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Fecha: 20080130

Título: Volvernos casa para la Eucaristia, y Cristo hara una casa para que vivamos de El y en El

Original en audio: 16 min. 39 seg.


Hermanos:

Vayamos juntos a la primera lectura del día de hoy, porque creo que es un ejemplo notable de cómo, a través de expresiones muy sencillas, Dios nos dice cosas muy profundas.

Esto se nota igualmente en el evangelio, donde precisamente Jesús utiliza los elementos más rudimentarios y más comunes de la agricultura,para darnos una enseñanza de profundísima espiritualidad. Tal es la parábola del sembrador.

Pero mucho antes del Evangelio, en este Segundo libro de Samuel, tenemos ese ejemplo de una expresión muy sencilla que sin embargo tiene un mensaje profundísimo. Y la expresión es construir una casa. Resulta que Dios hace una alianza especial, hace una promesa a David, y entonces David le quiere construir un casa a Dios.

Y lo que nos hemos encontrado en este capítulo séptimo del Segundo libro de Samuel es que Dios le responde: "No es que tú me vas a construir una casa a mí, es que yo te voy a construir una casa a ti" 2 Samuel 7,5-11. Y en el juego de significados de esa expresión hay mucho más de lo que aparece a primera vista.

Sobre todo cuando recordamos que en el libro del Apocalipsis también se habla de la casa de Dios, o mejor, se habla de una ciudad que no tiene templo, una cuidad en donde no está la casa de Dios porque todo es de Dios.

Cuando uno piensa en una ciudad sin iglesias, una ciudad sin templos, yo creo que la primera reacción de uno es: "¡Qué tristeza, no hay un lugar para orar, no hay un lugar para reunirse!"

Y sin embargo, en el Apocalipsis, en ese tremendo mensaje de alegría y esperanza que es el Apocalipsis, la gran respuesta de Dios a los anhelos humanos no es una ciudad con un templo, sino una ciudad que no tiene un templo porque toda ella está llena de la presencia del Señor.

Y así nos dice el vidente del Apocalipsis que él no vio templo en esa ciudad, y la razón por la que no había templo es porque Dios llenaba completamente todo.

Volvamos al texto de David. Hacerle una casa a Dios suena hermoso, suena devoto, pero también significa que a veces podemos estar limitando a Dios, encerrando a Dios en el templo.

Pensemos en lo que sucede aquí en Europa. Aquí se quiere cerrar a Dios en el templo; aquí se quiere meter a Dios únicamente en la sacristía; aquí se quisiera encerrar a Dios en una cajita más pequeña que un sagrario; aquí se quiere que el espacio grande, el espacio público sea para nosotros los seres humanos, y que Dios quede relegado allá, a las capillas, a las devociones, a la afición devota, piadosa de alguna gente que necesita esa especie de juego mental.

Hacer un templo puede ser un acto de devoción, pero hacer un templo también puede ser una acto que encierra a Dios. Y lo que nos muestra en particular el libro del Apocalipsis es que parece que a Dios no le gusta estar encerrado; Dios quiere llenarlo todo.

Los que estudian las religiones hablan de la diferencia entre lo sagrado y lo profano. Y lo que viene a decirnos el Apocalipsis, y el mensaje más profundo de la lectura de hoy es que esa división no le gusta mucho a Dios; a Dios no le gusta mucho que haya unos templos específicos, que son los tiempos sagrados, y otros tiempos, que esos sí no son sagrados y que que entonces son tiempos profanos, son tiempos para nuestros asuntos.

A Dios no le gusta esa diferencia entre lo mío y lo de Él; a Dios no le gusta que yo diga: "El tiempo de Dios es de siete a ocho de la mañana, de modo que las otras veintitrés horas que quedan son para mí"; a Dios no le gusta que yo diga: "El espacio de Dios es en la esquina que queda entre Dawson Street y Dominick Street; ahí en esa manzana, ahí dentro de esos ladrillos, es el espacio de Dios, y que Dios nos deje tranquilos por fuera de ese espacio."

Dios quiere llenarlo todo. Dios quiere llenar todo el espacio y todo el tiempo, porque Dios quiere llenar el corazón.

Esta misma desconfianza sobre el significado limitante que tiene el templo, esta misma suspicacia o desconfianza aparece en Jesús, especialmente en el evangelio de Juan. Seguramente recordamos esa escena en que la gente pondera delante de Jesús la hermosura del templo, como quien dice: "Qué cosas tan bonitas hemos hecho para Dios", pero también: "Qué bien ha quedado delimitado el espacio de Dios".

La actitud de Jesús es prácticamente agresiva: "Destruyan eso, acaben con eso, y lo reconstruyo en tres días" San juan 2,19.

Pero lo más interesante es el comentario que hace el Evangelista, el comentario que hace Juan en ese momento: "Él se refería al templo de su cuerpo" San juan 2,21. El verdadero templo, el templo digno de ese nombre es el cuerpo de Cristo.

Y aquí viene otra resonancia profundísima de esa primera lectura: ¿hoy quién es el Cuerpo de Cristo? Nosotros.

Nosotros somos esa edificación, mucho más que cualquier concreto, ladrillo, madera; mucho más que plástico, vidrio, plomo o cualquier material; nosotros somos el lugar donde el Señor quiere residir, y por eso la casa de Dios sólo la puede construir Dios, que es en el fondo lo que Natán le dice a David.

Los descendientes de David y los que son fieles al Reino de Dios a través de la casa de David, esos van a ser el templo, esos son el verdadero lugar donde Dios reside; en ellos puede reflejarse la gloria, la grandeza, la belleza, el poder de Dios, en ellos.

De manera que sólo Dios construye su casa, y según el Apocalipsis, la culminación de esa casa es que todo queda restaurado en Él. Como dice San Pablo: "Todo es vuestro; vosotros de Cristo, Cristo de Dios" 1 Corintios 3,23 .

Y en la medida en que se recupera ese orden, en la medida en que nosotros nos integramos a Cristo, y en la docilidad a Cristo reconducimos el universo hacia Dios, entonces todo se convierte en lugar donde brilla su gloria, donde brilla su hermosura.

Hay un último aspecto en este pasaje que quiero destacar. Resulta que Dios le hace esta promesa maravillosa a David y le dice que va a afirmar la descendencia que saldrá de sus entrañas. La palabra descendencia en muy interesante en la Biblia.

Recordemos que la primera vez que aparece es en Génesis, capítulo tres, donde se establece hostilidad entre la serpiente y la mujer, y se establece sobre todo hostilidad entre la descendencia de la serpiente y la descendencia de la mujer.

Lo interesante es que en el genio de la lengua hebrea esa palabra descendencia puede referirse a la cadena de descendientes, como decir hijos, nietos, bisnietos, tataranietos; pero esa palabra descendencia también puede referirse a una persona, y eso aparece en la lectura de hoy.

Fíjate cómo dice esta traducción: "Afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas" 2 Samuel 7,12; y más adelante dice: "Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo" 2 Samuel 7,14.

Así que por un lado Dios está prometiendo una casa, está prometiendo una descendencia, es decir, una sucesión, pero por otra parte está, esta anunciando a alguien.

El primero en el que se cumple esa promesa es, por supuesto, el que salió directamente de las entrañas de David, de su propio cuerpo, de su propia sangre, es decir, Salomón.

Pero esa deliciosa ambigüedad que tiene el hebreo con respecto a la palabra descendencia, permite que se refiere tanto a una persona, repito, como a una sucesión; y se puede pasar de la persona a la sucesión y de la sucesión a la persona.

Esto se expresa, por ejemplo, en los Evangelios, cuando a Jesús lo llaman "hijo de David" San Lucas 18,38, ¿esa expresión qué quiere decir? Quiere decir que la gente, sin duda, movida por el Espíritu Santo, reconocía en Jesús esa descendencia; reconocía en Él la presencia de la promesa; reconocía el cumplimiento de lo que Dios había dicho, es decir, reconocía "ahí está la casa que Dios ha construido", y por lo tanto, "ahí está Dios haciéndose presente".

Yo creo que es difícil para nosotros los occidentales captar toda la profundidad que hay en esa expresión "hijo de David" San Lucas 18,38. Lo que se está diciendo es ni más ni menos: "Tú eres el heredero de las promesas; en ti se hace presente Dios de un modo único", o lo que Él mismo dijo: "Mi templo eres tú".

La expresión "hijo de David" San Lucas 18,38 viene a equivaler a: "Tú eres el verdadero templo, porque tú eres la verdadera casa". Ese es Jesús. Ese es nuestro adorable, bendito y hermoso Señor Jesucristo.

Por eso, mis hermanos, les decía al principio cuánta profundidad en palabras tan sencillas: "construir una casa", y mira cuántas cosas. Todavía nos falta una última, que creo que vale la pena mencionar, por la proximidad que esta fiesta tiene siempre, que este día tiene siempre con la fiesta de Santo Tomás de Aquino.

Santo Tomás decía: "Nosotros no podemos comprender a Dios". Pero el verbo "comprender", en latín, tiene un significado muy específico; comprender significa abarcar, envolver, abrazar completamente; es decir, Dios no cabe dentro de nosotros.

Desde un punto de vista natural, desde lo que nosotros somos por naturaleza, no podemos abrazar completamente, no podemos encerrar a Dios.

Y esa humildad de nuestra inteligencia, es al mismo tiempo el reconocimiento de lo que somos y la proclamación lo que podemos llegar a ser.

Por sus propias fuerza, ni nuestra inteligencia ni nuestras palabras, pueden contener a Dios. Por eso necesitamos algo más que nuestra naturaleza, necesitamos el toque de la naturaleza divina, ese toque que es lo que la teología llama gracia.

Necesitamos la presencia y la acción de la gracia divina para poder convertirnos en templo de Dios, para que Dios pueda habitar en nosotros, porque al tocarnos con su gracia, Él nos hace nuevos.

Esos son los tremendos, los hermosos misterios que celebramos aquí. Y yo solamente les invito a un pensamiento: la Hostia en tu boca, Cristo dentro de ti. Piensa en eso. Piensa en lo que significa volverte una casa para la Eucaristía, y piensa, que al convertirte en una casa para la Hostia consagrada, es Cristo el que está haciendo una casa para ti, para que tú vivas de Él, para que tú vivas en Él.

Sigamos, pues, celebrando este amor, celebrando este misterio y preparando la boca, y sobre todo el corazón, para recibir al Dios vivo.