Diferencia entre revisiones de «Madurez en el Espíritu, 1 de 5, Sanado significa reconciliado»

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Imagínate que los científicos han demostrado que la estructura, -óyeme bien-, la estructura del cerebro cambia con aquello que pensamos. Nuestros pensamientos cambian nuestro cerebro. El cerebro tiene varios miles de miles  de millones de células que se llaman neuronas. Esas neuronas se conectan. El nombre de esas conexiones es sinapsis.  
 
Imagínate que los científicos han demostrado que la estructura, -óyeme bien-, la estructura del cerebro cambia con aquello que pensamos. Nuestros pensamientos cambian nuestro cerebro. El cerebro tiene varios miles de miles  de millones de células que se llaman neuronas. Esas neuronas se conectan. El nombre de esas conexiones es sinapsis.  
  
La sinapsis entre las neuronas cambian de acuerdo con las cosas que pensamos. Eso quiere decir que la persona que vive en el mundo del pecado está todos los días modelando, literalmente, modelando su cerebro para que piense en clave de pecado. De ahí que el cerebro de un mentiroso llegue a volverse distinto del cerebro de una persona sincera y honesta. Incluso a nivel biológico el cerebro del mentiroso se daña. ¡Qué impresionante!  
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La sinapsis entre las neuronas cambian de acuerdo con las cosas que pensamos. Eso quiere decir que la persona que vive en el mundo del pecado está todos los días modelando, literalmente modelando su cerebro para que piense en clave de pecado. De ahí que el cerebro de un mentiroso llegue a volverse distinto del cerebro de una persona sincera y honesta. Incluso a nivel biológico el cerebro del mentiroso se daña. ¡Qué impresionante!  
  
 
El cerebro de la persona morbosa se daña, el cerebro de la persona soberbia se daña. Y muchas veces no se daña tan sólo el cerebro. Se daña, por ejemplo, el cuerpo con las enfermedades. Viene la cirrosis; el alcohólico crónico tiene su cirrosis. ¿Qué está indicando eso? El pecado destruye: nos destruye biológicamente, físiológicamente, mentalmente.  
 
El cerebro de la persona morbosa se daña, el cerebro de la persona soberbia se daña. Y muchas veces no se daña tan sólo el cerebro. Se daña, por ejemplo, el cuerpo con las enfermedades. Viene la cirrosis; el alcohólico crónico tiene su cirrosis. ¿Qué está indicando eso? El pecado destruye: nos destruye biológicamente, físiológicamente, mentalmente.  
  
El pecado, además, no sólo destruye al pecador. Resulta que no es únicamente  nuestro cerebro el que consiste en un tejido de conexiones entre neuronas. La sociedad es un tejido de conexión entre personas. Y así como cuando se daña una célula eso afecta el funcionamiento de otras células, si lo anterior se vuelve grave, -puede ser, por ejemplo, un cáncer-, pues, así también el pecador empieza a dañar el tejido de relaciones, allí donde se encuentra.  
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El pecado, además, no sólo destruye al pecador. Resulta que no es únicamente  nuestro cerebro el que consiste en un tejido de conexiones entre neuronas. La sociedad es un tejido de conexión entre personas.  
  
"Mi pecado de egoísmo destruye mi relación con mi pareja". "Mi pecado de egoísmo destruye mi relación con mis hijos". "Mi pecado de egoísmo destruye mi relación con la naturaleza". Destruimos la naturaleza por puro egoísmo. Durante décadas y décadas, prácticamente durante siglos, se miró a la naturaleza como si fuera una cantera de la cual se puede extraer, y extraer, y extraer. Y se miró a los ríos y al mar como si fueran basureros.  
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Y así como cuando se daña una célula eso afecta el funcionamiento de otras células, si lo anterior se vuelve grave, -puede ser, por ejemplo, un cáncer-, pues, así también el pecador empieza a dañar el tejido de relaciones, allí donde se encuentra. "Mi pecado de egoísmo destruye mi relación con mi pareja". "Mi pecado de egoísmo destruye mi relación con mis hijos". "Mi pecado de egoísmo destruye mi relación con la naturaleza".  
  
Entonces, el egoísmo irresponsable de miles y de millones de personas, convirtió al mar en un basurero. En el Océano Pacífico hay islas de plástico. Tú ves que la persona va en su crucero elegante, se toma una botellita de agua y la bota por la borda. Esa botellita, con la otra botellita, con la otra botellita, van formando una isla.  
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Destruimos la naturaleza por puro egoísmo. Durante décadas y décadas, prácticamente durante siglos, se miró a la naturaleza como si fuera una cantera de la cual se puede extraer, y extraer, y extraer. Y se miró a los ríos y al mar como si fueran basureros. Entonces, el egoísmo irresponsable de miles y de millones de personas, convirtió al mar en un basurero.  
  
¡Yo no podía creerlo! La otra vez decían en un programa: "Si se juntaran todos los plásticos que la gente ha tirado al Océano Pacífico, se tendría un área semejante a la de Inglaterra". ¡Ése es el plástico que le hemos tirado al mar! Y uno dice. "-¡Pero, mi botellita!"  "-No; tu botellita,  con la botellita del otro, con la botellita del otro, con la botellita del otro, está destruyendo un ecosistema y tiene consecuencias desastrosas".  
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En el Océano Pacífico hay islas de plástico. Tú ves que la persona va en su crucero elegante, se toma una botellita de agua y la bota por la borda. Esa botellita, con la otra botellita, con la otra botellita, van formando una isla.  
  
Lo mismo sucede con el mercurio; lo mismo sucede con los desechos radioactivos. Cuando los países estaban entusiasmados con la fuerza del átomo, con la energía nuclear, había islas donde se hacían explosiones en el Pacífico Sur, por Asia. ¡Cuántos experimentos nucleares hicieron Francia y otros países por allá! "-Vamos a detonar una bomba". "-Oye, pero, ¡cuánta radiación maligna que destruyó y que produjo mutaciones y que produjo desastres!"
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¡Yo no podía creerlo! Alguna vez decían en un programa: "Si se juntaran todos los plásticos que la gente ha tirado al Océano Pacífico, se tendría un área semejante a la de Inglaterra". ¡Ése es el plástico que le hemos tirado al mar!  
  
Por lo tanto, ya entendemos un poco de cuál es el pecado y por qué tiene poder. El pecado tiene poder porque es una mentira que nos presenta un camino rápido, fácil e intenso para lograr un bien. Pero, esa mentira produce destrucción. Esa destrucción uno no la mira inmediatamente. Uno se fuma un cigarrillo: "No me pasó nada"; dos: "No me pasó nada" ; dos millones de cigarrillos: "¡Me estoy muriendo de un cáncer!" "Y seguro que no llego a los dos millones antes de que eso me suceda".  
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Y uno dice: "-¡Pero, mi botellita!"  "-No; tu botellita,  con la botellita del otro, con la botellita del otro, con la botellita del otro, está destruyendo un ecosistema y tiene consecuencias desastrosas".
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Lo mismo sucede con el mercurio; lo mismo sucede con los desechos radioactivos. Cuando los países estaban entusiasmados con la fuerza del átomo, con la energía nuclear, había islas donde se hacían explosiones en el Pacífico Sur, en Asia. ¡Cuántos experimentos nucleares hicieron Francia y otros países por allá! "-Vamos a detonar una bomba". "-Oye, pero, ¡cuánta radiación maligna que destruyó y que produjo mutaciones y que produjo desastres!"
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Por lo tanto, ya entendemos un poco de cuál es el pecado y por qué tiene poder. El pecado tiene poder porque es una mentira que nos presenta un camino rápido, fácil e intenso para lograr un bien.  
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Pero, esa mentira produce destrucción. Esa destrucción uno no la mira inmediatamente. Uno se fuma un cigarrillo: "No me pasó nada"; dos: "No me pasó nada" ; dos millones de cigarrillos: "¡Me estoy muriendo de un cáncer!" "Y seguro que no llego a los dos millones antes de que eso me suceda".  
  
 
El pecado destruye. El pecado es finalmente una amenaza contra la Creación. Nos dice San Pablo: "Por envidia del pecado entró la muerte en el mundo" (véase Romanos 5,12). Y muerte no significa simplemente que termina el ciclo de un ser vivo. Muerte significa que se empobrece, significa que se daña, que se lastima la vida. ¡Eso es muerte!  
 
El pecado destruye. El pecado es finalmente una amenaza contra la Creación. Nos dice San Pablo: "Por envidia del pecado entró la muerte en el mundo" (véase Romanos 5,12). Y muerte no significa simplemente que termina el ciclo de un ser vivo. Muerte significa que se empobrece, significa que se daña, que se lastima la vida. ¡Eso es muerte!  

Revisión del 15:10 2 jun 2012


Mis Queridos Hermanos:

Creo que una palabra que nos caracteriza mucho en la Renovación Carismática es la palabra "sanación". De hecho, cuando se habla de un congreso de sanación, inmediatamente uno piensa en los carismáticos. Además, la sanación ha sido un vehículo muy poderoso para atraer grandes multitudes.

Y muchos de los que podemos llamar patriarcas, iniciadores, propagadores, apóstoles de la Renovación, han recibido ese don, el don de la sanación. Sacerdotes como Darío Betancourt o como Emiliano Tardiff, sobre todo, son conocidos y son recordados en muchas partes del mundo, especialmente por esa palabra, por la palabra sanación.

¿Qué vamos a hacer en esta primera reunión nuestra, en esta primera enseñanza? Vamos a hablar sobre el lugar que ocupa la sanación en el plan de salvación de Dios. Dios tiene un plan de salvación para nosotros. Entonces, vamos a relacionar salvación y sanación. Eso es lo primero que vamos a hacer. Luego, veremos la sanación como una señal, como un signo; y todo signo tiene un significado. La sanación como una señal: ésa es la segunda parte.

Y en la tercera parte de esta enseñanza, que Dios nos ayude y que todo pueda ser según su querer. En la tercera parte vamos a ver qué significa eso de ser sanados desde el punto de vista de la misión. O dicho de otra manera: ¿para qué somos sanados? Porque, la sanación no es un punto de llegada; es una estación en el camino.

Tres puntos: Primero, sanación y salvación. Segundo, la sanación como signo, signo del Reino de Dios. Y el tercer punto, sanación y misión, el para qué de la sanación.

Empecemos, por tanto, con lo primero: la sanación y la salvación. Tengamos en cuenta, hermanos, que nuestra fe, que la fe que ustedes y yo vivimos, es una fe que se centra en una palabra, la palabra salvación, la palabra redención.

¡Ser salvados! Jesús es el Salvador. Esto es esencial para el mensaje cristiano, hasta el punto de que el Papa Juan Pablo Segundo nos decía en alguna ocasión: "La conciencia del pecado va unida a la conciencia de la gracia", lo cual significa que si se pierde la conciencia del pecado, se pierde la conciencia del amor gratuito de Dios.

Porque, nosotros, ante todo, somos salvados del poder del pecado. El pecado tiene garras, y las garras del pecado se hunden en nuestra carne, se hunden en nuestra historia, se hunden en nuestras familias. Las garras del pecado nos retienen prisioneros, según aquello que dijo Cristo en disputa con las autoridades judías: "El que comete pecado es esclavo del pecado" (véase San Juan 8,34).

Entonces, nosotros somos salvados fundamentalmente del poder del pecado. Luego, tenemos que preguntarnos por qué el pecado, siendo una cosa perversa, tiene poder en nosotros. Y la respuesta no es tan difícil. Mira, el pecado tiene poder porque el pecado se vende a sí mismo como un atajo para algo bueno.

El pecado se presenta, no en el rostro y la realidad de maldad que es lo propio suyo, sino como un atajo para el bien, como un camino corto y sin esfuerzo para el bien, según aquello que dijo Jesús: "Ancho es el camino que lleva a la perdición" (véase San Mateo 7,13).

El pecado se presenta como un atajo para el bien, y buscando un bien, nos dejamos agarrar por el pecado. ¿De dónde viene el verbo agarrar? Viene de garra, y la garra es eso: es ese instrumento que utilizan los animales para retener a su presa. Entonces, nosotros somos agarrados por el pecado.

El pecado se presenta como un atajo. ¿Para qué? Atajo para algo bueno: típicamente, para un poco de felicidad. ¿Qué es lo que busca la persona, por ejemplo, que bebe? Busca un poco de felicidad, y llega a emborracharse porque ese líquido le promete felicidad. Por eso se emborracha.

¿Qué hace la persona que comete un adulterio? Está buscando un atajo para una felicidad; es una felicidad mentirosa, y es una felicidad provisional, temporal, que va a destruir una felicidad profunda y permanente. La felicidad de un placer efímero va a destruir la felicidad de un hogar estable. Pero, ésa es la mentira del pecado, precisamente: destruir la felicidad permanente a nombre de la felicidad efímera.

Sin embargo, es muy importante entender que éste es el poder del pecado. El pecado siempre se presenta como un atajo, como que: "Aquí puedo lograr algo de felicidad, aquí puedo salirme con la mía, aquí puedo afirmar mi yo".

Pensemos en el caso de la arrogancia. La arrogancia es una manera de exaltar y de mimar el propio yo. La persona soberbia, la persona arrogante, la persona displicente que aplasta al otro, ¿qué siente? Siente que afirma su yo, esa pequeña felicidad de sentir: "¡Cuánto valgo yo! ¡Qué importante soy! ¡Cuánto poder tengo!".

Por supuesto, el pecado ofrece una felicidad que es tramposa, que es mentirosa, que es efímera; pero, tiene el encanto de lo inmediato. Y el encanto de lo inmediato, el encanto de lo fácil y el encanto de la retribución pronta y fuerte, hace que uno caiga en el pecado. Si el pecado no presentara una retribución, pues, uno no pecaría.

¿Por qué la gente se emborracha? Porque eso produce un placer. ¿Por qué la gente se droga? Porque eso produce un placer. ¡Incluso la persona que se suicida! La persona que se suicida está buscando un bien, un bien que lo sigue de manera falsa, de manera equivocada.

Está buscando un bien que se llama, ¿qué? ¡El descanso! Quiere descansar de su condición atribulada, de su angustia, de sus pensamientos. Quiere descansar de las culpas que siente. ¡Quiere descansar! Y buscando ese descanso de una manera instantánea, comete esa terrible y definitiva falla, ese horrible pecado: se mata.

Bueno, ¿qué estamos aprendiendo? Para ir por orden, lo que estamos aprendiendo es esto: Primero, ¿cuál es el encanto que tiene el pecado? Y hemos dicho: el encanto del pecado es que nos presenta un bien por un camino corto, por un camino fácil y por un camino intenso. La estructura del pecado es ésa: es un atajo que presenta de un modo sencillo y de un modo intenso un bien deseable.

Y ese bien puede ser placer, puede ser mimar mi propio yo, puede ser amor por la justicia. Por ejemplo: "Una persona era mi socio. Teníamos un negocio, teníamos una empresa. Esta persona era mi socio y me ha traicionado". Hay un camino largo, que es el camino de una denuncia: los abogados, los jueces, el veredicto, la retribución. ¡Las demandas! Ése es un camino que me puede parecer muy largo.

Entonces, yo quiero tomar justicia por mi propia mano. Yo voy y le despedazo la cara a puños y le digo: "Es que eres un desgraciado". Ahí, ¿qué estoy haciendo? Estoy sintiendo el placer de la justicia. Supuestamente, una forma de justicia, pero, ¿con qué características? Justicia rápida, justicia fácil, justicia intensa: las tres características del pecado. El pecado se presenta como rápido, fácil, intenso.

Un último ejemplo: Yo puedo construir una relación de amistad, una relación de afecto, una relación de fidelidad con una persona. Es un camino largo que supone conocer la persona, valorarla. Supone que yo tengo que ceder en muchas cosas; tengo que comprometerme, tengo que renunciar a algunos derechos. Ése es el noviazgo, ése es el matrimonio. Es un camino y es un camino más bien largo que tiene algunas renuncias, que tiene algunas dificultades. Ése es un modo de hacer las cosas.

El pecado se presenta como algo instantáneo: "La pornografía, la prostitución, ¡ya! Retribución, ¡ya! ¿Quieres placer? ¿Ya? ¿Esta noche? ¡Ya lo tienes!" El pecado es un bien, pero un bien ofrecido de manera mentirosa por un camino rápido, por un camino fácil y por un camino intenso. Ése es el pecado y ésa es la garra del pecado.

De ahí que el pecado nos agarre. Porque, nosotros queremos las cosas rápidamente, fácilmente, intensamente. Entonces, en vez de tener que hacer ese camino tan largo de la afectividad, de las renuncias, de la madurez y el respeto: "¡Nada de eso! ¡La prostituta y se acabó! ¡La pornografía y se acabó!" Aparece como si fuera algo rápido, fácil, intenso. "Ancho es el camino que lleva a la perdición" (véase San Mateo 7,13).

Bueno, ésa es la estructura del pecado. Nos dice el Apóstol San Pablo que: "Precisamente porque sucede el pecado, la Creación ha sido sometida a esclavitud" (véase Carta a los Romanos 8,20). Es decir, es una mentira.

Por supuesto que ese atajo, ese camino, -que quiero que se te queden las tres palabras-, ese camino rápido... -¿Cuál es la otra palabra? - Fácil, intenso. -¡Ah, esta gente es maravillosa, excelente! Este camino rápido, fácil, intenso, es un camino mentiroso.

Entonces, la prostitución no solamente expone a una cantidad de enfermedades y riesgos, sino que al igual que la pornografía, deja el corazón infinitamente frío, infinitamente vacío, solo. La soledad se agrava.

Después de ese momento de exaltación que puede producir una droga, un porro, un no sé qué lo llamen aquí, después de ese momento de exaltación, "después de ese vuelo impresionante donde estuve en medio de elefantes rosados que divagaban entre planetas de cristal, aterrizo. Y cuando vuelvo a mi realidad, estoy adolorido, estoy macerado, estoy decepcionado, estoy solo, estoy destruido".

El pecado es mentira, mentira que destruye. ¿Por qué el pecado destruye? Porque el pecado supone utilizar lo que Dios creó, pero utilizarlo como Dios no quiso.

Entonces, la persona que utiliza su cuerpo para drogarlo, para emborracharlo, para prostituirlo, la persona que utiliza su boca para mentir, para traicionar, para calumniar, la persona que utiliza la mente para llenarse de un humo de soberbia, está destruyendo su mente.

Imagínate que los científicos han demostrado que la estructura, -óyeme bien-, la estructura del cerebro cambia con aquello que pensamos. Nuestros pensamientos cambian nuestro cerebro. El cerebro tiene varios miles de miles de millones de células que se llaman neuronas. Esas neuronas se conectan. El nombre de esas conexiones es sinapsis.

La sinapsis entre las neuronas cambian de acuerdo con las cosas que pensamos. Eso quiere decir que la persona que vive en el mundo del pecado está todos los días modelando, literalmente modelando su cerebro para que piense en clave de pecado. De ahí que el cerebro de un mentiroso llegue a volverse distinto del cerebro de una persona sincera y honesta. Incluso a nivel biológico el cerebro del mentiroso se daña. ¡Qué impresionante!

El cerebro de la persona morbosa se daña, el cerebro de la persona soberbia se daña. Y muchas veces no se daña tan sólo el cerebro. Se daña, por ejemplo, el cuerpo con las enfermedades. Viene la cirrosis; el alcohólico crónico tiene su cirrosis. ¿Qué está indicando eso? El pecado destruye: nos destruye biológicamente, físiológicamente, mentalmente.

El pecado, además, no sólo destruye al pecador. Resulta que no es únicamente nuestro cerebro el que consiste en un tejido de conexiones entre neuronas. La sociedad es un tejido de conexión entre personas.

Y así como cuando se daña una célula eso afecta el funcionamiento de otras células, si lo anterior se vuelve grave, -puede ser, por ejemplo, un cáncer-, pues, así también el pecador empieza a dañar el tejido de relaciones, allí donde se encuentra. "Mi pecado de egoísmo destruye mi relación con mi pareja". "Mi pecado de egoísmo destruye mi relación con mis hijos". "Mi pecado de egoísmo destruye mi relación con la naturaleza".

Destruimos la naturaleza por puro egoísmo. Durante décadas y décadas, prácticamente durante siglos, se miró a la naturaleza como si fuera una cantera de la cual se puede extraer, y extraer, y extraer. Y se miró a los ríos y al mar como si fueran basureros. Entonces, el egoísmo irresponsable de miles y de millones de personas, convirtió al mar en un basurero.

En el Océano Pacífico hay islas de plástico. Tú ves que la persona va en su crucero elegante, se toma una botellita de agua y la bota por la borda. Esa botellita, con la otra botellita, con la otra botellita, van formando una isla.

¡Yo no podía creerlo! Alguna vez decían en un programa: "Si se juntaran todos los plásticos que la gente ha tirado al Océano Pacífico, se tendría un área semejante a la de Inglaterra". ¡Ése es el plástico que le hemos tirado al mar!

Y uno dice: "-¡Pero, mi botellita!" "-No; tu botellita, con la botellita del otro, con la botellita del otro, con la botellita del otro, está destruyendo un ecosistema y tiene consecuencias desastrosas".

Lo mismo sucede con el mercurio; lo mismo sucede con los desechos radioactivos. Cuando los países estaban entusiasmados con la fuerza del átomo, con la energía nuclear, había islas donde se hacían explosiones en el Pacífico Sur, en Asia. ¡Cuántos experimentos nucleares hicieron Francia y otros países por allá! "-Vamos a detonar una bomba". "-Oye, pero, ¡cuánta radiación maligna que destruyó y que produjo mutaciones y que produjo desastres!"

Por lo tanto, ya entendemos un poco de cuál es el pecado y por qué tiene poder. El pecado tiene poder porque es una mentira que nos presenta un camino rápido, fácil e intenso para lograr un bien.

Pero, esa mentira produce destrucción. Esa destrucción uno no la mira inmediatamente. Uno se fuma un cigarrillo: "No me pasó nada"; dos: "No me pasó nada" ; dos millones de cigarrillos: "¡Me estoy muriendo de un cáncer!" "Y seguro que no llego a los dos millones antes de que eso me suceda".

El pecado destruye. El pecado es finalmente una amenaza contra la Creación. Nos dice San Pablo: "Por envidia del pecado entró la muerte en el mundo" (véase Romanos 5,12). Y muerte no significa simplemente que termina el ciclo de un ser vivo. Muerte significa que se empobrece, significa que se daña, que se lastima la vida. ¡Eso es muerte!

Mira lo que nos dice el libro del Apocalipsis: "Tienes nombre de vivo, pero estás muerto" (véase Apocalipsis 3,1). Es uno de los reproches que Dios le hace a una de las comunidades, allá, en los capítulos segundo o tercero del libro del Apocalipsis: "Tienes nombre de vivo, pero estás muerto" (véase Apocalipsis 3,1).

"Tienes nombre de vivo, pero estás muerto" (véase Apocalipsis 3,1). Y eso significa que hay mucha gente que está caminando por las calles de Concepción, que está caminando por las calles de Santiago, que está caminando por Valparaíso, que está caminando por Viña del Mar, que está caminando por Arica: hay una cantidad de gente que está caminando, y creemos que porque caminan, porque compran, porque venden, porque sacan fotos en Facebook, están vivos. ¡Y son cadáveres, hermanos!

Están muertos, y hay mucha gente que está muerta en vida. Por eso se tiene tanto interés enfermizo en nuestro tiempo con el tema de los zombis. ¿Qué es un zombi? Es un muerto vivo. Y a la gente le interesa el tema de los zombis, porque ellos mismos, muchos de ellos, son como zombis. No saben por qué viven, no saben para qué viven, no saben si tenía sentido despertarse hoy por la mañana o no tenía sentido. No saben si tiene sentido esforzarse otro poco más. El esfuerzo cada vez es más difícil, porque cada vez se ve menos significado en lo que se está haciendo.

El pecado tiene poder, el pecado tiene garras y las garras del pecado son tres: lo rápido, lo fácil y lo intenso. ¡Ésas son las garras del pecado! Pero, el pecado es una mentira. El pecado destruye y uno no se da cuenta de que el pecado destruye. Uno no se da cuenta, porque uno simplemente botó una botellita. Mas, resulta que tu botellita, más la botellita del otro, está haciendo un desastre en el planeta. Y eso que es un ejemplo tomado de la ecología, eso también tiene consecuencias para la sociedad.

Yo quiero decirles que Chile es una nación que yo amo; la amaba mucho antes de poder visitarla como ahora me concede el Señor. Es un país que yo respeto, es un país que yo he seguido en las noticias. Cuando sucedió, por ejemplo, esto de los mineros, lo mismo que millones de personas en el mundo, lloré de alegría cuando hubo ese triunfo que es un orgullo para esta nación.

Continúa la transcripción.