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Fecha: 20100219

Título: El verdadero ayuno, lleno de oracion y misericordia, es la practica cuaresmal que nos ayuda a reformarnos.

Original en audio: 10 min. 51 seg.


Hermanos Queridos:

Hay tres prácticas que son muy recomendadas y muy recomendables en la Cuaresma: la oración, el ayuno y la limosna; es decir, la práctica de las obras de caridad y misericordia.

Estas tres prácticas ayudan a que nuestro corazón se reforme. Así, por ejemplo, la oración nos ayuda a restablecer nuestra relación con Dios: que ese puente, que la comunicación con el Señor esté abierta, que toda bendición que Él quiera darnos pueda ser recibida, y que la guía de su Espíritu Santo sea la que marque el camino en nuestra vida.

Para éso es la oración, para restablecer nuestra relación con Dios.

Luego, tenemos el ayuno. Y con esta palabra hay que entender todo aquello que indica la relación con nosotros mismos. Ayunar es abstenerse de muchas cosas, empezando por cierta privación de alimentos. Y al privarnos de alimentos, o al privarnos de ciertos gustos, estamos educándonos a nosotros mismos.

Pues, así como a un niño hay que decirle muchas veces la palabra "no" para educarlo, así también cada uno de nosotros tiene que educarse a sí mismo. Es decir, también nosotros somos como ese niño que tiene que ser educado, pero ya no esperando la palabra de un papá o de un profesor que desde afuera nos diga: "Esto no lo hagas", sino que nosotros mismos asumimos el papel de educadores de nuestro propio cuerpo, de nuestra propia sensibilidad, de nuestros propios gustos.

Bajo la palabra ayuno, entonces, se incluye todo aquello que tiene que ver con la educación de nosotros mismos: la relación que cada uno tiene consigo mismo.

Y después está la limosna: las obras de misericordia. Con la práctica de la misericordia, nosotros restablecemos, reformamos, renovamos la comunicación que tenemos con nuestro prójimo.

Descubriendo la necesidad del prójimo y practicando obras de amor en favor de nuestros hermanos, estamos cumpliendo el mandamiento de amar, "amar al prójimo como a nosotros mismos" (véaseSan Marcos 12,31).

Así que se ve que las tres prácticas de la Cuaresma nos ayudan a reformarnos: la oración reforma y renueva nuestra relación con Dios; el ayuno reforma y renueva nuestra relación con nosotros mismos; la limosna reforma y renueva la relación con el prójimo.

Dios, yo mismo, el prójimo: estas tres prácticas cobijan el mundo interior y el mundo exterior, cobijan lo presente y lo futuro, el adentro y el afuera, lo inmanente y lo trascendente. ¡Qué profundas y qué necesarias son estas prácticas cuaresmales!

Así aprendemos a reformarnos, que no es otra cosa que recuperar la forma que Dios quiso para nosotros al crearnos.

Las lecturas de hoy nos dan pistas sobre una de estas prácticas, en particular, sobre el ayuno. Empezaremos por el evangelio. El evangelio nos dice en palabras de Cristo: "Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán" (véaseSan Mateo 9,15).

Cristo se da a sí mismo el nombre de "Novio", cosa que es bella e interesante en sí misma. Cristo es el Novio y su novia es la Iglesia. Cristo es el Novio, el que se prepara para el matrimonio, y las Bodas ha de celebrarlas Jesucristo con la Iglesia.

Entonces, Cristo dice: "Cuando se lleven al novio, los discípulos ayunarán (véaseSan Mateo 9,15). ¿Y qué nos enseña ésto sobre el ayuno? Nos enseña que el verdadero ayuno empieza cuando uno percibe la falta de Cristo.

Sólo cuando uno siente y descubre que Cristo le hace falta a este mundo, cuando uno descubre que Cristo está tan ausente en tantas vidas, sólo cuando uno descubre que incluso Cristo está ausente a veces en la propia familia y en la propia vida, sólo entonces uno siente el impulso de ayunar.

El ayuno no puede ser una simple imposición externa. El ayuno tiene que nacer desde dentro, y el ayuno nace en el corazón cuando uno descubre la ausencia de Jesucristo.

No hace mucho una familia muy querida perdió al papá. Murió este señor y por supuesto, la tristeza invadió a estos corazones. La esposa, los hijos, sintieron el luto en el corazón. Entra una tristeza que se convierte también en un desgano.

Y yo hablaba con una de las hijas de este señor que falleció, y ella me decía unos días después de la muerte de él: "Llevo casi una semana en que no he comido nada, casi nada. No me da hambre". Éso es lo que dijo Jesús en el evangelio.

Cuando una persona se enfrenta con una tristeza de este tamaño, cuando una persona siente y descubre ésto que hemos dicho, entonces la persona siente que el hambre desaparece. La persona siente el ayuno, no porque alguien le mande desde fuera, sino porque el cuerpo ni le pide ni le resiste alimento. Ése es el ayuno que Cristo quiere que hagamos.

Por tanto, tenemos que descubrir que Cristo está ausente, tenemos que descubrir la falta de Cristo, la ausencia de Cristo, y así, solamente así, podemos también percibir esa necesidad de ayunar. Es la primera enseñanza.

La segunda: el ayuno tiene que ir acompañado por obras de justicia. El ayuno no es un monumento al egoísmo o a la vanidad espiritual. Porque, es egoísmo y es vanidad espiritual que uno diga: "Yo, a través de mis penitencias, a través de mi ascesis, a través de mis ejercicios espirituales, estoy como en una alta columna. Soy la admiración de cielos y tierra. ¡Oh, qué perfecto soy!"

El ayuno no es para encumbrarse uno por allá en una torre. El ayuno es para aprender a sentir el hambre de los que nunca tienen. El ayuno es para aprender a extrañarse de este mundo en el que muchas personas son forzadas a ayunar: se dice que más o menos la mitad de la población mundial pasa hambre casi todos los días, o recibe una nutrición deficiente o simplemente ausente.