para salvar a la persona para la Iglesia, hay que sacarla de la comunidad, es decir, de una comunidad religiosa determinada.