Nde5007a

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Fecha: 20020111

Título: La conviccion, el testimonio interior es una fuente inmensa de fidelidad y de libertad

Original en audio: 30 min. 3 seg.


A veces resulta provechoso, para la meditación de la Palabra de Dios en la Santa Misa, ver cuáles son aquellas palabras o aquellos conceptos que se repiten, que están, por ejemplo, en la primera lectura y el evangelio.

Y algunas veces, en los domingos, hay un mismo término o una misma idea que aparece incluso en las tres lecturas.

Hoy, por ejemplo, está la palabra "testimonio". Jesucristo quiere que este milagro de la curación del leproso sea, sobre todo, un testimonio. Testimonio que Él quiere que llegue especialmente a los sacerdotes.

Sus razones tendría Jesucristo, porque efectivamente, al final de la vida de Él encontramos que sus más acérrimos enemigos fueron precisamente sacerdotes.

Jesucristo quiere que la curación sea un testimonio, sea una señal de la presencia real y verdadera del amor de Dios en medio de su pueblo. Y ese es el sentido que Él quiere que tenga este milagro.

La primera lectura también nos ha hablado de testimonio, en ese lenguaje que es tan bonito, pero a veces un poco complejo, del Apóstol San Juan.

Vamos a detenernos sobre todo en lo que nos enseña San Juan sobre el testimonio, y a ver cómo lo podemos descubrir en nuestra vida, porque es otro tipo de testimonio el que nos presenta San Juan.

Dice así en esta lectura: "Tres son los testigos en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre" San Juan 5,7-8. San Juan empieza por los testigos, que son los que dan el testimonio.

Esa frase que él dice: "No sólo con agua, sino con agua y con sangre" San Juan 5,6, esa frase es para diferenciar la obra de Jesucristo de la obra de Juan Bautista.

Lo que sucede es que ustedes saben que Juan estuvo predicando un bautismo de conversión allá en el Jordán, y uno cree que cuando Cristo empezó a predicar, ya la predicación de Juan como que quedó aun lado.

Y eso no es cierto: hubo muchos que siguieron predicando el bautismo de Juan, de manera que, incluso después de la muerte de Cristo, había gente que predicaba el bautismo en el nombre de Cristo, y todavía había gente que predicaba el bautismo de Juan, bautismo para conversión, para arrepentimiento de los pecados.

Y por eso, en ese primer momento de la Iglesia se presentó como una cierta competencia, llámémoslo así, entre el bautismo de Juan y el bautismo en el nombre de Cristo. Por eso, esta frase de juan: Jesucristo, no es sólo bautismo con agua, es con agua y con sangre" San Juan 5,6.

Es decir, Juan muestra cómo el bautismo de Cristo tiene una raíz más honda, implica más profundamente tanto al mismo Cristo como a nosotros.

Este acontecimiento, que en cierto sentido es accidental, resulta importante para nosotros porque eso indica que la sangre del Señor está dando un testimonio, la sangre es un testigo, esa sangre está anunciando algo, está diciendo algo; sangre que da un testimonio.

Sigamos la lectura a ver a qué más nos conduce. Dice: "Si aceptamos el testimonio humano, más fuerza tiene el testimonio de Dios. Este es el testimonio de Dios, un testimonio acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo tiene dentro el testimonio" San Juan 5,9-10.

Esto está muy interesante, porque antes Juan nos ha dicho: "Tres son los testigos sobre la tierra: el agua, la sangre, el Espíritu" San Juan 5,7-8, y ahora nos dice de un testimonio que hay adentro, ese testimonio de dentro lo da Dios, de acuerdo con lo que dice aquí San Juan, y ese testimonio de adentro tiene más fuerza que cualquier testimonio humano.

Con otras palabras, la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que es un hecho exterior, es un testimonio a favor del bautismo de Cristo y a favor de la obra de Cristo y a favor de creer en Cristo.

Pero incluso mayor que ese testimonio exterior, o como lo llama San Juan, "testimonio sobre la tierra" San Juan 5,7 hay un testimonio interior, ese testimonio interior, me parece a mí que se corresponde con lo que nosotros llamamos "la convicción". Dios nos otorga el don de la certeza interior, de la convicción íntima, es el testimonio interior.

Claro que a uno le surge una pregunta. Uno diría que el testimonio interior pues es la obra del Espíritu Santo en nosotros, mientras que San Juan dice que "tres son los testigos sobre la tierra: el agua,la sangre y el Espíritu" San Juan 5,7-8.

Al parecer, cuando San Juan dice que el Espíritu es un testigo sobre la tierra, se refiere a las obras del Espíritu, es decir, se refiere a los prodigios, que en el nombre de Cristo y por la fuerza del Espíritu, se estaban suscitando en esa comunidad, en esos primeros cristianos.

Pero el testimonio definitivo para San Juan no son ni los prodigios que da el Espíritu, ni la sangre de Cristo derramada en la Cruz, ni el agua de los bautizados, el testimonio fundamental, ése que viene de Dios es la convicción interior.

Dice aquí: "El que cree en el Hijo de Dios tiene dentro el testimonio. Y este es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo" San Juan 5,10-11.

Ese es el resumen de todo lo que Juan escribió, esa frase. Y ese es el testimonio interior, eso es lo que queda adentro de nosotros, pero con una certeza que da Dios por dentro, con una convicción. Luego tenemos que decir un poco más sobre esa convicción.

"Quien tiene al Hijo tiene la vida; quien no tiene al Hijo no tiene la vida. Os he escrito estas cosas para que los deis cuenta de que tenéis vida eterna" San Juan 5,12-13.

Bueno, hemos llegado a un punto culminante del escrito de San Juan, un resumen de toda su obra. Si usted quiere resumir a San Juan en una sola frase, esa frase está en el capítulo quinto de la Primera Carta y dice así: "Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo" San Juan 5,11, punto.

Ese es el resumen de lo que San Juan quiere comunicarnos, ese es el resumen de su mensaje, y ese es también el testimonio interior.

Hablemos sobre la convicción, hablemos sobre la fuerza de la convicción. ¿en qué consiste la convicción? ¿En qué consiste la certeza interior? Es una cosa maravillosa, es una obra maravillosa, y verdaderamente le pido al Espíritu Santo en este momento que me ayude para poder expresarme sobre lo que es esa realidad tan bella y tan necesaria.

San Juan dice: "El que tiene al Hijo tiene la vida" San Juan 5,11, el que tiene vida por dentro, el que tiene convicción por dentro no depende de fuera; el que tiene convicción interiormente es libre de las presiones, de las amenazas, de las burlas, de la indiferencia, es libre.

Lo primero que a mí me llama la atención sobre esta convicción es eso, es la libertad para permanecer en el propio camino. La convicción interior rompe la dependencia de las opiniones, o de las contradicciones, o de las adulaciones, o de cualquier esfuerzo exterior por destruir lo que somos, lo que pensamos, lo que vivimos.

La convicción interior nos permite avanzar por nuestra vida,como dice la canción: "Aunque todos me digan que eso no es verdad". Ese tipo de convicción, ese tipo de libertad es maravillosa. Porque las presiones exteriores son para que nosotros cambiemos nuestras conviccciones.

Dice Santo Tomás de Aquino que nosotros hemos recibido dos ayudas exteriores, que son la ayuda de la Ley, que ilustra nuestra conciencia sobre lo bueno y lo malo; y la ayuda del Espíritu Santo, que actuando interiormente en nosotros, se convierte como en una ley interior, una ley que no está escrita en tablas de piedra.

Y dice También Santo Tomás que de fuera vienen las tentaciones y de fuera de nosotros viene también la insidia del enemigo, del demonio.

De manera que esta convicción, este testimonio interior del que estamos hablando, es tan fuerte, que nos explica Santa Catalina de Siena: "Ni el demonio, ni criatura alguna puede cambiarlo".

Cuando Dios nos ha fundado en su verdad, y cuando de esa verdad brota vida, ningún ataque exterior puede destruir la certeza que tiene el que se sabe y siente amado por Dios.

Es lo mismo que dijo el Apóstol Pablo: "¿Quién nos va a separar del amor de Cristo? ¿El hambre, la aflicción, la espada, la desnudez, la enfermedad? Carta a los Romanos 8,35. "En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado" Carta a los Romanos 8,37.

Permanece firme, ningún ataque exterior le puede cambiar; ni los elogios le hacen vano, ni los insultos lo deprimen. La convicción interior es una fuente inmensa de libertad y es una fuente inmensa de fidelidad.

Pero el testimonio también es, además de fortaleza, también es luz. Esa convicción interior, ese testimonio interior es también un maestro. Verdaderamente es la acción en nosotros, la acción de Dios en nosotros.

Se ve muy bien en el caso de la Santísima Eucaristía. Dios obra en nosotros, obra en nuestro corazón, obra en nuestra mente, y nos permite reconocer la verdad de lo que nos predica la Iglesia, es decir, nos da una luz para entrarnos en el misterio. "Serán todos enseñados por Dios" Isaías 54,13, había dicho el profeta.

Cuando Dios nos da su testimonio, es como si alguien adentro de nosotros estuviera aclarándonos la palabra, estuviera mostrándonos las riquezas de la enseñanza de la Iglesia, estuviera entreabriendo los dones que nos llegan por el Espíritu, y también los sacramentos.

De manera que este testimonio interior no sólo es libertad, fidelidad, constancia, sino que también es luz, una inmensa luz que hace que podamos adentrarnos un poquito, avanzar un poquito en las tierras de Dios, en los misterios de Dios, en la revelación de Dios.

San Agustín describe en su propia experiencia lo que significa este testimonio. San Agustín, o era joven, conoció la Biblia, tendría unos veinti tantos años, se puso a leer la Biblia, pero no le gustó, le pareció que estaba mal escrita, que era aburrida y que tenía un latín de baja calidad; en aquella época prefería leer a Cicerón que leer la Biblia.

Y después de su conversión y después de la acción del Espíritu Santo, San Agustín navega por las aguas de la Escritura, se pasea por los tesoros dela Biblia, y nunca termina de agotar lo que encuentra ahí. Algunos monjes santos han descrito esa experiencia como sentir que de pronto la Palabra se abre, y la Palabra empieza a hablarme. Ese es testimonio interior.

Cuando sentimos que todo lo que sabemos de Dios viene de fuera, eso se parece más a una ideología, se parece más a una filosofía, porque todo es como guardar en la cabeza las palabras que otros me dijeron, eso se llama conocer como de oídas, en el lenguaje de Job, eso es conocer de oídas: "A mí me dicen que Dios ama", me han dicho que Dios perdona, y dicen que existe el Espíritu Santo, y dizque eso es muy bueno, los que conocen eso, que muy bueno, dicen".

Es un conocimiento de oídas. Uno siente, hablando con las personas, uno siente quién conoce de oídas y quién ha estado en la presencia de Dios.

Y verdaderamente, este testimonio, es algo así como llevarnos ante la presencia del Altísimo, como experimentar, hasta donde es posible, experimentarla majestad de su mirada, el fuego que arde en su corazón, la soberanía de sus palabras, la luz infinita de su enseñanza. Hay que aspirar a ese testimonio.

En la Imitación de Cristo hay un capítulo que le gustaba mucho citar a mi profesor de Biblia, el Padre Correa, un capítulo en el que allá dice Kempis: "En otro tiempo el pueblo de Israel dijo: "Que no nos hables tú, Señor, sino que nos hable Moisés", pero yo ahora te pido lo contrario, que no me hable Moisés, háblame tú", "háblame tú", ese es el testimonio.

Yo creo que ese es el espíritu de un verdadero cristiano, de un verdadero contempaltivo, es ése: "Háblame tú, que no me hable el padre fulano, ni la madre zutana; mejor dicho, a través de ellos, con ellos o sin ellos, háblame tú, me interesa tu palabra, la tuya".

Ese anhelo supremo, que pasa por encima de toda mediación y que se adhiere a Dios, que se pega a Dios, "como la cierva busca las corrientes de agua" Salmo 42,2, esa es la obra propia de este testimonio; y la persona que recibe este testimonio tiene la sensación de que Dios mismo le ha esclarecido.

Es una experiencia lindísima, porque es la experiencia de un Dios inmediato: "Dios me ha convencido de esto, Dios me ha mostrado". Verdaderamente la persona siente que Dios le ha hablado; ya no habla entonces esta persona sólo de oídas: "Dicen que Dios es bueno y amoroso", no, siente que hay como una connaturalidad, siente que hay una familiaridad con la Palabra de Dios, y la personase regocija en la luz que brota de esas páginas, y siente que puede relacionar una cosa con la otra.

Porque este testimonio, y es la tercera cosa que deseo decir sobre él, -lo primero es que nos da libertad, lo segundo es que nos da luz, lo tercero es que nos da gusto-. Un ejemplo simpático de la Santa que he mencionado tantas veces estos día, de Santa Catalina de Siena, está en los diálogos que ella tenía con su director espiritual Raimundo de Cápua.

Sucedía a veces que Catalina tomaba la palabra y avanzaba y avanzaba y hacía como unas meditaciones largas, largas, y cuando volteaba a mirar, se le había quedado dormido el Raimundo. Y ella se quejaba, aunque dulcemente, se quejaba y le decía: "¡De cuántas cosas te pierdes por ese sueño!"

Raimundo no era ningún tonto, él fue Maestro de la Orden, además en un momento muy difícil en el que hubo que guardar la unidad de toda la Orden, la Iglesia estaba padeciendo el cisma de Occidente. Raimundo fue un hombre muy grande, muy sabio, muy recto, de unas costumbres muy limpias, un santo.

Pero a Raimundo le faltaba un poco más de lo que Catalina tenía, y es como ese paladar para la dulzura de la verdad divina. Eso es lo que da el testimonio. El testimonio es como ese ambiente, como esa atmósfera espiritual que hace que me sienta a gusto allí donde se esclarece el misterio de Dios, allí donde se habla de Dios, allí donde se abre la bondad divina.

Hasta donde alcanzo a ver, esas son las tres principales obras de este testimonio del que nos habla San Juan: una profunda sensación de libertad, un convencimiento que me hace libre de las presiones de cualquier género, incluso de los elogios, de los aplausos, y también de los insultos, de la indiferencia.

Es una paz tan grande en el tesoro que se lleva a dentro, que sin orgullo, sin capricho, sin obstinación, desde luego, con una gran humildad y con una gran paz permanece en su camino. Libertad que se vuelve fidelidad, libertad que se vuelve capacidad de llevar a otros hacia Dios.

Lo segundo, el testimonio es luz que me esclarece la Palabra, que hace que yo sienta que las letras brinca, que sale luz de ahí, que ese libro quema, que eso palpita, que ahí está escrita mi vida, que eso me resuelve lo que yo estaba pensando.

Es una interacción viva con la Biblia, es una luz impresionante que me ayuda a relacionar todo lo que Dios ha dicho, y a relacionarlo también con mi vida y con el tiempo en el que estoy.

Y en tercer logra, este testimonio es como el abrazo amoroso de un amigo, -verdaderamente esto es obra del Espíritu de Dios-, es como el abrazo amoroso de un amigo que me conduce, que me envuelve, que me ayuda a degustar, que me ayuda a saborear la Palabra de Dios, que me ayuda a sentir gusto, verdadero placer en las cosas de Dios.

Este testimonio creo que nosotros lo hayamos recibido, porque el Espíritu Santo no es un desconocido en nuestra existencia, pero nos hace falta, nos hace falta más libertad, nos hace falta más de ese gozo que se siente cuando la Vida está en nosotros, porque el que no tiene vida tiene que salir a buscarla; el que tiene vida de algún modo es libre. Necesitamos de esa libertad, necesitamos de esa luz.

Yo tuve una experiencia desagradable para hablar de esa luz. Las personas, sobre todo una, que me catequizaron cuando yo fui a hacer la Primera Comunión, y era una religiosa, me dio la impresión de que todo el tiempo me estaba recitando, yo sentía que era la hermana "cassette", y que todo el tiempo era un "cassette" que me estaba recitando una cosa bien aprendida.

Realmente, pues yo espero que ella, si vive aún, esté en la gloria de los cielos regocijándose en el rostro de Cristo, pero hasta donde yo la conocí, era la hermana "cassette", una hermana que decía algo porque tenía que decirlo, porque era su oficio.

Lo que uno siente tantas veces, me perdonan que haga esta comparación, con los políticos, que llega el momento de decir el discurso, y ya todo el mundo sabe lo que va a decir, y ya todo el mundo sabe por qué lo va a decir, y ya sabe cómo va a acabar, y ya todo el mundo sabe que al final tocará aplaudir, y se acabó. Unas palabras recitadas, unas palabras sin vida.

Por favor, no sean ustedes las hermanas "cassette", no sean las hermanas "cassette", porque yo tardé muchos años en reponerme de eso, y cuando yo hice mi Primera Comunión no sentí absolutamente nada, y muy poco me importó eso, por culpa mía, claro, porque yo no era tampoco inocente.

Yo no creo haber hecho una buena confesión cuando hice la Primera Comunión, ni creo haber puesto de mi parte para prepararme mejor.

Pero eso también es ilustrativo para ustedes porque muchas de ustedes son catequistas, y ustedes no pueden partir de la base de que los niños a los que están evangelizando, son niños apasionados por la doctrina de Dios, más bien me parece que lo contrario, que fue lo que yo viví, es la norma general.

La hermana esta, la hermana "cassette", pues repetía su historia, repetía su catecismo y quería asegurarse ¿de qué? De que nosotros nos convirtiéramos en los niños "cassette", que nosotros empezáramos a repetir lo mismo que ella sabía.

Y finalmente uno terminaba por darle gusto: "Pues, si lo que tengo que hacer es repetirle su historia, entonces aquí le echo su rollo: bla, bla, bla, bla..., ya está, ahora déjeme".

Es muy triste que la evangelización sea eso. A esa hermana, que Dios me perdone si la juzgo mal a esta altura de mi vida, le faltaba esto: el testimonio, no lo tenía por dentro.

Tenía unos contenidos, que estaban organizados allá en sus hojas, sus planillas, sus cosas y: "Respóndame a este contenido, y haga esto y esto", y ya cuando usted hizo eso, "bueno, ya otro que sale, otro que sale, otro..."

¡Qué tristeza que la evangelización quede reducida a eso! La evangelización es la participación de este testimonio, es un contagio de amor. La evangelización es lo que sucede cuando una persona no puede aguantar adentro el fuego que le devora, como le pasó a Jeremías: "Yo trataba de callar".

Pero a veces me parece que los catequistas y los evangelizadores casi están en el extremo opuesto: "Yo trataba de hablar, pero el hielo no me dejaba, y me salía un mensaje frío".

"Y yo sentía que, bueno, ya que no siento nada ni me importa nada, pues por lo menos que a estos benditos muchachitos les queden claras las cosas, que me repitan el cassette, y vayan y comulguen entonces, ¡ah, se acabó!"

Esa fue la sensación que yo tuve, eso me hizo mucho daño, realmente me hizo mucho daño, yo creo que fue un retroceso muy grave en mi incipiente historia de fe, que además no iba muy bien plantada que digamos.

La evangelización es una comunicación de luz que enseña y al mismo tiempo enamora. La evangelización es la participación de este testimonio, es un proceso que va tomando la inteligencia de la persona que escucha, y le va enseñando a relacionar unas verdades con otras.

Y le va enseñando a relacionar esas verdades con su propia vida, y le va enseñando a relacionar esas verdades y su propia vida con lo que vive el mundo, y le va enseñando a relacionar esas verdades, su propia vida, lo que vive el mundo con lo que Dios quiere en el final de la historia.

Esa es la evangelización, y se va apoderando de la mente de las personas, para someterlas dulcemente al reinado de Jesucristo. Esa es la catequesis, esa es la evangelización. Y por eso ese tercer elemento que mencionamos: el gusto, el gusto.

Por favor, no sean ustedes gente que vacuna contra Cristo, que estuvo a punto de hacerlo la hermana "cassette" con nosotros.

Yo no sé si lo mismo sintieron otros niños de los que hicimos la Primera Comunión en aquella época, no sé si ellos sintieron eso, pero yo me sentí al borde de una vacuna contra Cristo: "Ya quedé de religión y de catequesis, por favor... -¿cuántas veces tiene que hacer uno la Primera comunión?..." "-Una", "-¡menos mal, porque qué tal que me tocara otra vez!".

Ese es un daño muy grande, muy grande el que se puede hacer. Hay que buscar a toda costa que las personas sientan gusto, pero no cualquier gusto, no es que se sientan a gusto en el salón, ni a gusto en el colegio, ni a gusto con nosotros, sino que se sientan a gusto con Cristo.

Ese es el testimonio: hasta que se sientan a gusto con el Señor, hasta que puedan también ellos sentir que tiene vida adentro, y también ellos pueden, desde su corazón, hablarle al Señor, sentirlo, vivirlo, experimentarlo, y aunque todo el mundo se les venga encima, sentir: "Esto es así".

La Iglesia primitiva tiene admirables narraciones sobre cómo hubo niños que llegaron a ese grado; no pensemos que porque son pequeños no lo pueden. Santa Inés, vírgen y mártir, esta niña que tendría unos doce años cuando la martirizaron, ¡qué manera de expresarse la de esa niña! Ella habla de cristo como del amor de su alma, y lo tiene y lo vive, ¡ella tiene ese testimonio!

Y San Tarsicio, el niño aquel que falleció protegiendo la reserva eucarística, impidiendo que se burlaran de la Eucaristía, ¡ése era también niño, y ése sabía la vida que llevaba adentro!

Pidamos al Señor, que con el poder de su Espíritu, se adueñe de nosotros, de manera que ese testimonio reine en nosotros, y tengamos vida, gozo, libertad, luz y un gusto contagioso por la verdad divina.

Amén.