Nde5011a

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Fecha:20110101

Título: Es verdad que la carne de Cristo se hizo como la nuestra

Original en audio: 4 min. 9 seg.


La Primera Carta de San Juan tiene cinco capítulos. Y estamos ya en ese último capítulo, el número cinco.

¿Qué es lo que nos ha enseñado? ¿En qué ha insistido este Apósotol al escribir ese documento que es tan profundamente poético, que es tan bello y a la vez tan profundo? ¿En qué ha insistido él?

Básicamente, en que la Carne de Cristo es verdad, es decir, que Dios realmente asumió nuestra naturaleza, y esto significa que la santidad más grande, mucho más grande de lo que podemos imaginar, ha acontecido en nuestra humilde naturaleza, la misma que hemos visto fracasar tantas veces en toda suerte de pecados.

Es decir, lo más alto en cierto sentido se ha unido a lo más bajo; y esto significa que entonces nuestra vida también está llamada a esa altura. Si la Encarnación no fuera una realidad, si la carne de Cristo no fuera como la nuestra, entonces Cristo no podría ser nuestro modelo, porque significa que Él habría vencido, pero habría vencido en una batalla distinta de la nuestra.

Nuestra batalla se libra en medio de la precariedad, en medio de la fragilidad y en medio de las tentaciones que son inherentes a nuestra existencia en esta tierra.

Si Cristo no ha tenido una existencia como la nuestra, entonces que se digan grandes cosas de Cristo poco importa, porque significa que esa victoria no nos dice nada a nosotros; nuestra carne seguiría siendo únicamente dominio de la debilidad y del pecado.

Por eso la Primera Carta de Juan ha insistido tanto en que la carne de Nuestro Señor, la vida de Nuestro Señor Jesucristo es verdadera referencia para nosotros. Que Él ha venido verdaderamente, que ha muerto verdaderamente, que se ha entregado verdaderamente por nosotros.

Y por eso nos dice el pasaje de hoy, en el capítulo quinto: "Él ha venido no solamente con el agua-, agua que puede ser símbolo de tantas cosas-, sino con el agua y con la sangre" 1 Juan 5,6. La sangre de Jesucristo es la expresión de un sacrificio que es real, que es total.

Como diría bellamente San Ignacio de Antioquía: "Si Cristo no sufrió verdaderamente, entonces tampoco nosotros hemos sido verdaderamente amados". La sangre de Cristo tiene el valor revelatorio de un amor que no muere.

Cristo me ha amado hasta la sangre, y esa sangre se convierte en un testimonio que me evangeliza, y esa sangre al mismo tiempo se convierte en un clamor de perdón y de misericordia, en lo más alto de los cielos, ante el trono de la majestad divina.

Por su parte, el evangelio de hoy nos presenta a Cristo venciendo la lepra, y es una vez más una señal mesiánica, una señal revelatoria. Porque la lepra no era una enfermedad más, era la imagen misma del pecado que carcome, que destruye que margina, que excluye.

Pidamos al Señor que Él manifieste todo su poder mesiánico en nosotros, y digamos también con júbilo, como dice un salmo: "Nosotros somos tu pueblo y ovejas de tu rebaño" Salmo 99,3.