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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19960711

Título: Tenemos necesidad de que Dios renueve sus maravillas en nuestros corazones

Original en audio: 7 min. 24 seg.


Queridos Amigos:

Acabamos de escuchar las consignas que Cristo hace a sus Apóstoles en el capítulo décimo del evangelio según San Mateo. Se trata de una misión llena de entusiasmo, llena de la novedad y la alegría que trae la predicación del Reino de Dios.

Lo que quiere Cristo es que estos Apóstoles, sin detenerse y sin amarrarse a nada, puedan proclamar que Dios está viniendo a reinar, y que las señales de su Reinado son precisamente esos prodigios que les manada y al mismo tiempo les posibilita que hagan; que limpien leprosos, que sanen a los enfermos, que expulsen a los demonios.

Estas son las señales de que el Reino de Dios ha llegado, como indicando que no puede Dios reinar y al mismo tiempo tener parte en nuestra vida la tiniebla, el dolor, la enfermedad o la muerte.

Estas señales tenían el propósito de mostrar que Dios se interesa por nosotros, que su compasión es más fuerte que nuestra miseria, que Él siempre estuvo dispuesto para responder, que Él, como ya lo había dicho por boca del Profeta Oseas, que Él es Dios y no hombre, Él es Santo en medio de su pueblo y no un enemigo que está a la puerta.

Estas palabras del evangelio de Mateo han invitado o han retado a muchas personas. Se han convertido como en una especie de paradigma de lo que tiene que ser la misión dentro de la Iglesia.

Y uno podría preguntarse: "Bueno, y esas maravillas ¿en dónde se realizan hoy? ¿En dónde se está anunciando así que el Reino de Dios sucede? Ciertamente, estas maravillas son el comienzo, y son el comienzo de la fe, no son la plenitud, pero estas maravillas son necesarias.

Y los prodigios, y los milagros, y las sanaciones, y los exorcismos, y las resurrecciones son necesarios. Son necesarios en la medida en que, puestas en las manos de Dios, despiertan la fe, traen la alegría, infunden la certeza de que Dios está con nosotros.

No son la plenitud, ciertamente, porque ya se ha destacado muchas veces que las mismas personas que presenciaron o que tenían noticia de las maravillas de Cristo, esas mismas personas le dejaron solo, fueron ingratas y tal vez algunas de ellas incluso ayudaron a gritar: ""Crucifícale" San Lucas 23,21.

De manera que las maravillas no lo son todo, pero sí son necesarias. Y entonces ¿qué voy a decirle yo a usted? Pues le voy a decir que imploremos, usted y yo, tiempos maravillosos y nuevos para la Iglesia.

Estas maravillas y milagros son sólo el comienzo de la fe. Podríamos decir que son la primera generación, el primer nacimiento a la vida de la gracia, la primera conversión. Luego, a lo largo de la vida, se van a necesitar otras conversiones o nacimientos o generaciones, pero este primero es irreemplazable.

Y si la Santa Iglesia Católica y Apostólica y Romana no tiene cerca estas maravillas, y si nuestra fe no tiene cerca estos prodigios de conversión, no nos digamos mentiras, nos empezamos a oxidar, el corazón se nos vuelve duro, pesado, rutinario; se nos entra la artritis espiritual y no podemos movernos y todo sucede en cámara lenta, nos volvemos comodones, murmurones, amargados; se pierde la dimensión de Buena Noticia que tiene el Evangelio.

La Iglesia no puede vivir solamente de esto, pero esto lo necesita; y el corazón de cada bautizado no puede vivir sólo de milagros, pero los necesita, necesita prodigios, sonrisas, canciones de Dios.

Entonces, ¿mi invitación cuál es? Hoy mi invitación es a que le pidamos al Señor que renueve sus maravillas en nuestros corazones, en nuestras familias, parroquias, conventos, monasterios, iglesias. Necesitamos que sucedan conversiones y sanaciones y liberaciones así, las necesitamos, ¿para qué decirnos que no? Se nos empieza a volver la fe simplemente un dato, una inteligencia, un buen propósito que hacemos, un esfuerzo continuado y terco.

Reconozcamos que necesitamos de Dios, necesitamos de su continua ternura, no para apegarnos a los consuelos espirituales, no para depender de ellos como exigiéndoselos a Dios, pero sí necesitamos que nos sonría, que nos ayude, que se compadezca de nosotros, que nos dé consuelo, ¿para qué decimos mentiras? Sí lo necesitamos, sí necesitamos ese consuelo.

Y cuando uno no encuentra ese consuelo y esos prodigios en Dios, pues los va a buscar a donde un brujo, o los va a buscar en consuelos humanos, o los va a buscar en las amistades y poderes de esta tierra, que no lo van a dar.

Pidamos entonces a Dios que renueve su ternura sobre nosotros, que nos regale un corazón humilde, creyente, gozoso de seer suyo. Pidámosle, no como exigencia de quien ha sellado un negocio y pide su parte, sino con la confianza del niño que sabe que tiene a ese Papá, del que nos dijo Oseas: "Cuando Israel era niño, yo lo amé, yo lo atraía con lazos de amor" Oseas 11,1-4.

Pidámosle a Dios que nos atraiga con lazos de amor, que gane para sí nuestro corazón, que podamos ver sus maravillas, gozarnos en Él, para que Él sea verdaderamente nuestro Dios y nosotros seamos completamente su pueblo.

Así sea.