Nde5003a

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Fecha: 19990108

Título: “Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida esta en su Hijo”

Original en audio: 14 min. 59 seg.


De acuerdo con la Ley de Moisés, era necesario que cualquier causa discutida se aclarara por la palabra de dos o tres testigos; siguiendo esa usanza, el autor de esta Primera Carta de San Juan nos presenta tres testigos que dan testimonio a favor de nosotros. Esos tres testigos son: el agua, la sangre y el Espíritu.

Esa agua es el agua de arrepentimiento de los pecados, según la predicación de Juan Bautista; o tal vez, mejor, esa agua se refiere al Bautismo mismo de Jesús; o tal vez, esa agua se refiere al bautismo de los discípulos de Jesucristo, aquellos que hemos obedecido lo que dice el final del evangelio según San Mateo; allá Cristo manda a bautizar en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu.

Esa agua de conversión, es agua de bautismo, es agua de alianza, porque el bautismo de Juan no sucedió en cualquier río, sucedió en el río Jordán, porque frente al Jordán el pueblo se había comprometido a cumplir la Ley de Dios.

Y, por eso, para reconocer que ha incumplido esa Ley, y para ser lavados de sus transgresiones fueron bautizados por Juan. Juan no bautizaba en cualquier sitio. Juan bautizaba en el Jordán, porque era un bautismo para el pueblo que había entrado a la Tierra Prometida atravesando el Jordán. Por eso, esta agua, es agua de conversión, agua de bautismo y agua de alianza.

Juan había sido enviado por Dios como profeta, "y más que profeta" San Mateo 7,26, dice Jesús. Por consiguiente, el testimonio del que está dando esta agua es que Dios da un camino en medio del agua, como se lo dio al pueblo de Israel; da un camino de conversión, está llamando a la renovación de la Alianza.

Pero la misión de Juan no termina en bautizar las personas. Como nos cuentan los Evangelios, la misión de Juan termina en señalar a Jesucristo, de quien dijo: “Él tiene que crecer y yo tengo que disminuir” San Juan 3,11, termina su ministerio entregando sus discípulos a Jesús.

De esta manera, toda la profecía, toda la fuerza profética de Juan, finalmente apunta hacia Jesús; y el mensaje del agua es: “Dios da una ocasión de lavar las faltas y transgresiones, quiere renovar su Alianza, y el lugar de esta renovación es Jesucristo.

El segundo testigo es la sangre. De nuevo esta sangre hace referencia a la Alianza, y hace referencia a la vida, y hace referencia a la violencia, a la guerra, pero también a la paz. Sangre que hace referencia a la Alianza, porque con la Sangre del Cordero fueron rociados los israelitas, cuando la Alianza con Moisés.

Y a su vez, este signo de la sangre que cae sobre el pueblo, que el pueblo recibe como señal de Alianza tuvo sus antecedentes en el mismo Abraham. En una tarde misteriosa, Dios manda a Abraham que pase por en medio de unos animales descuartizados que han empapado con su sangre las arenas del desierto.

Mientras Abraham pasa por en medio de esos animales, la voz de Dios se compromete, con juramento, a llegar hasta el final todo lo que le ha prometido a Abraham. Esta costumbre, casi diríamos, salvaje, espantosa, era lo usual en aquellos pueblos del Medio Oriente.

Cuando dos reyes o dos jefes de tribus iban a hacer pacto, cada uno invocaba sus respectivos dioses, mientras pasaban por en medio de animales descuartizados, por lo que tenían que decir aquellos que iban a contraer pacto ahora: “Que me suceda a mí lo que sucede a estos animales, si incumplo la Alianza”

Era como una especie de fórmula de maldición que la persona se echaba encima, una maldición condicional. “Si no cumplo con lo que estoy diciendo, que me maldiga mi Dios y me pase esto”. ¡Terrible! Era como un medio de asegurarse mutuamente de que cada uno iba a cumplir con su parte.

Esos animales, así despedazados, que han derramado su sangre, estaban, pues, mostrando la gravedad del compromiso, un compromiso hasta la sangre, un compromiso hasta dar la vida si fuera necesario. Se prohibía a los judíos que probaran, o tomaran la sangre de cualquier animal. Por esa asociación tan estrecha entre la sangre y la vida.

Si ahora vamos hacia Jesucristo, ¿qué encontramos? Sangre derramada, de la cual dice, Jesús: “Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, derramada por vosotros, y por todos los hombres, para el perdón de los pecados” San Mateo 26,27-.

Una sangre que expresa, entonces, toda la violencia del pecado y toda la fuerza de la misericordia. El mismo Jesús dice en el capítulo décimo de San Juan: “A mi no me quitan la vida, yo la doy” San Juan 10,18, una sangre que se ha hecho brotar, por una sangre que era regalada.

Una sangre que al mismo tiempo resume todas las violencias, como dijo Jesús, toda la agresividad, todo el impulso homicida del ser humano, pero sangre que por otra parte, resume toda la paciencia, la incomprensión y la misericordia, la fuerza del perdón de Dios.

¿Qué está diciendo, entonces, esa sangre? Está diciendo que el verdadero enemigo es el pecado, que seguir buscando culpables, es seguir produciendo muerte, y que ese gran enemigo, que es el pecado, puede ser apartado de nosotros.

Dice la Carta a los Hebreos: “Si de la sangre de machos cabríos pudo contarse que perdonara pecados, ¿cuánto más la sangre del Cordero sin mancha?” Carta a los Hebreos 9,1.

De manera que el testimonio de la sangre es que hay perdón, que Dios quiere renovar su Alianza, y que si nosotros aceptamos el baño regenerador de esa sangre, también nuestras vestiduras se blanquearán, como dice el Apocalipsis, y también nosotros seremos partícipes de esa Alianza que Cristo llamó: “Nueva y Eterna” San Mateo 26,28. Entonces, esta Sangre habla nuevamente del perdón, de la Alianza, de la vida hacia Jesucristo.

El tercer testigo es el don del Espíritu Santo. El testimonio del Espíritu, ¿cuál es? De acuerdo con lo que dice el evangelio según San Juan, el Espíritu nos recuerda las enseñanzas de Jesús y nos conduce hacia la verdad plena.

“Yo os daré otro Paráclito” San Juan 16,7, dice en el evangelio de San Juan. La ausencia de Cristo, de alguna manera queda aliviada por la presencia del Espíritu.

Ese don del Espíritu produce en nosotros la certeza de quiénes somos. El Espíritu enseña a nuestro espíritu quiénes somos; es el Espíritu el que da la palabra interior que nos permite reconocer esa agua como agua que puede lavarnos, y esa sangre como sangre que puede perdonarnos. Sin el testimonio del Espíritu, Dios queda completamente ajeno a nosotros.

Pero, si Jesús nos da el Espíritu, como se muestra, por ejemplo, en el pasaje aquel de Emaús cuando, por el Espíritu, Dios abre el entendimiento a esos discípulos; si llega ese Espíritu y abre nuestro entendimiento, entonces comprendemos que esas palabras son para nosotros, que Jesús es para nosotros, que nosotros somos para Él.

Podemos decir, que el testimonio del Espíritu es el que hace que nosotros nos impliquemos en esa historia, y que no sea para nosotros algo que sucede en frente, sino algo que sucede adentro.

¿Y qué está diciendo este Espíritu? Pues, está diciendo el mismo Espíritu que habló por los profetas, el mismo Espíritu que señaló con su presencia a Jesús en el Bautismo; el mismo Espíritu que da la certeza de la Resurrección, está diciendo que este Jesús es el Enmanuel”, el Dios con nosotros, es el lugar de la reconciliación, es el lugar de la Alianza.

Son tres testigos: el agua, la sangre, y el Espíritu. Los tres son concordes en ese testimonio que hoy nos resume la Primera Carta de Juan, que “Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo” 1 Juan 5,11.

Si quieres resumir toda la teología de San Juan, ahí tienes ese versículo que nos ha regalado la Iglesia hoy: “Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo” 1 Juan 5,11.

¿Cómo puedo creer eso? Escucha al agua, escucha a la sangre, escucha al Espíritu. El murmullo del Espíritu, el canto del agua; la poesía de la sangre que llevan hacia Jesús; en Él está la vida, en Él está la plenitud de la vida.

El mismo Jesucristo, conociendo la fuerza que tiene dentro de su cultura judía, quiso que el memorial de la Pascua tuviera un doble sentido: “Haced esto en memoria mía” San Lucas 22,19, y quiso resumir, en ese cáliz y copa de Alianza, quiso resumir este triple testimonio.

En ese cáliz está la razón de ser de nuestro bautismo, en ese cáliz está la gracia perdonadora de los pecados de la humanidad, y de ese cáliz dijo San Pablo “Todos hemos bebido de un mismo Espíritu" 1 Corintios 12,13.

Esto quiero decir que celebrar la Eucaristía es escuchar a estos tres testigos, y es encontrar la profundidad de lo que hoy se nos ha dicho: “Quien tiene al Hijo tiene la vida, porque Dios nos ha dado vida, y esta vida está en su Hijo" 1 Juan 5,11.,