O016002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20000115

Título: Recibir la misericordia de Cristo con todas sus implicaciones

Original en audio: 6 min. 53 seg.


Son de inmenso consuelo para nosotros las palabras que nos regala el evangelio de hoy. Pero así como son de consoladoras, así son de comprometedoras.

Sumergirse en el torrente del amor de Cristo es delicioso, cuando es uno el que se va a bañar. Pero abrir espacio para que otros se bañen en el mismo torrente, eso cuesta trabajo.

Y sin embargo, no tenemos nosotros derecho a pedir tanta misericordia para nosotros y a ser tan duros, tan estrictos, tan difíciles para nuestros hermanos. La misma misericordia que tú necesitas, la necesita tu hermano. Y el mismo Cristo, que por misericordia te perdona, perdona a tu hermano.

Ahí se oyó demasiado amable; vamos a ponerlo más drástico. El mismo Cristo que te perdona a ti, perdona a tu enemigo, perdona a tu rival, perdona a tu competencia, perdona al que a ti te fastidia.

¿Estás dispuesto a recibir un tamaño de misericordia como éste del que nos habló el evangelio de hoy, una misericordia expresamente abierta y ofrecida para los más sucios, para los más pobres, para los excluidos? "Claro que estoy dispuesto, porque soy de ese grupo". ¿Y eres el único? "No, conmigo hay mucha gente, pero el único que tiene derecho a entrar soy yo". Es absurda esta posición.

Por eso la blandura, la ternura de Cristo, es al mismo tiempo la exigencia de Cristo. En todo lo que nosotros veamos que Cristo es exigente, lo es, porque es misericordioso. Y en todo lo que veamos que Cristo es misericordioso, hay también una exigencia para nosotros.

La exigencia que Cristo trae a nuestras vidas, no es ajena a nuestras necesidades, sino que más bien brota del amor que Él tiene por nosotros, los necesitados. La misericordia de Jesucristo es el gran consuelo nuestro, pero también es la inmensa responsabilidad que llega a nuestras vidas.

No puedo yo recibirle la misericordia a Cristo, y cerrarle las manos. No puedo acogerle el amor a Cristo, y decirle: "Ya no ames a nadie más". Entonces, ¿qué hago? ¿Me quedo con ese amor que es lo único que necesito, o recibo ese amor, y le doy permiso a Él, a que ame a los que a mí poco me importan, poco me gustan, o contra los que tengo tantas cosas?

Este es el drama del llamado que nos hace Jesucristo en este día. ¿Cómo negarse uno a esa palabra: "Sígueme"? San Marcos 2,14. Pero fíjate lo que viene inmediatamente: "De entre los muchos que lo seguían" San Marcos 2,15. "¡Ah! Entonces no voy a ser el único".

¡Sígueme! Pero "sígueme" es, "sígueme con los otros". "No voy a ser el único". "Sígueme" es, "sígueme con los que tienen faltas como las tuyas, peores que las tuyas, más leves que las tuyas". Seguir a Cristo es entrar en la multitud de los cristianos. ¡Qué hacemos!

El corazón humano es tan retorcido, que es capaz incluso de imaginar esos absurdos: "Rico seguir a Jesús. ¡Ah! Pero, qué pereza con esas chichoneras que se forman en el seguimiento de Cristo". "Hermoso seguir a Jesucristo, pero realmente con esos acompañantes...".

Quisiéramos seguir sólo a Jesucristo. Pero no caemos en cuenta, que seguir a Cristo es tener las mismas actitudes de Cristo. Y si Él tiene esas actitudes para con nosotros, pues estamos nosotros llamados, si es que lo estamos siguiendo, a tener esas actitudes con aquellos con los que Él las tiene.

Seguir a Jesús es hacernos partícipes de su manera de amar. Seguir a Jesús es hacernos partícipes de su manera de servir, de su manera de perdonar, de su manera de sanar. Seguir a Jesús, como comentaremos en alguna otra predicación, es participar de su destino, es darle autorización a Cristo para que nos pase a nosotros lo que le pasa a Cristo.

Seguimos esta celebración, pero ya se ve a dónde vamos. Vamos a recibir el Cuerpo de Cristo, vamos a recibir el amor de Cristo en su máxima expresión. ¡En su máxima expresión! No hay otra más perfecta sobre la tierra. Para buscar una más perfecta, hay que morir, hay que ir a los Cielos. Vamos a recibir la máxima expresión del amor de Cristo, este Cristo que dijo, que había venido a llamar a pecadores y enfermos.

¿Estamos dispuestos a recibir ese amor, y a dejar que ese amor pase a través de nosotros, hasta llegar al enemigo que nos cae mal, al que nos ha traicionado, nos ha robado, nos ha engañado? ¿Estamos dispuestos a eso?

Pero atención. Yo no estoy diciendo, a repetir lo que Cristo hace, sino a darle permiso a Cristo, para que Él, a través de nosotros, haga lo que Él sabe hacer. Porque uno, con las fuerzas de uno, no va a poder hacer eso.

Hay ciertas personas a veces en la vida, que uno siente: "Dios le ayuda". Se necesita "Dios le ayuda" para bendecir a esta persona, para perdonar a esta persona, para orar por esta persona.

Nosotros vamos a recibir el amor de Cristo, y sólo fijándonos en ese amor, sólo confiando en ese amor, le diremos a Jesús: "Tú, tú y sólo tú puedes, tomando mi ser, adueñándote de mí".

"Te entrego mi voluntad. Tú puedes hacerlo, tú puedes hacer tu obra de amor y de misericordia para con los demás. Yo no puedo repetir lo que tú hiciste, pero sí puedo darte permiso, darte mi autorización, mi corazón y mi voluntad, para que tú hagas en mí, lo que tú sabes hacer".

Ese es el sentido de la Comunión en este día.