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Fecha: 19960104

Título: Ganar a otros para Cristo

Original en audio: 8 min. 21 seg.


La Primera Carta de Juan está escrita desde una perspectiva de radicalidad tan fuerte, que casi parece contraria a la tolerancia y al ecumenismo. Para el autor de esta primera Carta de Juan sólo hay posiblidad de ser de Dios o de ser del diablo.

Y sólo existen los hijos de Dios, que son aquellos que reconocen que Dios ha enviado a su Hijo y que lo ha manifestado en nuestra carne, eso por un lado; y por otro lado, los hijos del diablo, obradores de iniquidad, obradores de injusticia y que tampoco reconcen a Cristo como el Enviado del Padre.

No cabe duda de que necesitamos radicalidad precisamente los limpos, que vivimos en cierto modo, nos exige que seamos una presencia clara de Dios.

De acuerdo con esto, el énfasis casi intolerante de la primera Carta de Juan es provechoso para nuestros días. Nos contaba una vez, precisamente la hermana Teresita, de que la gente, al tocar a la puerta en Cuba, decía: "Deme papeles de Dios", pidiendo estampitas, oraciones, plegarias o meditaciones, lo que fuera, con tal de que sea de Dios.

pero esas estampitas y esos papeles de Dios nos lo pide la gente en Cuba. Tal vez son menos los que tocan a la puerta aquí para decir: "Hermana, amiga o compañera, deme papeles de Dios".

Quizá necesitaríamos ser tan de Dios en todas partes, que la gente pudiera acudir a nuestra puerta y tocar siempre a cualquier hora del día o de la noche y pudiera pedirnos un papel de Dios, una Palabra de Dios, muéstrame algo de Dios.

Y es interesante comprobar que el criterio para ver si tenemos esos papeles de Dios, el criterio lo da esta Primera Carta diciendo: "Quien comete pecado es del diablo" 1 Juan 3,8.

Se necesita, no cabe duda, una obra de justicia, no solamente de justicia social, de justicia conmutativa o distributiva, se necesita esa especia de justicia interior y profunda que es la de aquél que le da la gloria a Dios, que le da la paz al prójimo, que le da la verdad al mundo. De ese tamaño de justicia está hablando la primera Carta de Juan.

De manera que al iniciar estos días de reflexión, estos días en que el Señor puede hacer tantas cosas, yo exhorto fraternalmente a que volvamos nuestra vida hacia esa justicia integral, hacia esa justicia total de Dios, de manera que en Él nos configueremos de tal modo con su Hijo, con Cristo, que la gente siempre nos pueda decir: "Muéstrame a Dios", "dame algo de Dios".

Creo que si eso no se le puede pedir a un religioso, a una religiosa, otros prefieren que hable de consagrados, si eso no se le puede pedir a un consagrado o a una consagrada, no tenemos razón de ser ni en la Iglesia ni en le mundo; pero sí tenemos razón de ser, porque la obra de la vida religiosa es un invento del Espíritu Santo, Espíritu Creador.

El Santo Evangelio nos muestra, por decirlo así, la otra cara: Juan tiene discípulos y los pierde para que Jesús los tenga; Andrés encuentra a Jesús, pero no quiere que su hermano Simón sea discípulo de él, sino que sea discípulo de Cristo. Ahí está, como decía, la otra cara.

Ser de Dios no es tener la gente para nosotros, no es conquistarla para nostros o para nuestras obras, no es conseguir que piensen como nosotros, ni siquiera que tengan nuestras mismas devociones; ser de Dios es conducir la gente hacia Cristo, pero lo maravilloso es comprobar que sólo Cristo es capaz de hacernos discípulos de Él y es capaz de hacer que nosotros traigamos otros discípulos a Él.

Ser de Dios, ser verdaderamente bautizados y consagrados es conducir a las personas hasta Jesús. Sobre este texto del evangelio, comenta San Juan Crisóstomo que Andrés, en breve tiempo, comunica lo que ha aprendido, pero lleva a su hermano a los pies de Aquél que puede enseñarle mejor.

Y yo creo que ese es el doble realismo del Apóstol: no creer que es poco lo que tiene, tan poco como para tener que quedarde callado, tan poco como para tener el derecho de callar; pero tampoco creer que tiene tanto, que tiene el derecho de acaparar y adueñarse del discípulo.

No tienes tan poquito como para quedarte callado, y no tienes tanto como para adueñarte de la gente; tenemos lo suficiente, apenas lo justo para conducirlos a Cristo, apenas lo justo para que el Señor sea su riqueza, su tesoro, su ciencia, su vida, su libertad.

Con ese propósito, con esa certeza de haber sido ganados por Cristo y alcanzados por Él y de querer conducirle otros para que también sean ganados por Él, con esa certeza, continuemos nuestra celebración Eucarística.

Él, cada día nos da el pan, la verdad y la luz para para ese día; en esta Eucaristía también lo realiza, así logra Él la gloria del Padre.

Bendito sea su Nombre.

Amén.