Nde5001a

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Fecha: 19970110

Título: El Espiritu, el Agua y la Sangre son los tres testigos que anuncian nuestro perdon y nuestra salvacion

Original en audio: 13 min. 33 seg.


La Eucaristía tiene dos alimentos, o mejor, un solo alimento servido de dos modos. Es el Pan de Vida servido de dos maneras en la mesa del Señor: está la mesa de la Palabra y está la mesa del Sacramento.

Es tan bellos esto porque así nos permite comer sabiendo qué comemos, y así nos permite escuchar alimentándonos.

Cuando escuchamos la Palabra, ya vamos comulgando con Cristo, y cuando comulgamos es como si oyéramos, ya no sólo noticia de Él, sino su mismo acento, su misma repiración, el mismo álito de Éspíritu que a Él lo consagra como Cristo y que a nosotros no consagra como cristianos.

Y uno empieza a comulgar en el momento en el que, levantándose de su puesto, se acerca a recibir la Hostia consagrada. Uno empieza a comulgar cuando empieza a escuchar la Palabra de Aquel que se nos dará como alimento.

Y como toda la Escritura fue transformada en Evangelio por el Evangelio, y como el mismo Señor dice que toda la Escritura da testimonio de Él, por esa razón, uno empieza a comulgar cuando se empieza a promulgar la Palabra de Dios.

Sin esta escucha de la Palabra, difícilmente recibiríamos en el Sacramento algo más que el sólo signo, el signo de nuestro compartir, el signo remoto de su inmolación. Es la Palabra la que va levantando nuestro corazón y nuestro entendimiento para que sepamos qué es lo que sucede en la Eucaristía.

Pero luego es la Eucaristia la que lleva a su plenitud lo que hemos escuchado en la Palabra, de modo que esa Palbra no quede como recuerdo de algo que sucedió, sino más bien como anuncio de algo que sucede, que está sucediendo y que va a seguir sucediendo.

En la Eucaristía, Cristo, desde el principio, colma nuestro ser; es Cristo quien nos habla y Cristo quien nos permite escuchar su Palabra; es Cristo quien nos alimenta y Cristo quien nos da hambre de ese alimento; es Cristo quien anuncia que se va a dar, que se va a regalar, y es Cristo quien se regala, quien se dona; es Cristo quien nos encamina hacia la Eucaristía y es Cristo quien ofrece el alimento del altar.

La Eucaristía tiene, como decir, las huellas digitales de Cristo; la Eucaristía, verdaderamente, es el memorial del Señor; todo en ella nos presenta el modo de ser de Dios.

En las lecturas descubrimos a Dios obrando en nuestra historia, y al comulgar, nuestra historia se funde con su eternidad; en las lecturas Él se hace camino nuestro, en la comunión nosotros caminamos por su senda. Podíamos decir, en cierto sentido, que en las lecturas Él se acerca a nosotros, para que en la comunión nosotros nos acerquemos a Él.

En las lecturas es como si Él se abajara, y en la comunión es como si Él nos levantara; en las lecturas es como si Él nos sanara y nos diera hambre, signo de verdadera salud; en la comunión es como si Él saciara la misma hambre que sólo su Palabra puede causar.

"Tres son los testigos" 1 Juan 5,8, dice la primera lectura del día de hoy, no dice "tres fueron los testigos, sino "tres son los testigos: el Espíritu, el agua y la sangre" 1 Juan 5,8.

El agua se refiere al baño de regeneración, al bautismo; la Sangre se refiere al don de la Cruz y también a la Eucaristía; y el Espíritu, al testimonio interior, que este Señor y Dador de vida da en nuestro corazón.

¿Sabemos que realmente el agua de nuestro bautismo sigue viva? El agua de nuestro bautismo no es un agua muerta, es un agua viva. El agua con la que nosotros nos lavamos o limpiamos las manos o el cuerpo, es un agua que se ensucia y que por lo tanto toca retirarla, que se vaya por el desagüe.

Pero el agua del bautismo no es un agua que se ensució de nosotros, sino es un agua que nos limpió a nosotros; el agua del bautismo no es un agua que tomó de nosotros la muerte, sino que nos comunicó su vida; el agua del bautismo no fue la declaración de lo que nosotros éramos, sino sobre todo la declaración de lo que nosotros íbamos a ser, de lo que nosotros somos por él.

Y por eso el agua del bautismo, el agua de nuestro propio bautismo, sigue gritando, sigue clamando que somos perdonados. Qué poquitico de agua seguramente se utilizó en nuestro bautismo, una porción quizá como la de este recipiente que les estoy mostrando, un poquitico, pero esa agua, de alguna manera, quedó inmortalizada por la gracia del Espíritu que obró en ese sacramento.

Ese poquito de agua, comparable a éste, no se perdió; ese poquito de agua se ha convertido como en un torrente dentro de nosotros, y de ese torrente y de ese manantial sale toda la música y todo el canto de nuestra alma agradecida. Esa agua ya no morirá, lo que hizo, lo que hace esa agua nadie lo puede destruir, porque es imborrable.

El agua de nuestro bautismo, seguramente poca en cantidad pero infinita en eficacia, el agua de nuestro bautismo sigue diciendo y declarando una y otra vez que hay vida y gracia y perdón. Y por eso el agua es testigo, la Sangre, este es el segundo testigo, la Sangre de la Cruz.

Sin duda, esa Sangre preciosa que brotó de nuestro Salvador, humedeció el madero y se coaguló, se secó allí; esa Sangre se seca, pero la Sangre de Cristo no se seca, y aunque se haya secado sobre ese madero, no fue ella la que se secó en el madero, sino el madero el que reverdeció con esa Sangre; no es que esa Sangre haya muerto al salir, sino que comunicó su vida a esa Cruz, y en esa Cruz en la que Él murió, nosotros encontramos nuestra vida.

Físicamente, para quienes pudieron presenciar la escena, se coaguló y secó, pero si se secó fue para dejar el sello indeleble de un amor que no se seca, de una fuente que no se detiene, de un torrente que ya no dejaría de manar. Y para que supiéramos que esto es así, del interior del cáliz, en cada Eucaristía, vuelve a manar esa fuente, vuelve a brotar esa Sangre.

la Sangre de la Eucaristía nunca se coagula, nunca se seca; la Sangre de la Eucaristía, la Sangre de Cristo muestra que no fue el madero el que venció a la Sangre, sino la Sangre la que venció al madero.

La Sangre de la Eucaristía, la Sangre ofrecida en este cáliz, y que desde este cáliz de metal pasa al cáliz del pecho de cada creyente que comulga, esa Sangre es el segundo testigo que sigue diciendo una y otra vez cuántos somos y quiénes somos para Dios, cuánto nos ama, cuánto, cuánto nos ama.

La Eucaristía es la perpetua declaración de ese amor, y la Sangre de la Eucaristía, que no pude coagularse, y que sigue manando sin cesar en diversos cálices que son un único cáliz, y en diversos corazones que son un solo corazón, esa Sangre que sigue brotando, sigue declarando en favor nuestro que hay vida, que hay gracia y que hay perdón.

Y el don del Espíritu Santo, que fue merecido por esta Sangre, ese don del Espíritu Santo es el que mantiene perpetuamente en la Iglesia el don del agua y el don de la sangre, que si esa agua sigue corriendo y esa Sangre sigue manando para salvación nuestra, es porque el Espíritu se sigue comunicando. El profeta Joel lo había dicho: "Derramaré mi Espiritu sobre toda carne" Joel 3,1.

El día de Pentecostés, el Apóstol Pedro toma estas palabras y las aplica a lo que estaba sucediendo, pero esto no quiere decir que esa profecía se haya terminado de cumplir; empezó a cumplirse allí.

En la carne de los Apóstoles, perdonada por la Sangre de Cristo, bautizada por el trato con el Verbo; en la carne de los Apóstoles, santificada por el don del Espíritu, se empezaba a cumplir esa profecía.

Pero esa profecía de joel, que tiene unos dos mil cuatriocientos años o cosa parecida, no ha terminado de cumplirse; si el Señor dijo: "Derramaré mi Espíritu sobre toda carne" Joel 3,1, está cumpliendo esa profecía. Su Espíritu, sin cesar, fecunda a la Iglesia, sin cesar la ilustra, la embellece, la prepara para toda obra buena.

Y es sobre todo esa voz del Espíritu la que hace que nuestra voz pueda confesar a Jesús como el Hijo de Dios, y pueda comprender que en esa proclamación está nuestra victoria sobre el mundo. Porque al decir que Jesús es el Hijo de Dios, y al crer en Aquel que venció al mundo, también nosotros nos unimos a su victoria.

¡Qué refrescante, qué reconfortante, qué reconstituyente saber que estos testigos anuncian nuestro perdón y nuestra salvación!

El Demonio, Satanás, es el gran acusador, el que reúne pruebas en contra nuestra, nada podrá, mientras la Sangre, el agua y el Espíritu estén reuniendo tantas pruebas a favor nuestro; mientras el agua, la Sangre y el Espíritu estén diciendo quiénes somos para Dios, no importan los engaños, las insidias, las tentaciones, los ataques del enemigo.

Él lo sabe, está perdido y su reino quebrantado, porque la Cruz se levanta vencedora, porque la Sangre sigue anunciando el perdón, porque el agua no cesa de lavarnos y porque el Espíritu da testimonio de que somos hijos de Dios.

A Él la gloria, honor y poder, por los siglos eternos.

Amén.