Nde5005a

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Fecha: 20000107

Título: La vida eterna

Original en audio: 7 min. 52 seg.


Queridos Hermanos:

En un día como hoy, cómo resultan de consoladoras y cuánta luz nos traen las palabras que nos ofrece la Iglesia.

Quiero destacar, de la primera lectura, una frase. El Apóstol San Juan resume lo que puede decirse de Jesucristo, o mejor, del misterio realizado en Cristo y por Cristo, con estas palabras: "Este es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna y esa vida está en su Hijo" 1 Juan 5,11.

La expresión "vida eterna" no significa una vida que se prolonga y se prolonga y se prolonga. ¿Qué es la eternidad? Es un desafío a la inteligencia hablar de la eternidad, porque la eternidad no es como un reloj que tiene cuerda muy larga; no debemos imaginar la eternidad así.

La vida eterna tampoco es como una prolongación de esta vida o de algo parecido a esta vida, que va pasando años y años y años.

¿Que es la vida eterna? Hay una expresión de la lengua griega para decir eterno, aionios, aión, dice en griego, aión quiere decir la vida que está más allá de este eón, de este mundo; una vida superior a este mundo, una vida plena, una vida total. Un antiguo filósofo de la latinidad, reflexionando sobre esto, decía que la eternidad es la posesión simultánea y perfecta.

Porque fíjate que la vida humana no lo tiene todo. De niños tenemos inocencia, candor, sueños hermosos, dulzura, pero no tenemos la experiencia ni la sabiduría del adulto. Y por eso a nosotros nos gustaría ser niños en algunos aspectos, pero por ejemplo, perder los amores que hemos tratado en esta tierra, eso no lo quisiéramos.

¿Quién que haya tenido una buena amistad, un buen matrimonio, unos buenos amigos va a decir: "Yo quiero devolverme al tiempo en el que no conocía a mis amigos"? Nadie.

De niños tenemos cosas que no tenemos cuando adultos, y cuando llegamos a adultos, tenemos tal vez juicio, mejor juicio, más tino, sabiduría, aprecio por las cosas que valen, pero ya no tenemos el vigor de los que son más jóvenes. Como que cada edad a lo largo de la vida nos va dando algo, pero también nos va quitando algo.

Un pensador inglés, George Bernard Shaw, decía: "La juventud que desperdician los jóvenes", decía este hombre, porque la juventud tiene tantas fuerzas, tiene tanta capacidad y muchas veces, al recordar esos veinte años que tuvimos, como dice la canción, decimos: "Sí, tal vez si yo volviera a vivir, tal vez esa juventud la aprovecharía de otro modo".

Lo que quiero decir con todo esto, es que cada etapa de la vida nos da algo y nos quita algo; en cambio, la vida eterna, de acuerdo con la expresión del filósofo latino Boecio, "es la perfección de la posesión simultánea"; es como tener al mismo tiempo el vigor, la fuerza de la juventud, y el buen juicio, la experiencia, el gusto, la prudencia del hombre mayor, y al mismo tiempo, la capacidad de admiración del niño.

Qué difícil es encontrar, por ejemplo, a un hombre mayor que tenga la capacidad de admiración como la tienen los niños; pero al mismo tiempo qué difícil es encontrar un niño que al darnos su opinión sobre las cosas de esta tierra, sobre las personas, tenga la mesura, el equilibrio del adulto.

Que nos quede claro entonces, que la vida eterna, esa en que nosotros creemos como cristianos, esa que esperamos como tesoro para nosotros, no es la prolongación de años y años y años, eso llenaría de tedio.

La vida eterna, nos explicaba el Papa Juan Pablo en unas catequesis hermosísimas sobre el cielo y el infierno, y el purgatorio, la vida eterna es una plenitud, es una intensidad de vida, es como un estado del alma, y a esa plenitud estamos llamados nosotros. Una plenitud que no empieza de cero, sino que se construye cuando nosotros nos hacemos capaces de entender el lenguaje del amor.

Y por eso, nuestro paso por esta tierra es algo así como el prólogo de un gran libro. En nuestro paso por esta tierra aprendemos el lenguaje del amor; y el cielo, esa comunidad infinita de amor, se convierte como en una sola palabra que Dios nos da y en una sola palabra que nosotros le respondemos, y esa Palabra es Jesucristo.

No dijo el Papa, sea la ocasión de aclararlo, no dijo el Papa que no hubiera infierno, porque es que hubo un poco de medios de comunicación que salieron diciendo que ahora el Papa había negado el infierno.

¡No! Lo que dijo el Papa era que ni los cielos, ni el infierno se podían definir como lugares físicos en el sentido de un asteroide, o de un planeta, o de una galaxia; como que el infierno fuera una galaxia donde la gente se está tostando. Decía el Papa: "No, esas son imágenes con las que la Biblia nos quiere describir o la terrible desdicha o el inmenso gozo."

¡Cómo es de saludable, mis hermanos, meditar en estas realidades! Pero más que meditar en ellas, dejarnos apoderar por el gozo de ese testimonio del que nos habló la primera lectura: "Quien tiene al Hijo, tiene la vida"; quien no tiene al Hijo e Dios, no tiene la vida" 1 Juan 5,12.

¡Cómo es de importante el testimonio del amor, la noticia del amor de Dios se apodere de toda nuetra vida, porque ese es el lenguaje de los cielos y eso es lo que vamos a hacer por toda la eternidad!

Hermanos, nosotros como pueblo de creyentes sabemos que estas palabras están llamadas a reformar nuestra existencia, a aprovechar el día presente, a hacernos sensibles al lenguaje del amor de Dios. Porque también para nosotros llega una hora definitiva y Dios quiere llamarnos a su eternidad.

Sigamos esta celebración en la que vamos a rogar con tanto amor por nuestro hermano difunto y a pedirle a Dios que tenga misericordia de él, que lo lleve, que lo abrace, que le dé esta plenitud de vida; también pensemos en reformar lo que haya que cambiar de nuestra vida, porque para nosotros también llega el tiempo, llega la hora.