Nde5009a

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Fecha: 20090109

Título: Los testigos de Dios son el Espiritu, la Sangre y el agua

Original en audio: 60 min. 50 seg.


Queridos Hermanos:

La primera lectura de hoy nos habla del volumen y la calidad del amor que hemos recibido. Hemos sido amados hasta la sangre, hemos sido amados hasta la entrega de la propia vida. El mismo Señor Jesucristo en el evangelio de Juan dijo: “Nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos” San Juan 15,13.

Y con esas palabras Él estaba describiendo su propio corazón, estaba describiendo también su propia misión. Eso fue lo que Él hizo: amarnos hasta entregar la vida, amarnos hasta derramar la sangre, y nos dice la primera lectura que “el agua y la sangre son testigos” 1 Juan 5,7-8.

Nos dice que hay tres testigos: "El Espíritu, el agua, y la sangre" 1 Juan 5,7-8.

Y nosotros recibimos ese testimonio cuando contemplamos con fe el sacrificio de Jesucristo, cuando aceptamos con amor, el amor que Él nos ha dado, cuando recibimos sobre nuestra vida, sobre nuestro cuerpo y sobre nuestra alma el baño saludable del bautismo. Eso es recibir el testimonio de Dios.

El testimonio de Dios es necesario, porque así como Dios nos está gritando su amor, hay otros gritos que también están dentro de nuestro corazón; dentro de nuesro corazón tal vez está el grito de la angustia, el grito de la depresión, el grito de la tristeza, el grito de la injusticia.

También está, seguramente, el aullido del enemigo, está el crujir de nuestra carne, está la seducción del mundo; todas estas son voces, todos estos son mensajes que compiten en nuestra mente, y que tratan de ganar nuestra atención.

El mundo tiene su propio mensaje, tiene lo que podríamos llamar: “su evangelio”. Por ejemplo, el mundo nos dice que si tenemos mucho dinero, mucho prestigio, mucho éxito y mucho placer, entonces seremos plenamente felices.

Y esta voz seductora del mundo, esta voz sin escrúpulos, esta voz atractiva, pegajosa, perseverante, envolvente, empieza a adueñarse de nuestros corazones, y un día sentimos que somos capaces de hacer casi cualquier cosa con tal de lograr eso que el mundo promete.

Es decir que el mundo está dando su propio testimonio y ese testimonio y ese mensaje llega a nuestro corazón, llega a nuestra mente y compite por nuestra atención. La carne tiene también su propio mensaje.

Asociamos la carne con el deseo del placer, sobre todo del placer sexual, pero no es esa la única voz que tiene la carne. El reclamo de la carne que pide ser complacida con el placer, no es el único reclamo.

De hecho, si vamos a la Sagrada Escritura encontramos, por ejemplo, en los escritos del Apóstol San Pablo, todo un elenco de significados de la palabra “carne”.

Por darles solamente un ejemplo, en la Carta a los Gálatas, capítulo quinto, el gran Apóstol de los gentiles, el gran Apóstol San Pablo nos habla de los frutos de la carne, y entre esos frutos de la carne menciona, por ejemplo, las rencillas, las envidias, cosas que no tienen que ver directamente con pecados sexuales.

Lo que sucede es que la carne tiene muchas voces, y necesitamos comprender qué quiere decir esa palabra para darnos cuenta de la fuerza de esa voz múltiple y poderosa que también quiere adueñarse de nosotros; así como la voz del mundo quiere adueñarse de nuestra mente, así también la voz de la carne quiere adueñarse de nosotros.

¿Y qué más trae esa voz de la carne? La carne es la expresión de nuestra fragilidad, la carne es la expresión también de nuestra manera de comunicarnos con los otros seres humanos en este mundo.

¿Qué tengo yo para poder comunicarme con ustedes? Tengo que producir un sonido, tengo que mover mi lengua y mi voz, para que a través de tus oídos entre un mensaje; pero no sólo con las palabras que decimos, también con los gestos que hacemos, con los abrazos que nos damos, o que negamos, con todo ello nos estamos comunicando con las otras personas.

En la teología de San Pablo, la carne se refiere a ese aspecto de comunicación, fragilidad, búsqueda de seguridad, comodidad, y placer. Es un concepto, es una noción bastante amplia, comunicación, fragilidad, búsqueda de comodidad, seguridad y placer, y de todo eso lo único que uno suele relacionar con la carne, es lo último: la búsqueda del placer.

Pero resulta que la búsqueda de la comodidad, y de la seguridad, a menudo es acción de eso que San Pablo llama: “sarx”, en griego, y que nosotros llamamos “carne”, en español.

Por ejemplo, el pueblo judío se había acostumbrado a poner su seguridad a afirmarse fundamentalmente en la circuncisión, el templo y la pertenencia a la sinagoga. "Saber que yo pertenezco a la sinagoga, eso es lo que me da seguridad". Tal era la mentalidad de los judíos de aquel tiempo.

¿Y qué sucedió? Que como ellos tenían su seguridad puesta en el templo, cuando llega Cristo y les dice: “Destruid este templo, y yo lo reconstruyo en tres días” San Juan 2,19, ellos sienten que su seguridad está amenazada; su mundo cruje, se agrieta, tiembla, y ellos sienten que Cristo es una amenaza.

Ellos sienten que Cristo va a destruir el mundo al que están acostumbrados, Cristo va a destruir esa comodidad, ese mundo en el que se sentían a gusto. Algo parecido sucede también en nosotros.

¿No es verdad, mis hermanos, que a veces en nuestros grupos nos acostumbramos tanto a pertenecer y a relacionarnos con el mismo tipo de personas, que nos volvemos desconfiados para recibir lo que no pertenezca a nuestro grupo?

Y así encontramos personas que pertenecen a la Renovación Carismática Católica y que miran con desconfianza y con recelo a los que no son carismáticos, como diciendo: “Nosotros, los carismáticos, somos los únicos dueños del Espíritu Santo”. Esa manera de pensar no es la del Espíritu.

Esa manera de pensar es la de la carne, porque ahí lo que cuenta es: “Como yo pertenezco a este grupo en el que me siento a gusto, entonces aquí es donde está toda la verdad".

Pero lo mismo pasa para otras personas. Existe lamentablemente en la Iglesia lo que a veces llamamos “capillismo”, que es esa tendencia a decir: “Mi grupo es el único que vale”, “el movimiento al que yo pertenezco, es el único que sirve”, “mi parroquia es la única que celebra bien la liturgia”, “la teología y el mundo que yo conocí son los únicos que cuentan".

En todos estos casos, lo que prima es: “Yo me siento cómodo”, yo me siento seguro, yo me siento firme en lo que ya conozco, y no quiero arriesgarme a conocer nada más, ni quiero abrirle la puerta a algo distinto”.

Cuando obramos de esa manera, no es el Espíritu Santo que nos está guiando, es una mentalidad que San Pablo llama “carnal”.

Cuando nos aferramos a un determinado líder, predicador, o pastor, pastor del rebaño de Cristo, quiero decir, no pastor protestante, por supuesto; cuando nos aferramos a un determinado líder, y empezamos hacer competencia entre lideres, también estamos obrando de una manera carnal. También en ese caso estamos poniendo por encima el sentimiento de comodidad y de seguridad.

¿Y por qué el ser humano gusta tanto de afianzarse en su grupito, en su sinagoga, en su movimiento, o al pie de su líder? Por una razón muy sencilla: porque todos somos frágiles, porque nos cuesta trabajo sentirnos excluidos, porque es una sensación demasiado desagradable el no pertenecer, el quedarse como decimos a veces, "en el aire".

Como es tan desagradable quedarse "en el aire", nosotros tendemos aferrarnos a algo. "Nosotros somos el grupo de señoras que han estado hace ochenta años en esta parroquia y nadie nos mueve, porque nosotras fuimos las que llegamos primero, porque nosotras somos las que sabemos cómo se hacen las cosas aquí".

Eso es carne. Eso es poner por encima un sentimiento humano de pertenencia y no estar abiertos a la acción del Espíritu.

Entonces ya vemos que existe la voz del mundo que quiere seducirnos con los ídolos inescrupulosos de los privilegios, el prestigio, el poder, la vanidad. Existe la voz fortísima de la carne en sus diversas expresiones, como deseo de placer a toda costa, o como tendencia a afianzarme en lo que me hace sentir cómodo y seguro.

Todavía hay otras voces que entran en competencia con la voz de Dios, porque "tres son los testigos: el Espíritu, el agua y la sangre" 1 Juan 5,7-8. Y ese triple testimonio es necesario precisamente porque hay otras voces que compiten contra la voz de Dios, y por eso estamos aquí examinando esas otras voces.

Ya hemos hablado del mundo y de la carne; pero existen otras voces, existe por ejemplo la voz del acusador.

En el libro del Apocalipsis, cuando se describe la victoria de los discípulos del Cordero, y el Cordero es el Cordero degollado, Cristo Nuestro Salvador, allí en el Apocalipsis uno de los cantos de victoria es: “Se ha precipitado, ha sido derrotado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche” Apocalipsis 12,10.

Y ese acusador de nuestros hermanos, ese acusador o “acusetas”, ese es precisamente Satanás. La palabra "Satanás", lo que quiere decir es precisamente “acusador”, y la voz de Satanás de distintas maneras logra abrirse paso en nuestra mente.

Todo el mundo cree que la voz de Satanás va a ser únicamente en forma de posesión diabólica, y lo más probable es que uno piense: “Como yo no estoy poseído por el demonio, entonces la voz de Satanás no tiene influencia o poder en mí”.

Pero resulta que una cosa es la posesión diabólica, de la cual no hablamos hoy, y otra cosa distinta es ese modo sutil, astuto y penetrante que utiliza el demonio para colar, para deslizar su mensaje de muerte en los corazones de los seres humanos, incluyendo los cristianos,

Ejemplo de esa acusación: “Tú no tienes derecho a que Dios te ame, porque tú eres un miserable, impuro, pecador". Esa frase es un mensaje que viene del enemigo, que viene del acusador. Con esa frase uno es capaz de llegar a la más profunda depresión, a la más profunda desesperación y al deseo del suicidio. Con esa sola frase.

"Yo no tengo derecho a que Dios me ame, porque yo he sido muy pecador, porque yo soy sucio, indigno". Esa frase, esa voz, también es una de las voces que compiten con la voz de los tres testigos, y los tres testigos son: El Espíritu, el agua y la sangre" 1 Juan 5,7-8.

Esa voz sutil, insidiosa, pegajosa, maliciosa, esa voz se cuela hasta entrarse por las rejas de los conventos, esa voz se cuela en los grupos de oración y las familias de bien, esa voz se cuela en los sacerdotes fervorosos.

Esa voz entra, es increíblemente astuta, y lo único que quiere es quitarnos el derecho de ser amados, quitarnos el derecho de ser felices, quitarnos el derecho de sentirnos salvados, quitarnos el derecho de alabar con boca llena al Poderoso, al Rey, al Santo.

Esa voz lo único que quiere, cuando se mete a través de las rejas de los monasterios de clausura, cuando se mete en las páginas de los libros de oraciones de los sacerdotes, esa voz lo único que quiere es crear un abismo de desconfianza, un abismo de separación entre el Dios alto, poderoso pero compasivo, y el pobre pecador que es cada uno de nosotros.

Esa voz es la voz del acusador, y en todo su lenguaje y en todos los tonos, el acusador lo que quiere decirnos es: “Tú no tienes derecho, no existe para ti posibilidad de alegría, no existe para ti posibilidad de salvación”.

Y esa voz se entra en nosotros de modos que uno casi no logra detectar; sólo con la luz del Espíritu empezamos a darnos cuenta cómo ha querido engañarnos esa voz, y precisamente porque es tan insidiosa, tan inteligente, tan sutil, yo quiero desenmascarar esa voz aquí con un par de ejemplos, o tal vez tres.

Un ejemplo: “Estoy de mal genio; voy a tratar de calmarme para ver si puedo orar”. Muchos de nosotros hemos dicho frases parecidas, por lo menos yo la he dicho alguna vez. “Tengo tanta ira que no puedo orar”. Parece una frase lógica, al fin y al cabo, la oración es entrar en diálogo de amor con Dios, y uno siempre se imagina la oración como ese acto amoroso de encuentro con Dios.

Si mi alma está llena de turbación, si mi alma está llena de agitación, parece lógico, ¿ o no es verdad? Parece lógico decir: “Deja que primero me calme, y luego oro”. ¡Mentira! ¡Mentira del enemigo! ¡Mentira! Esa frase, ese pensamiento no es el de Dios.

¡Mentira! Esa frase lo único que quiere es que el dolor y el ansia de la venganza tomen más raíz en ti, y esa frase lo que quiere es que tú sientas que tú puedes vencer, tú sola, tú solo puedes vencer tu ira o lo que turba tu corazón, y cuando tú lo has vencido, tú llegas donde Dios y le dices: “Ya vencí yo; ahora dame tú el premio de tu sonrisa o de tu alegría”.

Ahí la gloria es para uno; ahí la gloria no es para Dios, porque con esa frase lo que uno está diciendo es: “Yo me arreglo yo solo", y después de que yo me arregle yo solo, entonces yo voy donde Dios.

¿Si ves cómo es de sutil? Lo que está diciendo esa frase es: "Si tú no puedes resolver tu problema, tú sólo, no eres digno de orar".

Y claro, hay problemas que uno más o menos puede resolver uno sólo, pero cuando llega el problema más grave de la vida, cuando entramos en angustia porque nos han secuestrado un pariente, porque nos han dicho que tenemos cáncer, porque entramos en una terrible crisis vocacional.

Cuando llegamos al problema grave, adiestrados por esa mentalidad de "yo arreglo mi problema yo sólo, y después sí oro", adiestrados por esa mentalidad, entramos en una espiral descendente, como cuando esos aviones de guerra antiguos eran heridos de muerte y caían haciendo una espiral y botando humo, hasta hundirse en su destrucción.

¡Mentira! ¡Mentira! ¡Mil veces mentira! Cuando tenga ira, tengo que orar con esa ira que tengo; y cuando tenga tristeza, tengo que orar con esa tristeza que tengo; y cuando tenga alegría, tengo que orar con esa alegría que tengo.

Y esto no me lo invento yo. Esto está en los Salmos. Abre el libro de los Salmos, por Dios, ábrelo, y respóndeme esta pregunta: ¿esos Salmos fueron escritos en la tranquilidad de personas que ya habían resuelto sus problemas? ¿Cierto que no? ¿Cierto que fueron escritos desde la rabia? ¿Cierto que fueron escritos desde la angustia? ¿Cierto que fueron escritos, a veces, casi con la desesperación del que dice: “Tengo las aguas hasta el cuello, Señor, ¡sálvame!"?

Si así te enseña a orar la Biblia, no te dejes enseñar a orar por el demonio. Es el demonio el que te dice: “Tu primero cálmate, y luego oras”. La próxima vez que te venga ese pensamiento, tú, vas a trazar la señal de la cruz en el aire y vas a decir: “Yo pertenezco a Jesucristo y voy a orar ya, ya, en este instante".

"Yo no voy a esperar a que se me pase la rabia, a que e me pase la envidia, a que se me pase el deseo de venganza, para luego llegar donde Dios y decirle: “Dios, ya puedes premiarme; ya me tranquilicé yo solo, yo solito me tranquilicé. Ahora, prémiame”".

No. La Biblia me enseña cómo es que tengo que orar. Tengo que orar con lo que yo soy: con mi dolor, con mi angustia, con mi tentación. Este es un ejemplo de cómo el enemigo sabe introducir sus mentiras.

Porque esta frasecita de: “Yo primero me calmo, y luego oro”, esa se la he oído a sacerdotes, esa se la he oído yo a monjas de clausura, esa se la he oído yo a grandes predicadores: “Estaba tan alterado que no podía orar”, no vuelvas a decir esa frase. Tienes que decir: “Estoy tan alterado que estoy empezando a orar ya mismo”.

Eso es lo que hay que decir: “Ahora estoy empezando a orar, ya, en este instante. Precisamente, porque estoy alterado; precisamente porque no cabe dentro de mí la ira, por eso tengo que orar ya, ya, en este instante".

Esto lo expresa bellísimamente el Salmo cuando dice: “Recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío” Salmo 55,9, quien dijo esas palabras ¿qué estaba diciendo? Estaba diciendo que su llanto no debería perderse, pero estaba llorando.

No esperó a que se le secarán las lágrimas, para luego llegar donde Dios, y decirle: “Dios, ¿viste cómo me supe calmar yo solo? Ahora que ya me calmé, felicítame, Dios”. No. Estaba llorando, y lo único que le pide a Dios es: "Que estas lágrimas no se pierdan, Señor".

Por eso yo le digo a la gente llorona, -no sé si aquí haya llorones-, pero a la gente llorona yo le digo: “Llore, llore bastante”, -claro, hay que tomar agüita para poder llorar mejor, porque sin agua se produce deshidratación-.

"Tome agüita y llore; pero cuando esté llorando, dígale a Dios: "Que estas lágrimas no se pierdan". ¡Esa oración es bendita! ¡Esa oración es maravillosa! Ejemplo de una mentira que el enemigo ha logrado colar en muchos sitios.

Demos otro ejemplo de esa clase de mentiras. Este es un ejemplo muy específico, el que voy a dar, se refiere a personas que tal vez no se encuentran ahora mismo, en esta asamblea, pero ya verán cómo lo podemos aplicar también a nuestra vida.

Resulta que hay personas que tienen la inquietud de la vida religiosa; por ejemplo, se sienten llamadas a entrar al monasterio de la Visitación; sienten esa pequeña inquietud, sienten que de pronto la vida religiosa podría ser su camino.

Pero entonces entra una vocecita que dice lo siguiente: “Tú también puedes servir a Dios casándote”. Lo impresionante de esa frasecita es que es cierta.

El príncipe de la mentira, es decir, el enemigo malo, es decir, el Diablo y Satanás, es tan hábil que sabe decir una verdad para decirnos una mentira.

Había una joven que quería entrar al monasterio de la Visitación; había tenido varias entrevistas con las monjas, y ya estaba a punto de entrar. Pero entonces una vocecita empezó a entrar en su pequeña cabecita llena de rulos.

La voz que entró fue: “Yo también puedo servir a Dios en el matrimonio”. Si tú tomas esa frase así, en su significado gramatical y sintáctico, es perfecta. Uno puede servir a Dios en el matrimonio;uno puede servir a Dios en el convento; uno puede servir a Dios como laico consagrado en el mundo. Hay muchas maneras de servir a Dios.

Y sin embargo en esa frase hay una mentira, y hay una mentira que paraliza. Tengo un amigo nuevo en Ecuador, mi amigo se llama José Luis. Está aquí presente. José Luis está felizmente casado, como todos sabemos o como muchos sabemos, con una dama llamada Beatriz. Soy amigo nuevo de Beatriz y de José Luis.

José Luis y Beatriz ya tienen unos buenos años de casados, pero yo no me acuerdo la cifra, ¿cuántos son? Cincuenta. Vamos a devolvernos a ese momento en que ellos estaban por tomar la decisión de casarse.

Vamos a mirar esos días de ellos. José Luis quiere casarse con Beatriz, Beatriz quiere casarse con José Luis. Supongamos que falta una semana para el matrimonio, y supongamos que faltando una semana par el matriminio, José Luis dice: “Yo estoy a punto de casarme con Beatriz, pero yo también podría casarme con otra mujer”, ¿esa frase es verdadera o es falsa? La frase es verdadera.

¿Y por qué esa frase es verdadera? Porque efectivamente, José Luis hubiera podido casarse con alguna otra mujer, eso hubiera podido pasar. Tú sabes que en el reino de lo posible, todo cabe.

Hablemos de este servidor de ustedes: mi nombre es Nelson Medina, Fray Nelson Medina, lo de "Fray" es porque pertenezco a la Orden de los dominicos, pero yo hubiera podido entrar a la Orden de los franciscanos, ¿verdadero o falso? Verdadero. En el reino de lo posible, yo hubiera podido entrar donde los franciscanos.

Y yo podrído ser Fray Nelson Medina, OFM, es decir, Ordo Fratrum Minorum de los franciscanos; yo podría haber sido franciscano, ¿verdadero o falso? Verdadero. Bueno, pero pasa una cosa, la frase es verdadera, ¿pero por qué tantos de ustedes dijeron que era falsa? Porque ustedes sintieron que había algo peligroso y engañoso en esa frase.

Porque si una semana antes del matrimonio, José Luis empieza a decir: “Yo también podría casarme con otra mujer”, ¿qué pensaríamos de la decisión que él está tomando? Que es una decisión que se está agrietando, que se está debilitando.

Observa que la frase es verdadera, pero el efecto que produce es devastador, es destructor, y es una frase verdadera, es una frase totalmente cierta. ¿Qué artilugio está utilizando el enemigo en este caso? Está jugando con lo que Santo Tomás de Aquino llama “ las facultades del alma”.

Las facultades del alma, según Santo Tomás, son básicamente dos: la inteligencia y la voluntad. Pertenece al dominio de la voluntad el tomar una decisión, como decir: “Me voy a casar con Beatriz dentro de una semana”.

Pertenece al dominio de la voluntad decir: “Voy a entrar donde los dominicos”. Pertenece al dominio de la voluntad decir: “Quiero ingresar al monasterio de la Visitación”. Todo esto es parte del dominio de la voluntad, una de las facultades del alma.

Pero resulta que nosotros tenemos otra facultad que se llama la inteligencia. Lo normal es que uno utilice la inteligencia para tomar una decisión; es decir, la inteligencia, el conocimiento, el análisis, el raciocinio antecede al proceso del asentimiento, la resolución y la decisión.

Uno primero piensa y luego decide. Ese es el orden natural en las cosas que tienen gran importancia. Uno utiliza la inteligencia para pensar y luego utiliza la voluntad para resolverse en un camino o en otro.

Ahora fíjate en dónde estriba la mentira del enemigo en este caso. Cuando ya felizmente José Luis tenía hace cincuenta años la resolución de casarse con Beatriz, esa resolución ya no estaba en la inteligencia sino en la voluntad.

Las resoluciones pertenecen al dominio de la voluntad; y el análisis y el razonamiento pertenecen al dominio de la inteligencia.

Cuando tú has utilizado ya tu inteligencia para tomar una resolución; cuando ya has llegado a ese punto de la decisión, entonces ¿qué es lo que quiere el enemigo? Devolver el proceso. Convertir la resolución en un elemento de razonamiento. Es decir, pasar las cosas del cajón de la voluntad al cajón de la inteligencia.

Yo tengo un ejemplo chistoso sobre eso. Supongamos una persona que va a desayunar, y esa persona dice: “Hoy voy a desayunar pan, queso, y café”. Entonces pone a calentar poco de café, saca un pedazo de queso, -como un queso delicioso que he conocido en estos días aquí en Ecuador-, y se sirve un pedazo de pan.

Ahí ya ha pasado de la inteligencia a la voluntad. Ya tiene una resolución: "Lo que voy a desayunar es:queso, pan y café". Cuando ya está a punto de quedar preparado el café, dice: “No, ¿qué tal que yo desayunara mejor chocolate?” Voy a botar este café y me voy a preparar un chocolate".

Entonces empieza a preparar el chocolate. Cuando el chocolate está ya casi listo dice: “¿Y por qué no me tomo, mejor un buen jugo de naranja? Voy a botar este chocolate, porque ya no me lo voy a tomar, y más bien me sirvo un gran jugo de naranja”.

Cuando está servido el jugo de naranja dice: “Pero el médico me dijo que tal vez me caía mal para la gastritis, mejor me voy hacer un jugo de papaya con banano”, entonces bota el jugo de naranja.

Y ya en ese momento es la hora del almuerzo, y entonces dice: “Mejor me preparo el almuerzo. Me voy a preparar un marranito bien asado, delicioso", pero, cuando ya lo tiene preparado dice: “Mejor no, mejor deberí...” Y así lo encontraron muerto de hambre en la cocina.

¿Por qué murió de hambre ese ser desventurado? Porque todo el tiempo estaba devolviendo lo de la voluntad a la inteligencia. Estaba devolviendo de lo real a lo posible, de lo decidido a lo deliberado.

Ese pasar del cajón de la voluntad al cajón de la inteligencia, esa sugerencia lo que hace es destruir, contradecir la naturaleza temporal del ser humano, porque el ser humano temporalmente procede de la inteligencia hacia la voluntad cuando tiene que resolverse por algo,

Y sin embargo la frase que José Luis hubiera podido decir hace cincuenta años: “Yo podría casarme con otra mujer”, esa frase es verdadera pero entraña una mentira, ¿qué clase de mentira? La mentira sobre la naturaleza temporal del ser humano que tiene que pasar de la inteligencia a la voluntad, y esa mentira hace que muchas personas que ya tenían tomada la mejor decisión, la pierdan.

Y esa mentira no viene de Dios. Y esa mentira viene del que quiere arruinar nuestra existencia, el enemigo malo.

Yo creo que tú estarás de acuerdo conmigo en que la capacidad de engaño es muy grande, y por eso nosotros tenemos que pedirle a Dios que nos dé espíritu de sabiduría, para vencer tantos engaños.

Hemos hablado de la voz del mundo que con sus ídolos quiere cautivarnos: ídolos de prestigio, de dinero, de placer, de poder. Hemos hablado de la carne, que no es simplemente placer, sino que es la fragilidad, la oportunidad de comunicación, y es la búsqueda de seguridad, y comodidad; y todo eso es carne también.

Y la voz de la carne nos hace envidiosos, recelosos. Si tú tienes un grupito de oración, y llega una persona nueva al grupo, y tú la empiezas a mirar de lado, como de arriba, abajo, como diciendo: “Y esta ¿qué?” En esa mirada tuya, con gesto despectivo, mirando como por encima del hombro, en esa miradita y en esa desconfianza, un gesto de esa gente que todo le hiede y nada le huele.

¡Ese gesto es carne! ¡Mentalidad carnal! Ese gesto divide a la Iglesia. Ese gesto deja sin el alimento de la palabra y del amor cristiano a gente que lo necesitaba.

Y luego tenemos las voces sutiles del demonio, sobre todo esa voz que dice: “Acuérdate que tú no tienes derecho”. Esa voz la repite el demonio todos los días a muchos corazones, y la gente siente eso, que no tiene derecho.

Las voces del demonio, del mundo y de la carne son poderosas, y esas voces compiten por nuestra atención. Esas voces se han adueñado de la mente pagana. Esas voces han tenido poder en todas las culturas.

Y aquí no vale decir Europa, Latinoamérica, Áfricao Asia. Los incas, los muiscas, los aztecas, los mayas, lo mimo que los anglosajones, los celtas, los druidas, o los comanches, o los que sean; todos los seres humanos hemos sido atacados por el demonio, el mundo y la carne.

Y estas voces de las que he hablado han tratado de adueñarse de nuestras almas. Estas voces son voces poderosas y las podemos recorrer en todas las etapas de la historia de la humanidad.

Estas voces han estado en el Imperio Romano, y han estado entre los egipcios; han estado entre los griegos y han estado entre los aztecas; han estado en el sur de África y en el norte de Canadá.

Esas voces son el testimonio de la muerte. Esas voces son la seducción de la muerte. Esas voces son el encanto del abismo. Decía el fundador del psicoanálisis, Segmund Freud, que la muerte, que en griego se dice “thánatos”, la muerte tiene como un encanto, como un atractivo.

Yo no sé si alguna vez has estado en un edificio o peñasco muy alto y has visto hacia abajo, y se siente vértigo, ¿y qué es lo que uno siente? Como si el abismo lo chupara a uno, ¿cierto? Uno siente eso. Aquí hay unos pocos que no sienten nada, bendito sea Dios, yo si siento eso.

Por ejemplo, yo aquí en este pulpito siento que me voy a caer, porque ya se cayó un vaso aquí, entonces ya digo: “Ahora me voy a caer yo de para allá”. ¿Ve? los bordes son así, en los bordes las cosas se caen.

Bueno, el hecho es: el abismo tiene una fuerza de imán, el abismo lo atrae a uno. La muerte tiene su atractivo, tiene su seducción. La muerte nos llama en esas voces del demonio, el mundo y la carne; y nos llama, ciertamente, para devorarnos.

Estaríamos perdidos, si no existieran los tres testigos de los que nos habla la Palabra de Dios, y esos tres testigos son: el Espíritu, el agua, y la sangre. Estos tres testigos desarman las voces mentirosas, las voces homicidas del demonio, el mundo y la carne.

No quiere decir que, por ejemplo, el Espíritu venza a uno solo de esos, y el agua a uno solo de esos y la sangre a uno solo de esos. No. Las tres voces que vienen de Dios, el triple testimonio que viene de Dios, el testimonio del Espíritu, el agua, y la sangre, ese triple testimonio es suficientemente poderoso para destruir cualquiera de las otras tres voces.

Y tenemos que ver, aunque sea brevemente, cómo sucede esto. Para mí, el caso más importante es el del Espíritu Santo; porque el Espíritu Santo es realmente la única arma eficaz que tenemos para defendernos del príncipe de la mentira.

La primera obra que realiza el Espíritu Santo en nosotros es sacar a ése que Jesucristo llamó “hombre fuerte que tenía posesión de nuestros bienes” San Mateo 12,29.

Jesucristo, en la Parábola del hombre fuerte, representa, por medio de esa imagen, la clase de abrazo mortal, la clase de presión y de garra con que el demonio se adueña del corazón humano. ¿Qué es lo que hace el Espíritu Santo en nosotros? El Espíritu Santo llega a nosotros con poder, con un poder incalculable, y nos envía el mensaje de Dios y nos da la certeza de Dios.

El Espíritu Santo ¿qué clase de certeza nos da? El Espíritu Santo nos da, dicen los teólogos, la confirmación interior de la predicación exterior, porque resulta que los tres testigos actúan de manera coordinada. Los tres testigos son: el agua, la sangre y el Espíritu.

Vamos a situarlos de la siguiente manera: tenemos una hermosa imagen de Jesucristo, y es evidente que Cristo en la Cruz es la fuente de la sangre. Claro que de Él también brota el agua, pero esa agua que brotó de Cristo, la encontramos más cerca de nosotros sobre nuestras cabezas, en el bautismo.

Entonces, la sangre nos habla del sacrificio de Cristo, y el agua nos habla del bautismo. Y el agua y la sangre en realidad pertenecen al mismo Señor Jesús, porque el agua de nuestro bautismo no es otra cosa sino la aplicación de la sangre de la Cruz. Esa frase no se te puede olvidar, porque es la frase central del testimonio exterior.

Te repito: el agua de mi bautismo es solamente la aplicación, en mí, del poder y la misericordia que se manifestó en la sangre del Cordero. La sangre de la cruz está allá, el agua del bautismo está aquí lavándome; pero el agua del bautismo se derrama sobre mí, me lava, pero no entra.

La sangre y el agua juntas, porque hablan de una misma realidad, son el testimonio exterior. La sangre es exterior, porque está ahí en el cuerpo de Cristo sobre la cruz. El agua es exterior, porque es el agua del bautismo que me ha lavado.

Todo eso es muy bello, pero todo eso todavía es exterior. Cristo desde la Cruz está gritando: “Te amo”. El agua del bautismo hace cercana esa palabra de Cristo, y hace que yo sienta que soy bañado por ese amor. ¿Pero quién puede entrar en mí, quién puede meterse dentro de mí y convencerme de ese amor? El Espíritu.

Entonces, los tres testigos son: la sangre de la Cruz, el agua del bautismo y el Espíritu de la unción. La palabra unción significa: “untar”; el Espíritu queda untado en nosotros, ¿y tú sabes lo que sucede? Cuando a uno le untan, por ejemplo, una crema analgésica, una crema relajante, esa sí penetra, esa sí entra.

Entonces, los dos testigos exteriores que en realidad actúan juntos son: la sangre y el agua. Y la sangre y el agua le cuentan a mis oídos, le cuentan a mis sentidos: “Dios te ama”, pero ese testimonio exterior poco poder tendrá sin el testimonio interior.

El testimonio interior ¿qué es? Si yo pudiera describir cómo habla y cómo obra el Espíritu Santo, pero resulta que yo no puedo, ¿y sabe por qué no puedo? Porque mi voz también es exterior.

Lo único que puede hacer la voz de los Apóstoles, y de sus sucesores los obispos, y de los colaboradores de los obispos, que somos los presbíteros llamados sacerdotes, lo único que puede hacer nuestra voz es resonancia y eco de la sangre y del agua.

Pero la voz mía, que es resonancia de la sangre y del agua, se quedará solamente afuera de ti, a menos que tú interiormente te dispongas con lo mejor de tu corazón y le digas al Espíritu de Dios: “ven a convencerme”. Y el Espíritu suple la convicción, la certeza interior que es la que te da la victoria.

Entonces, la predicación de la Iglesia puede denunciar los engaños del demonio, del mundo y de la carne; pero la convicción interior que te da la victoria, esa convicción únicamente la da el testigo interior, y el testigo interior es el Espíritu.

Y cuando llega ese testimonio interior, sucede una cosa fantástica: todos los dardos del enemigo se doblan y no pueden penetrar la coraza que Dios te ha dado. El Espíritu de Dios es increíblemente poderoso, porque el Espíritu de Dios lo que hace es reclamar para el Padre lo que Cristo ganó en la Cruz.

Tú fuiste ganada para Cristo, tú fuiste ganado para Cristo en la Cruz, Cristo te ganó para Dios Padre en la Cruz, y el Espíritu Santo lo que hace es completar la obra de la Pascua en tu vida.

El Espíritu, lo que hace es completar la obra de Cristo en tu corazón, de manera que aquello que Cristo realizó exteriormente en el Gólgota, se complete y se cumpla en tu vida, y el señorío de Cristo sea eficaz en tu existencia. Eso es lo que hace el Espíritu.

Entonces, viene El Espíritu y toma posesión de ti, y tú te sientes posesión de Cristo, y tú sientes que el Espíritu te hace volar hacia ese costado, y te hace entrar por esa puerta, y te hace habitar en ese Corazón.

Y cuando tú estás habitando en el Corazón de Cristo, cuando tú sientes que tú estás adentro de Él porque Él quiso estar adentro tuyo por su Espíritu, cuando tú estás allá, entonces se cumple lo que dijo la Escritura: “Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros” San Juan 15,4.

Y cuando tú permaneces en Cristo, cuando tú estás escondido allá en ese corazón, ahora sí podemos decir con San Pablo: “La muerte, ¿dónde está la muerte? ¿Dónde su victoria?" 1 Corintios 15,55.

El iniciador del análisis, Sigmund Freud, dijo que hay un atractivo que tiene la muerte; y la muerte lanza sus dardos envenenados a través del demonio, el mundo, la carne, porque quiere producirnos vértigo y quiere hacernos caer.

Esos dardos de la muerte, no pueden alcanzarnos cuando estamos escondidos en el Corazón del que vive; porque Jesucristo se ha levantado del sepulcro, Jesucristo ha vencido a la muerte, Jesucristo ya reporta triunfo sobre aquel que el Apocalipsis llama “el último enemigo”, el último enemigo es la muerte.

Jesucristo ya reporta victoria sobre la muerte, Jesucristo ya ha vencido a la muerte, y escondidos en el Corazón del que vive, la muerte no puede hacernos nada.

Escondidos en el Corazón del que ha reinado, del que reina, del que reinará, escondidios en ese Corazón, los dardos del testimonio falso, el testimonio del demonio, el testimonio del mundo, el testimonio de la carne, allá en el Corazón de Cristo, ya no nos hacen nada.

Por eso dice la Primera Carta de Juan: “Los testigos son tres: el Espíritu, el agua y la sangre” 1 Juan 5,7-8, y los tres están de acuerdo en decirte que Dios te ama, están de acuerdo en decirte que Dios envío a su Hijo y están de acuerdo en decirte que tienes todos los derechos del Hijo; eres heredero con Cristo, eres coheredero.

La herencia del Hijo te pertenece, y el espíritu obra en ti, para que tu caminar, tu obrar, tu pensar y tu decir sean los de Cristo.

Hermanos, es llegado el momento de darle la gloria y la gratitud y la alabanza a Dios. Así nos ha amado Dios. Esta es la calidad de amor que ha derramado por nosotros.

Y hoy, recibimos a estos testigos para decirle al Señor con boca llena: “¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! Toda la gloria, toda la alabanza, todo el poder para ti, por los siglos infinitos".

Amén.

Apocalipsis 12,10