Nde5002a

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Fecha: 19980109

Título: El testimonio fundamental del Espiritu Santo

Original en audio: 4 min. 15 seg.


Tres son los testigos, nos ha dicho la Primera Carta de Juan. No es sólo el agua, es el agua y la sangre.

Detrás de estas expresiones, hay la huella de una cierta polémica con el bautismo de Juan, es decir, entre el bautismo de Cristo y el bautismo de Juan.

Da la impresión de que, por lo menos en aquellos primeros tiempos, no estaba claro para todo el mundo que el bautismo de Jesús era cualitativamente distinto, esencialmente distinto e infinitamente superior al bautismo de Juan.

Sino que muchas personas, quedándose como en la materialidad de los hechos y de los gestos, veían una equivalencia entre los dos bautismos: "Me bautizo según la predicación de Juan, o me bautizo según la predicación de Jesús, o me bautizo de alguna otra manera."

De este modo, la esencia de nuestra fe en el acontecimiento de la Pascua, quedaba comprometida. Por eso la Carta dice: "No se trata sólo de agua, se trata de agua y de sangre" 1 Juan 5,6; y añade otro testigo, que en realidad es el que nos ayuda a escuchar el testimonio del agua y el de la sangre.

Porque tampoco se trata aquí, desde luego, de que el agua tenga un mensaje salvador en sí misma, o que la sangre tenga un mensaje redentor en sí misma; eso nos haría adoradores de la naturaleza o del sufrimiento, no; es necesario el tercer testigo. Ese testigo, ese testimonio del Espíritu es el que hace que el agua no sólo lave exteriormente, sino que limpie interiormente.

El agua exterior, por ejemplo, en el bautismo, se corresponde con el agua interior del Espíritu; y es así que el agua interior, el agua del Espíritu, lavándonos, purificándonos, vivificándonos interiormente, nos hace comprender el testimonio del agua exterior.

De nada vale extrañarse o sorprenderse de las Llagas de Cristo, si no nos sorprendemos del amor de Jesucristo; y de nada vale sentir una compasión como la de aquellas mujeres en Jerusalén cuando Cristo iba camino de la Cruz, esa compasión de poco vale, si no hay por dentro una luz que permita entender en este sacrificio el amor grande y redentor de Dios.

Esa luz interior, es la luz del Espíritu Santo. Y es entonces este testimonio fundamental del Espíritu el que hace que nosotros podamos comprender el sacrificio del Señor, podamos ver el amor que le movía y recibir esa misma gracia y ese mismo amor en nuestras vidas.

Y guiados, pues, por el agua, por la sangre y por el Espíritu, nosotros comprendemos, llegamos por lo menos asomarnos a una verdad fundamental: ahora la vida de Dios está también en nosotros, esta es la vida eterna, que al principio de la Carta se nos había dicho: "Estaba con el Padre, pero se ha vuelto hacia nosotros" 1 Juan 1,2; tenemos vida, hay para nosotros vida, y hay gracia y hay perdón.