K055003a

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Fecha: 20010406

Título: Cristo murio amandonos e intercediendo por nosotros

Original en audio: 14 min. 37 seg.


Hay una idea que se repite en las lecturas de hoy: Jeremías, quien tuvo que sufrir mucho, dice en la primera lectura : "Me acechaban todos mis enemigos para ver si daba un paso en falso" Jeremías 20,10.

Él habla del miedo que siente. Pero inmediatamente añade: "Conmigo está el Señor, indomable Guerrero" Jeremías 20,11.

Y queda tan convencido de la victoria de Dios, que la primera lectura termina con estas palabras: "Así, pues, cantad al Señor, entonad su alabanza, porque Él libra al desvalido de las garras del malvado" Jeremías 20,13.

Dios libera a los suyos. Dios no deja que el poder del malo prevalezca sobre la virtud del bueno.

Luego, en el salmo, se da esa misma idea: "En el peligro invoqué al Señor y me escuchó" Salmo 18,7. El que dice esa oración es alguien, quien como Jeremías, se sintió rodeado de peligro, y como él, sintió, también, que Dios lo había rescatado.

En una de las estrofas del salmo se oye: "Me cercaban olas mortales, me envolvían las redes del abismo. En el peligro invoqué al Señor desde su templo; Él escuchó mi voz" Salmo 18,5.

O sea, que de nuevo se tiene la misma idea: Una persona que se siente rodeada de una amenaza de maldad, pero que experimenta que Dios la rescata. ¡Qué hermosa experiencia! Es la experiencia de la salvación.

En el evangelio vuelve a aparecer esa imagen: Cristo está discutiendo con alguna de las autoridades de los judíos; la acusación es gravísima: "Tú eres un blasfemo" y la pena contra un blasfemo es: "Hay que matarlo a piedra". En el contexto de esa discusión, Jesucristo se defiende: "Si las obras que yo hago son las obras de mi Padre, ¿por qué pecado me van a apedrear?" San Juan 10,32.

Y el texto termina: "Una vez más trataron de apoderarse de Él, pero se les escapó de las manos"San Juan 10,39.

Estas Lecturas se están meditando en un viernes, pero no en cualquier viernes: es el último viernes de Cuaresma. Dentro de ocho días se estará proclamando el misterio de la muerte de Cristo.

Entonces queda una pregunta: ¿Qué pasó? Lo traicionó un discípulo, lo rodearon sus enemigos, y parece que nadie lo pudo liberar; en medio del Senado de Israel lo acusaron y condenaron, y parece que nadie lo liberó; luego, entre la soldadesca romana ebria de crueldad, bajo una tunda de azotes, de insultos y de burlas, quedó sepultado Nuestro Señor, y parece que nadie lo liberó.

Y así, fue llevado al Gólgota, y ante los ojos de su Santísima Madre, como añadiendo unos dolores a otros, fue crucificado, y en la cruz siguieron burlándose de Él con saña, crueldad y odio encendido, y parece que nadie lo liberó. Y se murió.

Esa muerte de Cristo, aparentemente, contradice lo que enseña la Biblia: Que el que pone su confianza en Dios, recibe de Dios el auxilio, y que Dios no va a dejar que el poder del malvado tenga eficacia sobre la virtud del justo. Y Cristo es justo como ninguno, inocente y bueno como ninguno, y fue traicionado, atrapado, escarnecido, torturado y, finalmente, asesinado.

¿Que pasó entonces con lo que enseña la Biblia? A esa pregunta hay que responder con vigor y alegría: Precisamente la muerte de Cristo es la prueba más grande, irrepetible e irreversible de que sí es cierto que Dios no abandona a su pueblo, porque ahí, donde el abandono parecía ser la realidad única en el sepulcro de Cristo, ahí entra el poder de Dios y resucita a Jesucristo.

Y la libertad del Resucitado es la libertad que nadie le puede quitar, y la vida del Resucitado es la vida que nadie le puede arrebatar, y el amor de Cristo nadie lo puede detener.

Pero, entonces, alguien puede preguntar por qué dijo Cristo "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Esa frase es el comienzo del Salmo 22, y ese Salmo, que empieza con esas notas tan tristes, termina, como la lectura de hoy de Jeremías, en medio de acordes de alabanza.

El mismo salmista, que empezó diciendo "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", termina diciendo: "Alabadlo, aclamadlo" Salmo 22,24.

Cristo, en la cruz, estaba orando con ese salmo, y la oración misma de Cristo en la Cruz es la muestra de su victoria. Porque cuando todo le salió mal, cuando el dolor físico lo atenazó, cuando el dolor moral lo hundió y el dolor espiritual lo quemó por dentro, en ése mismo momento Cristo era el vencedor.

Porque en ese momento Cristo no odió, que es lo que Satanás quería sembrar en Él. Cristo murió sin odiar: murió amando, intercediendo, ofreciendo su vida en solidaridad profunda con la humanidad doliente, sin reclamar venganza. En la muerte de Cristo el gran vencedor fue Cristo y la gloria fue para Dios.

Cristo, muriendo en la Cruz fue el vencedor, y nosotros, como San Pablo, le decimos: "Yo no me avergüenzo de la Cruz de Jesucristo" Carta a los Romanos 1,16; "yo levanto en alto el misterio de la Cruz". Y así será en esta Semana Santa que ya está a las puertas.

Que viva la Cruz de Jesucristo, que luzca la Cruz de Jesucristo, que se vea la Cruz de Jesucristo en todas partes, porque el gran vencedor a la hora de la Cruz es Cristo, lo cual se manifestó maravillosamente con la Resurrección. ¡Qué misterio tan hermoso! ¡Qué Semana Santa tan bella que tenemos a las puertas!

Preparémonos con estas últimas meditaciones para entrar de lleno a la Semana Mayor, para vivir a fondo nuestra fe y para decirle a Cristo, incluso cuando lo veamos despedazado en la Cruz: "Tú eres el Rey, Tú eres el Vencedor, Tú eres el Señor, y nosotros, con razón, te adoramos y te reconocemos como nuestro líder, nuestro modelo, nuestro ejemplo y nuestro camino".

A Él gloria y honor por los siglos.

Amén.