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Fecha: 19960709

Título: Un signo de la presencia de Dios

Original en audio: 10 min. 37 seg.


Dice la oración Colecta de la Santa Misa que hoy celebramos: "Padre, en tu solicitud amorosa, has querido darnos en Chiquinquirá un signo de tu presencia". Precisamente, como es bien conocido de todos, esto fue lo que sucedió.

Hace cuatrocientos diez años, en los inicios, realmente en los inicios de la obra de evangelización en nuestra patria, quiso Dios dar una señal de su presencia. Y este primer pensamiento, creo que es de mucho consuelo, de mucho provecho para todos nosotros. ¡María, como señal de Jesucristo!

Donde Ella se manifiesta, en la vida en que Ella aparece, aparece siempre como una señal de Jesús. Porque también en la historia de la humanidad, cuando Ella apareció, fue como aurora del día de Cristo. No aparece para mostrarse Ella, sino para anticipar, para preparar el camino de Jesús.

Así en su Santuario en Chiquinquirá y en tantos otros lugares, María llama a sus hijos. María, como Discípula, llama a otros a que sean discípulos. María, como Esclava del Señor, llama a otros a que a su vez le sirvan. María, como Madre de Dios, invita a otros a que también tengan esa vida divina en sus corazones.

Nos atrae hacia sí, pero simplemente y solamente, para que junto a Ella entremos en la escuela de Jesucristo, le conozcamos, le amemos, le sirvamos.

Dice la oración: "Has querido darnos un signo de tu presencia". Un signo de tu presencia es como un presente. En castellano utilizamos la palabre "presente", para referirnos a un regalo: "Me hicieron o me dieron este presente". Y le llamamos un presente, porque está diciendo la presencia de la persona.

"Con motivo del grado de fulanita, le dieron este presente". Ese presente se llama así, porque trae como la presencia de la persona que lo ha dado. Pues bien, así también María en Chiquinquirá y en muchos otros sitios, María, en nuestras vidas, es como ese presente.

Pero de aquí quisiera sacar yo otra enseñanza. María, Nuestra Señora, es una señal. Por ejemplo, la milagrosa renovación del cuadro que se venera en la Basílica de Chiquinquirá, es una señal, es un presente. Pero ese cuadro, ese milagro, ese lugar, no están hechos para que nosotros nos quedemos mirando al presente, sino a Aquel que nos dio esa presencia.

Porque sabemos que a los niños les gusta a veces tanto, tanto los regalos, que se quedan mirando al regalo y no a quien le dio el regalo. O como pasa en otros contextos; también a nosotros nos puede suceder lo de aquel que levanta el dedo para mostrar la luna, y nos quedamos mirando el dedo.

Chiquinquirá es un signo de la presencia de Dios, es una señal de Jesucristo. La renovación de un cuadro, o un milagro, o una aparición, es una señal de la Presencia, es como el dedo. Pero lo que hay que quedarse mirando no es el dedo, sino lo que apunta el dedo.

Entonces, no nos quedemos solamente con lo maravilloso del milagro. No nos quedemos solamente con lo hermoso del templo o del lugar. No nos quedemos con la materialidad del cuadro o de la imagen. Que nuestra devoción llegue hasta el final. Y hasta el final, es hacia donde apunta ese signo. ¡Que nuestra devoción alcance su plenitud!

Es decir, entendamos con el corazón, por qué Dios quiso darnos esa señal. Entendamos, hacia dónde mira esta Virgen. Entendamos, hacia dónde apunta ese amor y sigamos ese rastro. Sigamos esa huella, como persiguiendo a Cristo, como buscando la señal, ya no sólo de su presencia entre nosotros, sino de nuestra presencia y de nuestra vida en Él.

Roguemos también en este día por nuestra patria. Porque si hay algunos cristianos que se apegan, como carnalmente diríamos, como materialmente, al milagro o al cuadro, y éstos tienen que purificar de alguna forma su devoción, hay otros que ni siquiera rastro de esa devoción tienen.

Hay unos, en los que habría que educar la fe. Hay otros, en los que hay que suscitarla. Y éstos, quizá, son los más graves.

¡Pidamos por Colombia! Dios, en su solicitud amorosa, nos ha dado un signo de su presencia en Chiquinquirá. Necesitamos signos de su presencia, signos renovados de su presencia.

A mí me dice mucho este cuadro de Chiquinquirá; me dice mucho sobre el Evangelio. Porque habiendo sido pintado una vez y descolorido, el milagro estuvo precisamente en renovarse. Pues yo creo, que si ese es el signo que Dios quiso darnos, ese es el signo que también necesitamos hoy en nuestra patria.

Parece que nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor, nuestro sentido de la justicia y de la verdad, de la honradez, la familia colombiana y muchísimas familias en Colombia, están desteñidos, desdibujados, están borrosos.

Hay muchas vidas descoloridas, en las que no aparece claramente lo que Dios quiere. Hay muchas vidas desteñidas, que esperan y que necesitan un milagro como el de Chiquinquirá. Estas vidas necesitan ese milagro, y por eso, necesitan también de mujeres como María Ramos, que al pie de una imagen descolorida, supo esperar en oración.

Nuestra patria necesita corazones orantes como el de María Ramos, que se postren y que imploren delante de la imagen descolorida de Colombia. Que rueguen a Dios, aunque esté desteñida la familia, aunque esté inteligible el gobierno, aunque sea incomprensible el camino, tantas veces de corrupción, de deshonestidad, que parece invadir todos los ámbitos de la vida privada y pública en nuestro país.

Se necesitan corazones perseverantes, que rueguen a Dios ante esa imagen descolorida. ¡Que rueguen con persistencia! ¡Que rueguen con fe! Que rueguen, no maldiciendo, descalificando y desbarrando de sus hermanos colombianos, sino con ese mismo cariño, esa misma misericordia con la que María Ramos le pedía al Señor y a la Virgen; mediante palabras como: "¿Hasta cuándo estarás oculta, Rosa del Cielo?"

Hay en Colombia una manifestación, hay un rostro de María en cada corazón. Ese rostro de María, evangelizada y evangelizadora, ha de aparecer de nuevo en nuestra patria.

Y para ello, se necesitan corazones orantes.