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Fecha: 20020211

Título: "Dios, bendice mi ambiente, que en el se repire tu presencia".

original en audio: 12 min. 7 seg.


Hermanos:

Hoy, la primera lectura nos ofrece un motivo muy especial de reflexión: la presencia de Dios. Presencia, que en el caso de aquel templo, se hace palpable, se hace sensible, a través de la nube.

Si recordamos, hermanos, hay varios lugares en la Escritura en los que Dios manifiesta su presencia a través de una nube, de modo que podemos decir que la nube es como una señal de Dios. Por ejemplo, en el Sinaí, densos nubarrones señalan a todo el pueblo, y especialmente a Moisés, la presencia de Dios.

Ahora, en la lectura que acabamos de oír, Salomón consagra el templo, y la nube del Señor llena el templo. Si recordamos, en la vocación del profeta Isaías, allá en el capítulo sexto del libro que lleva su nombre, algo semejante sucede, también allí Isaíias contempla la gloria del Señor, se llena el templo de la gloria del Señor, hay una presencia y hay una nube.

Lo mismo podríamos decir en el caso de la Transfiguración, cuando estaban orando, en el momento de la Transfiguración, una nube aparece, una nube que cubre a Cristo, una nube de donde sale esa voz, la voz del Padre: "Este es mi Hijo amado" San Lucas 9,35, expresión que nos recuerda, ciertamente, lo sucedido en el momento del Bautismo.

También podemos hablar aquí de aquella hora de la ascención del Señor; en el momento de la ascención, nos dice Lucas en los Hechos de los Apóstoles: "Cristo se levanta hacia los cielos, hasta que una nube lo quitó de la vista de los discípulos, de los Apóstoles" Hechos de los Apóstoles 1,9.

Esa nube no es una señal de la altura, de los kilómetros que llevaba Cristo ya sobre el suelo, esa nube es más una señal de la entrada de Cristo en la plenitud de la gloria del Padre.

Y para recordar un último pasaje, pero o por último el menos importante, recordemos lo que le dice el Ángel Gabriel a la santísima Virgen María, cómo le dice que "el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" San Lucas 1,35.

Ese encubrir, ese envolver en la gloria de Dios, es una señal, indudablemente, de la presencia divina.

Una nube es una hermosa imagen de la presencia de Dios, porque la nube se ve y, sin embargo, no deja ver; la nube está y, sin embargo, nos impide agarrar, nos impide apoderarnos.

Cuando nosotros vemos las cosas, con el aire despejado, con la atmósfera clara, podemos envolverlas con nuestro pensamiento, pero el que está dentro de una nube, ve a la nube, y sin embargo no puede adueñarse de la nube, sino que más bien es la nube la que se apodera de él.

No podemos comprender, no podemos abarcar la nube; sabemos que está, sabemos que nos colma, sabemos que nos envuelve, pero la nube no se deja atrapar de nosotros, más bien nosotros quedamos en ella.

Y esto es exactamente lo que sucede en Dios. Dios nos es un juguete para nuestras manos; Dios no es una herramienta para nuestros deseos; Dios no es una fuerza para nuestros proyectos; Dios no es una energía para nuestros sueños o para nuestra codicia como lo pretende la magia.

Dios no es una energía, no es una fuerza, no es una herramienta, no es un juguete; no es Dios quien tien que estar en nuestras manos, sino nosotros quienes debemos estar en las manos de Dios.

Y fíjate una cosa: cuando vas por la carretera y hay un tramo que está envuelto en la nube, en la neblina que llamamos, cuando hay neblina, ¿qué nos toca hacer? disminuir el ritmo, no podemos seguir de cualquier manera, y si la neblina se hace demasiado, demasido espesa, casi nos toca detenernos.

Así sucede también cuando nos encontramos con Dios, de algún modo fue lo que le pasó a San Pablo, allá cuando llegaba a Damasco, se habla también allí de un resplandor, fue como una nube de luz que encegueció a este hombre.

Él iba con su meta, con su propósito, Dios tuvo que detenerle esa meta y ese propósito, y tuvo que involucrarlo, tuvo que envolverlo en un proyecto nuevo, una meta nueva y un propósito nuevo.

De modo, mis amigos, que Dios, en la nube, nos cambia nuestra lógica: "No eres tú quien vas a adueñarte de mí; eres tú quien estás en mis manos".

Otra reflexión que podemos hacernos tiene que ver con la idea del ambiente. Un sacerdote amigo mío, con quien tuve la oportunidad y la gracia de confesarme, después de darme la absolución, hizo una oración, bendiciendo mi vida, mi familia, mi sacerdocio.

Todas estas son expresiones pues relativamente conocidas, cuando una persona le desea a uno el bien, cuando una persona lo bendice a uno, pues alude a eso: "Que Dios te bendiga, que bendiga tu sacerdocio; pero él dijo una expresión que me llamo la atención y se me quedó grabada: "Que Dios bendiga tu ambiente y tus ambientes".

Es lo quepodríamos llamar "la ecología espiritual". ¿Qué es lo propio de la ecología? Que cuida no sólo del organismo, se trate por ejemplo de una especie animal o vehetal, no mira solamene al organismo, sino que mira el organismo en su entorno, en su ambiente, en su hábitat.

Si pensamos, por ejemplo, en un faisán, o en un cóndor, o si pensamos en un ornitorrinco,pues una especie de esas no puede vivir en cualquier parte, necesita un ambiente, un ambiente con una temperatura, con un grado un grado de luz, con un grado de humedad; necesita unas ciertas circunstancias, algo que lo envuelve y que hace posible que él exista, queél crezca.

Pues bien, lo mismo, mis hermanos, sucede con nosotros; la vida del Espíritu, la vida divina no es simplemente algo que está en nosotros, como si fuera un acontecimiento meramente privado, como una opción individual, quizá loca, que tenemos.

No, la fe nuestra no es solamente eso, la fe nuestra, mis amigos, supone también la transformación de lo que nos rodea y la creación de un ambiente, es la famosa idea de la presencia del Evangelio en la cultura, la inculturación.

Dios muestra su presencia en la nube, Dios crea un ambiente, podríamos decir, hay un ambiente en el que se respira a Dios, se siente la presencia de Dios. Esa experiencia la necesitamos, y con esa experiencia, necesitamos también alimentar la fe de otros.

Por eso, amigos, la experiencia de la nube es una experiencia de ambiente. Y tenemos que pedirle a Dios, definitivamente, lo que pedía aquél sacerdote para mí en aquella ocasión, y que lo seguiré necesitando sempre, todos lo necesitamos: Dios, bendice mi ambiente, que en mi ambiente, en mis ambientes, se repire tu presencia".

de algún modo, esto significa la consagración de nuestros lugares de vivienda, de trabajo, de rereación; significa, no otra cosa, sino el retorno agradecido del Universo hacia el corazón de Dios.

Fue lo que dijo San Pablo en la Carta a los Efesios: "El que bajó, es el mismo que subió, pero subiendo a la altura, lleva al Universo consigo; subiendo a la altura, no sube solo, sube con todos nosotros" Carta a los Efesios 4,8, es el Universo el que asciende con Cristo.

Y en la medida en que comprendemos que la presencia de Dios es nube, nube que transforma, que colma, que llena nuestros ambientes, entendemos también que tiene que colmar, tiene que cambiar todo eso que nos rodea, para que el Universo pueda volver jubiloso a los brazos de Dios Padre.