Nde5017a

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El Evangelio de hoy está tomado del capítulo quinto de san Lucas, lo mismo que los otros Evangelios que hemos tenido después de Epifanía, este texto también nos muestra una manifestación, esa es la palabra clave durante todos estos días, Cristo como manifestación de Dios, de su amor, de su poder, de su misericordia, de su sabiduría, de su salvación para nosotros.

Es evidente en el texto que hemos escuchado quién es el que resulta beneficiado por esa bondad de Cristo, un hombre leproso que se acerca al Señor y le dice: “Señor, si quieres, puedes purificarme” (Lc 5,129. Cristo toca al leproso, la enfermedad le abandona y para alegría de este hombre y para testimonio de muchos, la lepra ha sido vencida (cf. Lc 5,13-15). De inmediato nos damos cuenta que estamos frente a una epifanía, porque se ha mostrado el poder sanador de Dios, de inmediato también podemos relacionar este texto con nuestra propia vida porque como seguramente hemos escuchado en otras explicaciones, la lepra en la Biblia es como una imagen del pecado, porque nos va destruyendo, porque aleja al leproso de su propia familia, de su entorno, porque también hace que esta persona quede condenada a un destino miserable y a la muerte; así que la lepra es imagen del pecado. El Cristo que vence a la lepra y que por consiguiente libera así al leproso, es el Cristo que quiere acercarse a mi vida, porque quiere sacar de ella lo que en realidad no es mio. Cuando se mira el efecto espantoso de la lepra, parece inseparable la lepra del leproso, pero Cristo sí puede separarlas, y cuando las separa, te está diciendo: “tu no eres la lepra”. La persona soberbia parece una sola cosa con su actitud y con su pecado de soberbia, y lo mismo podemos decir del envidioso, del lujurioso, del mentiroso; parece imposible separar las mentiras del mentiroso pero Cristo sabe cómo hacerlo, y ese poder, ese bisturí que logra separar al pecador del pecado, es el que está mostrando que Dios mismo está obrando ahí.

Con esta convicción ya sabemos cómo aplicar este texto a nuestra vida, cuál es nuestra lepra, cuál es el pecado que parece que se nos ha pegado tanto, que lo consideramos como nuestra manera de ser, cuando una persona dice: “¡es que yo soy así!”, pues en realidad lo que está diciendo es: “yo no quiero separarme de mi pecado”; pero Cristo viene a nuestra vida para decirnos: “si se te puede separar de tu pecado, tu no eres tu pecado”.

Hay un último detalle que quiero comentar en este hermoso pasaje del capítulo quinto de san Lucas, sucedida la curación y con toda la admiración de la gente, Cristo se va en soledad a la oración (cf. Lc 5,16), el Cristo que nos sana es el Cristo que luego se sumerge en la profundidad de su unión con Dios Padre, ¿qué debemos aprender de este hecho?, alguien podría decir: “es un acto de humildad de Cristo que de esa manera está huyendo del aplauso de la gente”, y bien, correcto, es humildad de Cristo. Otro puede decir: “se trata de un acto con el que Cristo está invitando a la persona curada, a que no se quede en la superficie de la curación sino que de alguna manera profundice en el amor que Dios le ha mostrado”, es también una interpretación válida. A esas dos quiero añadir una tercera: el Cristo que se me ha manifestado como capaz de sanar mi lepra, luego me invita a ir con Él a la oración, a ir con Él a la intimidad con Dios Padre, a ir con Él a la perfecta unión con Dios; es decir que Dios venga a mi, es motivo de inmenso gozo, pero no solo quiere venir a mi, quiere llevarme con Él, quiere que esto que ha empezado como una manifestación de ternura, llegue a ser en mi vida una plenitud de salvación, una plenitud de amor; ¡hermoso que Dios haya llegado a esta tierra, pero más hermoso que quiera llevarnos con Él hacia su cielo!.