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Título: Enamorarse de la verdadera sabiduria para ser coherentes ante el problema entre la fe y la vida.
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Original en audio: 9min. 37seg.
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Revisión del 18:58 17 feb 2012

Fecha: 20080519

Título: Enamorarse de la verdadera sabiduria para ser coherentes ante el problema entre la fe y la vida.

Original en audio: 9min. 37seg.


Mis Hermanos:

Saquemos brevemente un par de enseñanzas: alguna de la primera lectura y alguna del evangelio. La primera lectura de la Carta de Santiago toma ese tema tan querido para la literatura sapiencial, que recibe su nombre precisamente de lo de hoy, la sabiduría.

Y en realidad, el tema de Santiago es muy antiguo y es siempre actual: es la relación entre el conocimiento y la vida. "¿Hay alguno entre vosotros sabio y entendido?" (véase Santiago 3,13). Eso se refiere al conocimiento. "Que lo demuestre con una buena conducta" (véase Santiago 3,13). Eso se refiere a la vida. La relación entre lo que uno sabe o lo que uno cree, por una parte, y lo que uno practica, lo que uno vive, por otra parte; es decir, es aquel tema de la coherencia: lo que nosotros sabemos y lo que nosotros vivimos, el problema entre la fe y la vida, o la división que a veces se presenta entre la fe y la vida.

Bueno, ese problema ya sabemos que existe; esa división o divorcio sabemos que existe. Pero, el Apóstol nos da unas claves interesantes. Por ejemplo, nos enseña que para sanar esa división hay que enamorarse de la verdadera sabiduría. Como la Carta de Santiago tiene ese tono tan áspero, a veces uno puede perder de vista que no sólo ofrece denuncias sino también remedios. Y esto es claro en el texto de hoy. Hay un remedio que se ofrece: "Enamórate de la verdadera sabiduría, y de su misma belleza, de su misma riqueza, tu vida irá encontrando esa unidad, esa armonía que sabes que necesitas".

Un modo práctico de aplicar lo anterior, -y les puedo decir que funciona-, es tomar la actitud del discípulo. Así como nosotros terminamos ofendiendo a Dios y nos consideramos demasiado dueños de la vida y no solamente lo que somos que es administradores, así también cuando nos consideramos dueños del conocimiento, entonces nos llenamos de altivez, de vanidad, consiguientemente de envidia y de lo que de ahí siga.

Por el contrario, si uno no se considera dueño del conocimiento, sino que uno se declara perpetuo y eterno discípulo, entonces la actitud cambia. Uno aprende, por un lado, cuánta distancia le falta por recorrer, recibiendo, por otro lado, más de una lección de humildad y por lo tanto de entendimiento con los demás. En concreto, ¡qué tal que uno tomara esta actitud! ¡Y funciona! ¡Funciona! "Voy a ver qué puedo aprender, y qué puedo aprender de todos: ¿Qué puedo aprender del que me simpatiza y del que no me simpatiza?"

Personalmente, he descubierto que esas personas con las que a veces se tiene más tensión y más roce, en realidad son las personas de las que se puede aprender más. Siempre puede haber esa dificultad, siempre puede haber esa tensión. Pero, es positivo si uno toma a la persona como tal y dice: "A ver, ¿qué puedo aprender de esta persona? Supongamos que yo no estuviera aquí, alrededor, y que no estuviéramos chocando sino que, voy a mirar cómo es él o cómo es ella, y voy a aprender: A ver, ¿qué tiene esta persona?"

Esa actitud de ver qué puedo encontrar de bueno en la persona, desarma todas las estrategias del mal. Porque, la estrategia del demonio para que uno se mantenga en resentimiento o en tensión con alguien, es que uno se fije únicamente en lo negativo. Entonces, cuando uno toma la actitud del discípulo y dice: "Voy a ver qué es lo bueno que puedo aprender de esa persona", ya uno no se fija sólo en lo negativo, y más tarde o más temprano encuentra puentes de entendimiento, y se restauran la unidad y la comunidad.

Lo mismo vale cuando uno cae en cuenta de todo lo que tiene por aprender de la Escritura y de todo lo que tiene por aprender de la vida misma. Cuando uno se declara persona de experiencia, cuando uno dice: "Yo ya lo sé", entonces es cuando quiere ser maestro de todo el mundo. Pero, resulta que los demás no están tan dispuestos a ser nuestros discípulos como nosotros queremos ser sus maestros. Y ahí surge necesariamente tensión.

En cambio, otra cosa es si uno toma la actitud humilde del verdadero sabio. Recordemos aquella frase de San Agustín: "¡Ay de mí que ni siquiera sé cuánto ignoro!". Una persona que tiene esa actitud, pues, es una persona que inevitablemente cultiva la humildad y que está dispuesta a escuchar, lo que facilita enormemente la vida, y por supuesto también la vida diaria, la vida cotidiana, la vida en su expresión más sencilla.

Además, ese elogio brevísimo pero elocuente que hace el Apóstol Santiago sobre la sabiduría, indica una perspectiva que algunos llaman, "perspectiva estética sobre la vida", estética en el sentido de apreciar la belleza. La amargura se acumula en el corazón porque uno pierde el sentido de la belleza. Por eso hay esa frase que es popular en la cultura anglosajona: "Toma tiempo para oler las flores", dicen ellos. "¡Que no corras tanto! ¡Que no corras tanto! Toma tiempo para disfrutar lo pequeño". Y eso pequeño pero hermoso, va trayendo paz, va serenando el alma.

En el evangelio yo sólo quiero hacer una aclaración sobre lo que es, me parece, fuente de malos entendidos. Resulta que algunos dicen: "Ahí tenéis el caso de un epiléptico. Y la Biblia dice que, "endemoniado" (véase San Marcos 9, 25), donde se ve que la Biblia llamaba acción del demonio lo que hoy sabemos que era enfermedad psicológica o psiquiátrica. O sea que no hay tales demonios, que todo lo del demonio es una cuestión mitológica que pertenece a una etapa precientífica de la humanidad. Ahora que tenemos todos esos scanners magnéticos, que tenemos sustancias de contraste y que tenemos mil modos de aproximarnos al cerebro y a los problemas neurológicos, ya nosotros no tenemos que creer en estas cosas".

Bueno, la discusión sería larga, pero yo solamente quiero destacar un hecho. Es muy curiosa esta epilepsia que trata de mandar al niño hacia el fuego; muy curiosa esta epilepsia que trata de mandar al niño hacia el agua; curiosa esta epilepsia que se dispara cuando aparece la Persona de Jesús. No estamos negando que pueda haber una epilepsia, pero la pregunta es si había solamente una epilepsia.

De modo que no nos dejemos confundir por voces recientes, racionalistas, con tintes de lo que se llamaba "la herejía...", -se llamaba y se llama la "herejía modernista"-; no nos dejemos confundir por eso. El hecho de que haya un daño en la naturaleza, no implica que deje de haber un daño en otro orden, en este caso en el orden espiritual. Y como decía Jesús: "El que tenga oídos para oír, que oiga" (véase San Mateo 13,9).

Lo importante aquí no es intentar un reencantamiento del mundo, como diciendo: "Hay cantidad de fuerzas oscuras". La Biblia, y en particular los Evangelios, mencionan la acción del espíritu del mal sólo por una razón: para que conozcamos el tamaño de batalla en que se encuentra el ser humano, y para que encontremos y celebremos el tamaño de victoria que Dios nos ha regalado dándonos a su propio Hijo.

Así que si mencionamos esto y si mencionamos o si subrayo expresamente esa acción del maligno en este caso, no es por razones mágicas o mitológicas o precientíficas, sino para que comprendamos que aún ese tamaño de necesidad y de dificultad en el ser humano es vencido, es superado por la acción de la gracia y la presencia de Nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos.

Amén.